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El negocio del corte y las puntadas está en uno de sus momentos más oscuros en Nicaragua, coinciden reconocidos sastres.

Los tiempos en que el problema era un exceso de competencia, en la Nicaragua de los años 50 y 60, es un viejo recuerdo. Ahora, la crisis es por la falta de clientes.

“Eso lo atribuyo a la invasión de ropa usada que ha entrado. Nadie da a hacer un pantalón porque sale más barato ir a una paca que ir a comprar una tela”, explica el economista y sastre matagalpino Ernesto Cardoza, de 71 años.

El sastre de Ricardo Morales Avilés

A sus 80, Edmundo Mena todavía ejerce el oficio de la sastrería, que aprendió cuando tenía 14 años y alcanzó uno de sus más importantes momentos cuando confeccionaba trajes a la medida para el docente, poeta y guerrillero, Ricardo Morales Avilés.

“Mi mamá me mandaba a que yo aprendiera donde un señor que tenía una sastrería, pero a mí me gustaba andar con una tiradora matando pájaros y chombas; sin embargo le puse mente a la sastrería y aprendí este bello y honorable oficio”, recordó Mena.

En los años 70, agrega, la hechura de un pantalón costaba seis córdobas, de los que a él le quedaban tres córdobas de ganancia.

“La vida de un sastre es bien dura, siempre ha sido así, pues antes porque había demasiados (sastres) y cuando venía la temporada de corte de café se llenaban las sastrerías, pero ahora ya no hay sastres buenos, hay pocos y el peor problema es que los pantalones ya vienen hechos de otros países y son pocas las personas que dan a hacer pantalones”, dice Mena.

El sastre enseñó a uno de sus hijos el fino arte de confeccionar prendas de vestir y en Carazo, con una trayectoria de 66 años en el oficio, es muy reconocido.

Trajes a la medida para los presidentes

Un sastre del mítico Monimbó, en Masaya, confeccionó trajes a la medida a los expresidentes Enrique Bolaños y Arnoldo Alemán.

Róger Antonio Espinosa Gamboa, de 71 años, se dedica al oficio desde los 12.

Recuerda que desde los 12 años quería ser zapatero, pero debido a su delgadez no pudo, porque no tenía fuerzas en sus brazos, por lo que incursionó en el mundo de la sastrería.

Las técnicas las aprendió en la Sastrería Gómez, de Managua.

Espinosa Gamboa dice que en 1964 aprendió a hacer sacos y aunque admite que no era el mejor, sí defiende que era muy bueno.

Explica que a Bolaños le confeccionó entre 25 y 30 sacos, incluido uno blanco que utilizó en un acto oficial de aniversario del Ejército de Nicaragua.

También elaboró trajes a Alemán y a la “crema y nata” de Masaya.

Dice con orgullo que un ciudadano británico, al que también le hizo trajes a la medida y era un conocedor del oficio, lo felicitó por la calidad de su trabajo.

El hombre que abandonó la mecánica

Las dos grandes amigas de Pablo Lagos Corazón, de 75 años, son su máquina de coser marca Singer y la mesa de trabajo que ha utilizado durante 45 años para elaborar trajes a la medida.

En su adolescencia le llamaba la atención la mecánica, pero su madre, Francisca Lagos, le hizo ver que con ese oficio andaría grasoso y con su ropa gastada, mientras que siendo sastre estaría siempre presentable.

Tenía 16 años y no sabía lo que quería. Entonces en los billares de “El Sordo”, Felipe Luna le dijo: “Pablito, porqué no te hacés barbero o sastre”. Y al siguiente día lo llevó a un taller que estaba por la calle del Cine Alambra. Era 1954.

"Claro, lo mejor es ir a la universidad. Yo creo que la sastrería va desapareciendo. Sobre todo el que trabaja con medidas, porque la tendencia es trabajar en factorías, es decir grandes cantidades”. Pablo Lagos Corazón, sastre.


“Tenía interés. A los tres meses armé el primer pantalón donde el sastre Justino Bellosa”. En aquella época el costo de hacer un pantalón era de 18 córdobas, de los que a él le quedaban 9.

En los años 60 aprendió a armar sacos, una pieza que se usó mucho y que costaba la hechura 30 córdobas.

En 1962 fundó la sastrería “El Traje”. Dice que compró a Max Santamaría un taller por un valor de cuatro mil córdobas, dinero que obtuvo prestado de dos personas, incluido el exdiputado Eduardo Gómez (q.e.p.d), quien era su cliente.

Lagos llegó a tener un personal de diez trabajadores: 8 pantaloneros y dos saqueros.

El ocaso en Matagalpa

Con el pasar de los años, los avances tecnológicos han provocado que diversos oficios vayan desapareciendo: sastrerías, orfebrerías, foto estudios…

¿Recuerda usted cuándo fue la última vez que dio a hacer un pantalón o una camisa? Si su respuesta es no, sepa que no es la única persona.

Muy poca gente va donde una costurera o sastre para dar a hacer un traje a la medida. En cambio, las tiendas de ropa nueva y usada van creciendo.

“A estas alturas me atrevo a decir que un 50 por ciento de la población se está vistiendo con pacas.

Yo realmente he visitado las pacas y es ropa excelente, ropa nueva y sin uso, yo he recurrido a eso.

He hecho un muestreo-encuesta sin que ninguna institución me pague. La población en Nicaragua recurre a las pacas”, afirma el economista y sastre matagalpino Ernesto Cardoza.

“Ahora en las sastrerías el trabajo de nosotros se ha centrado más en ajustar la que la gente compra en las pacas o en las tiendas de ropa nueva. Las pocas sastrerías que quedamos ya sólo producimos por ocasiones, como 15 años, promociones o bodas”, explica Rebeca Alvarado Torres.

La sastrería va en el ADN

Guillermo Alberto Castillo, nacido en 1943, lleva el oficio de la sastrería en su ADN, pues tanto su mamá como su papá se dedicaron a ese negocio.

A los 13 años se inició en estas labores confeccionando pantalones y a los 15 ya elaboraba sacos en máquina de pedal. También aprendió a crear chalecos y sacos.

“Mi madre era sastre, igual que mi padre, ellos me enseñaron. Esto es una herencia”, declara Castillo.

Durante un tiempo, trabajó con su tío, César Castillo Dávila, en la calle El Hormiguero, pero a los 17 años se trasladó a Managua para desarrollar su talento. Luego, abrió su propio taller en el barrio La Bolsa, que estaba por donde fue el Cine Salazar, hasta que ocurrió el terremoto de 1972.

Castillo recuerda que por hacer un pantalón en las sastrerías le pagaban siete córdobas.

“Hoy no hay mucho trabajo, hago rumbo para sobrevivir, a veces me cae un pantalón para ganarme unos billetes y comprar el arrocito y los frijolitos”, confiesa Castillo.

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