•   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • Edición Impresa

Rosibel Mantilla Aguilar nació en 1921. Estudió para ser secretaria en un tiempo en que llegar a serlo, hacía que te vieran con cierta admiración. La fueron a recibir amigos y familiares a la estación de trenes entre gritos de vendedoras ¡Va a querer quesillo! Se graduó escribiendo 60 palabras por minuto, que sin ser un récord, es una cifra que tenía significado. Su familia en Nagarote no atravesó dificultades económicas. La enviaron a estudiar a Managua y conoció a mi padre, 17 años mayor, lo que naturalmente provocó consternación en su casa y llamó la atención en un pueblo habitualmente sin ruidos, como diría Juan Rulfo. Físicamente era una mujer fuerte pero de mirada triste y lento caminar. Como si sus piernas le pesaran mucho. Nunca la vi correr hacia algo, ni siquiera trotar. 

Afectada por las restricciones que le impuso el machismo de mi padre, quien no la dejó trabajar en una oficina, aprendió costura “al bolsazo” y se dedicó a coser en casa mientras progresaba en “ese arte” y conseguía algunos ingresos. Siempre era la última en acostarse. El ruido de esa máquina, fue para mí como una sinfonía al trabajo. Cuando me bachilleré milagrosamente, en la tarima, su rostro estaba radiante de felicidad.  Ella compró mi anillo pese a decirle que no era necesario, que con mis trabajos ocasionales, yo podía hacerlo. Me lo robaron dos veces de diferentes maneras, lo cual me dolió enormemente, como si hubiera perdido un brazo. 

Una de mis mayores satisfacciones, fue comprarle una máquina eléctrica Singer, la más moderna y más costosa, cuando comencé a trabajar en el Plantel de Carreteras, ganando 450 córdobas mensuales. Por la máquina, obtenida gracias al crédito concedido por Léster Avilés en la Singer, pagaba 100 córdobas mensuales. Desde entonces he vivido entrando y saliendo de deudas. Todo lo que he tenido en mi vida, lo he pagado en abonos, suaves y duros, con plazos cortos y largos.

Aquella mirada desilusionada 

Cuando mi padre me castigaba casi siempre con la razón de su parte, mi madre, muy piadosa y hasta tolerante, trataba de intervenir. Mi padre le decía gritando “Es un vago. No quiere ser nada. Para nosotros, es un problema sin solución”. Ella me miraba desilusionada frente a esa alarmante indiferencia conmigo mismo. Y lloraba.

Atravesando la secundaria en el Ramírez Goyena como si fuera una carrera de obstáculos, perdiendo dos años, agregándolos a uno malogrado en primaria,  recordaba que cuando terminé sexto grado con el primer diploma de mi vida, una proeza, escuché de mi padre la siguiente sentencia: ¡Hasta aquí llegamos con éste. Hay que buscar cómo trabaje! Más tarde, ese mismo día, mi madre dijo no estar de acuerdo y me proporcionó un gran consejo: “Si quieres batallar por superarte, hazlo hijo”. Lo consideré interesante, pero no lo apliqué de inmediato. Tardé en hacerlo. 

Al morir mi madre en el 2010, apenas unos días después de mi regreso de la Copa Mundial en Suráfrica, precisamente un par de horas después de una llamada desde Granada, informándome que estaba fuera de peligro, me sentí emocionalmente desplomado, preguntándome ¿Cuál es el momento verdaderamente apropiado para morir? Aturdido, yo estaba viajando al corazón de las tinieblas. Recordándola mientras viajaba hacia Granada, pensaba: si has luchado sin pausa, más allá de lo que puedas haber sufrido, por mi culpa y no poder tener la mejor relación con mi padre, puedes jactarte de haber lanzado un juego completo. Hoy tengo una rosa blanca en mi mano. La miro y ahí está su rostro y su consejo: haz lo que puedas por superarte.

¡Gracias mamá!

Últimos Comentarios
blog comments powered by Disqus