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María salió a buscar clientes por primera vez a los 18, hace 30 años, iniciando su mayoría de edad. La profesión que le tocó ejercer la provocaron diferentes circunstancias personales. “Sobrevivo de mis clientes, a veces me dan un salvón grande. Por ejemplo, hay un gringo que siempre que anda aquí (en Nicaragua) me viene a buscar y me paga en dólares”, dice con cierta jactancia esta mujer de 48 años, cuyo puesto de trabajo son las calles cercanas al antiguo cine González, desde hace tres décadas.

“En mis tiempos mozos no dejaba esta esquina, era como estas chavalas (señalando a las jóvenes), agarraba buenas giras y tuve mis buenos billetes con los que crié a mis hijos, ahora ya todos están adultos y trabajo solo para mantenerme”. 

Ha buscado otro tipo de trabajo, pero siempre revive su pasado. “Puse venta de comida y quedaba (el producto), intenté vender frijoles cocidos y nada. Hasta que una vecina me dijo que dejara de gastar mi dinero, que la gente me tenía asco por ser una trabajadora sexual. Entonces decidí vender ropa nueva al fiado, e igual perdí, porque la gente no me pagó”, relata esta mujer, cuyo nombre completo es María Guevara Alemán, empleada por cuenta propia en un negocio informal, sin derecho a una jubilación y actualmente pasando penurias, porque hay semanas que no gana.

Guevara es apodada por sus colegas como “La Chaparra”. Y asegura que algunos clientes se han vueltos amigos y le pasan dejando, por su puesto de trabajo, un servicio de comida y un obsequio de 200 córdobas, sin tener que prestar favores, la solidaridad en el gremio también es visible, a veces, las compañeras le donan parte de sus ganancias cuando miran que no tuvo salidas.

Las compañeras de Guevara tienen entre 18 y 25 años. Algunas se hacen llamar solo por sus apodos, como "La Negra" y "La Flaca", pero otras como Ana Maryuri Bracamonte dice que no le importa dar su identidad, esta joven de 19 años, tiene tres hijos y lleva como trabajadora sexual siete años.

No es alegre -Historias de pobreza-

“La gente siempre nos tilda de mujeres de la vida alegre, pero qué va, esta vida es muy dura, y cuando uno llega a vieja es peor”, comenta  Guevara. Ella procreó cinco hijos, tuvo dos compañeros sentimentales, pero los dejó porque asegura que le daban vida de perro, refiriéndose a la violencia intrafamiliar.

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“Mi segundo marido me escapó de matar, casi me parte la cabeza en dos”, recuerda, mientras enseña la cicatriz permanente en el cráneo. “Pero yo me defendí, porque en ese tiempo las leyes no estaban como ahora, y le tiré una porra de café hirviendo en sus partes, me dejó marcada para toda la vida, pero yo (a él) también”.

Seguro social

“Como somos trabajadoras sexuales carecemos de credibilidad en los bancos, te piden testigos y otros requisitos. No podemos hacer préstamos, no podemos comprar una casa al crédito, aunque podamos pagarla. Es por eso que estamos luchando por tener un seguro facultativo, ya que una colilla del INSS nos ayudaría, cambiaría nuestra situación”, explicó María Elena Dávila, presidenta de la Asociación de Mujeres Trabajadoras Sexuales Girasoles Nicaragua (RedTraSex). 

“Nosotras somos mujeres ante todo, el problema es la etiqueta que nos ponen o las otras cosas que dicen de nosotras. Las instituciones tienen desconfianza, piensan que uno no les va a pagar en caso de préstamo o crédito”, agregó Dávila.

Trabajo de campo 

La representante de las trabajadoras sexuales dijo que están haciendo trabajo de campo con el gremio, acompañados de empleados del Instituto de Seguridad Social, INSS, “para explicarles a las compañeras en qué consiste el seguro facultativo y que este puede ser integral, es decir, ellas pueden recibir atención médica y sus hijos, o (pueden) pagar solo la jubilación con la cuota más baja”.

“Nosotras no estamos acostumbradas a pagar para recibir los beneficios a largo plazo, como es el caso de (un seguro por) vejez. El otro temor es la atención que te pueden dar en las clínicas debido a la discriminación”, agregó Dávila.

Conflictos 

Ana Maryuri empezó su faena a los 12 años, fue su suegra quien le exigió al hijo que la metiera a ese trabajo. “Si querés tener mujer, mandá a esta hija de (…)”, recuerda aún entre lágrimas las duras palabras, de la mujer que la mandó a la calle.

“Yo gano bien, es cierto. Por muy malo que esté el día, me llevo 700 córdobas en la bolsa, en los días buenos saco hasta 1,500. Pero en mi casa, a pesar de que todos trabajan, tengo que mantener a cinco personas adultas, más mis tres hijos, el mayor tiene cinco años”, dijo la joven delgada de tez blanca, ojos color miel, cabello castaño claro, que con su belleza es muy solicitada por extranjeros que contratan sus servicios hasta por una semana para llevarla a San Juan del Sur.

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Ana Maryuri revela que no sabe leer ni escribir. Desde pequeña estuvo internada en un centro de rehabilitación, de donde se escapó con un amigo, este la llevó a su casa y ahí se enamoró del hermano, quien le exigió trabajar en la calle.

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“No me gusta atender clientes jóvenes, primero porque no les gusta pagar, estando en el cuarto te quieren pegar y hasta te roban. Si llamás a la Policía, no llega, pero si es el cliente el que llama, a uno la echan presa”, dijo Ana Maryuri.

Ante estas vicisitudes, la joven además tiene que lidiar con las vecinas en su barrio, quienes la denunciaron ante el Ministerio de la Familia, MiFamilia, para que le quiten a sus tres hijos, de cuatro, tres y año y medio.

“Dicen que soy mala madre por ser trabajadora sexual, pero con mi trabajo mantengo a mis hijos, porque los padres no se hicieron responsables. A mí nadie me puede decir que los dejo tirados, gracias a Dios no me les falta nada”, comentó.

Final feliz

FAMILIA • Carolina Castillo lleva diez años como trabajadora sexual, dice que ahí conoció a su pareja, con la que ha procreado tres hijos, y aunque tiene todo tipo de electrodoméstico en su casa, no le alcanza para ahorrar.

“Los tiempos han cambiado y con esto, el trabajo, ahora una solo gana para la comida diaria y la manutención de los niños. Mi marido trabaja en metalúrgica, y a pesar de que los dos trabajamos, no hemos podido ahorrar para comprar un terreno o una casita”, se lamenta Carolina, de 35 años de edad.
"El trabajo sexual es voluntario. Somos mujeres mayores de edad, de 18 hasta 60 años y más. Prestamos un servicio por el cual nos pagan y así resolvemos nuestros problemas", explicó Dávila.

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“Pero hay trabajadoras sexuales que trabajan por días o por horas. Es decir, que llevan dos vidas, en el día pueden ser funcionarias de alguna institución y luego tiene citas privadas. No todas trabajamos en la calle, otras trabajan en night club o casas de citas y tiene diferentes pagos”, comentó Dávila.

“Muchas personas creen que las trabajadoras sexuales son las mujeres de nivel más bajo académicamente, y eso es una etiopía (utopía). En nuestro gremio hay universitarias, funcionarias de gobierno, de las maquilas, de hospitales y en todas las instituciones, las que damos la cara y trabajamos en la calle, son a quienes critican”, agregó Dávila.

Organización y reconocimiento del gremio

La Asociación de Mujeres Trabajadoras Sexuales Girasoles nació el 29 de noviembre de 2007.

A partir de 2012
Obtiene su personería jurídica.

En 2014
Tiene un lugar en la Mesa Coordinadora de País.

Abril 2015
18 trabajadoras sexuales son facilitadoras judiciales

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