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Cuando las gotas de agua comienzan a caer con fuerza, Sonia Díaz se persigna y reza a Dios. Con cada lluvia, dice, siente que podría perder todas sus pertenencias.

Díaz, de 27 años, ama de casa y con tres hijos, habita en el anexo del barrio Andrés Castro, en Managua, junto a otras 50 familias cuyas viviendas están a la orilla de un cauce, que tiene unos tres metros de profundidad.

En su caso, una lámina metálica es la que separa sus camas del canal de concreto que atraviesa el anexo del barrio Andrés Castro y va hacia Altagracia.

El caserío tiene unos 20 años de existir al margen del cauce, que ruge cuando caen los aguaceros.

“Cuando es de noche y la lluvia se escucha cayendo sobre el techo, sólo me encomiendo a Dios con mis tres niños y mi marido, que trabaja en una zapatería”, expresa Díaz, quien considera una dicha que el cauce pocas veces ha superado su caudal.

En su barrio, los habitantes saben bien que en el cauce el agua baja con violencia, por lo que todos respetan los aguaceros.

Díaz recuerda que hace unos ocho años parte de una vivienda vecina se derrumbó y algunas de las pocas cosas que tenía la familia afectada fue arrastrada por la corriente de agua. Otra parte se quedó flotando en los charcos de lodo. El drama, admite, podría repetirse en cualquier momento, pues cuando la lluvia cae sin control el cauce se pone furioso.

EL GRAN TEMOR

“Si llueve en la noche, entre el ruido en el techo de zinc y el ruido del cauce, es difícil que uno pueda dormir tranquilo”, indica Díaz.

Su gran temor es que algunos de sus hijos termine entre las bravas y oscuras aguas que alimentan al cauce, algo que ya han vivido algunos de sus vecinos, incluyendo una niña de cinco años que logró sobrevivir.

“Ya tengo 15 años de vivir en ese punto y si bien no me acostumbro, no tengo otro lugar a dónde ir.

Al menos cuando llueve las camas no se mojan, pero hay un montón de goteras en lo que tenemos como salita. Ahí todo se moja”, explica Díaz apuntando al interior de su vivienda, construida con latas y madera. Otras dos habitantes del barrio, Lucía Pérez y su mamá, Johana, señalan que hace unos cinco años las autoridades les prometieron trasladar de lugar a las 50 familias, “pero aquí seguimos”.

Algunos habitantes de este lugar dijeron que su sueño es que algún día puedan ver la lluvia caer e irse a dormir tranquilos, sin temor a que las corrientes de agua amenacen sus vidas.

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