Raúl Obregón
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Cuando una persona se siente amenazada o cree que le quitan algo que le pertenece o se considera ofendida, lo común es que esta, en fracciones de segundos, responda a la ofensa con palabras subidas de tono y por lo general más hirientes que las recibidas, de esa manera surte un efecto bola de nieve, a mayores insultos, ánimos más exacerbados.

En estas circunstancias las personas reaccionan con poca lucidez, son presas de emoción de temor, responden al insulto con palabras fuera de tono, absurdas, incoherentes, más ofensivas que las recibidas y es en ese momento que abren heridas en el corazón de la otra persona y más aún se lastiman a ellas mismas. En milésimas de segundo el instinto toma control de la racionalidad, entonces el miedo, la cólera y la ansiedad impulsan a la persona a decir y hacer cosas sin pensar.

Cuántos problemas no se evitaría la sociedad; cuántos recursos no se ahorraría el erario por no estar atendiendo golpeados y heridos; qué gran ejemplo recibirían niños y  niñas al no presenciar este tipo de contiendas entre adultos; cuán satisfechos se sentirían nuestros descendientes al heredar una sociedad que practica la convivencia pacífica, etc.   

¿Utopía o realidad? Si cada uno (a) de nosotros (as) nos disponemos a autosometernos a un entrenamiento guiados por el maestro de maestros, Jesucristo, lo podemos lograr y ello poco a poco se irá irradiando en círculos concéntricos a nuestro alrededor.

El maestro de maestros nos equipa con dominio propio, esa capacidad de dominarse, refrenarse, contenerse, serenarse, moderarse, controlarse, aún en las situaciones más complejas y amenazantes que podamos imaginar. 

Está comprobado que los peores errores, insultos, groserías y agresiones se cometen en los primeros segundos que preceden a una situación de amenaza. Y es en este lapso que el dominio propio se impone por encima del impulso y nos evita hacer y decir lo que no debemos.

Jesucristo nos enseña que en situaciones de riesgo hay que utilizar la sabiduría del silencio. Cuando una turba de judíos dominados por la rabia llevaron ante él a una mujer que acusaban de adúltera,  con el propósito de apedrearlo junto con la mujer si decía que no lo hicieran, o con el fin de hacerlo quedar como mentiroso si decía que la apedrearan desdiciendo así su prédica de la compasión; él se apropió de dominio propio, no se dejó llevar por la tensión. Nos enseñó que una situación en donde los agresores no piensan, la mejor respuesta es no dar ninguna. 

En lugar de responder se puso a escribir en la arena, quizá sobre la intolerancia humana, o sobre la facilidad con que juzgamos a los demás, tal vez escribía que el perdón es un atributo de los fuertes y la condena es de los débiles.

Con este gesto desarmó a sus agresores y dio una respuesta: Aquel de entre ustedes que esté libre de pecado, que arroje la primera piedra (Juan 8:7). Los instó a pensar antes de actuar, juzgarse ellos y solo después juzgarla a ella.

Amiga, amigo, el dominio propio nos conduce por la sabiduría del silencio y ella es la  mejor manera de desarmar a un agresor. Practíquela. 

Queremos saber de ustedes. 
Les invitamos a escribirnos al correo crecetdm@gmail.com

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