Raúl Obregón
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En estos días que he estado en reposo debido a una afectación de salud al inicio preocupante, pero que gracias a Dios todo hace indicar que se trataba de una falsa alarma, sentí la necesidad de ordenar todos mis asuntos, de revisar lo actuado con el fin de enmendar lo que fuere necesario, pedir perdón y perdonar, y asumir responsabilidad por las consecuencias de mis actos durante mi corta vida terrenal de 68 años.

En la vida las decisiones que se toman y las acciones que se realizan son innumerables, y en muchas de ellas no se asume la responsabilidad sobre sus consecuencias; por el contrario hay una inclinación a achacar culpabilidades a terceras personas, y más triste aún, a quienes están más cerca, a quienes se ama o le aman, a quienes han confiado en uno, o que en algunas circunstancias le han apoyado.

Hay quienes consideran que estas actitudes y conductas son inherentes a la personalidad humana, ante el temor a señalamientos, represalias o castigos.

Dicha actitud y conductas asociadas se manifiestan desde siempre, la biblia en el libro de Génesis 3:11-13 relata que cuando Adán desobedece a Dios y este le pregunta “¿qué has hecho?”, la respuesta que obtiene es “la mujer que tú me diste por compañera me dio del árbol y entonces yo comí”, es decir, no asumió su responsabilidad, sino que por el contrario recurrió a culpar primero a quién le había dado la vida y luego a la mujer que era sangre de su sangre y huesos de sus huesos, a su amada.

La práctica de evadir responsabilidades y culpar a otras personas por los resultados de nuestros actos tiene consecuencias, sin embargo el rencor que se  activa en las personas señaladas de tener la culpa es quizá la más destructiva. Por otra parte, culpar no permite enmendar errores, es un mecanismo mediante el cual se tapan los ojos para no ver y no asumir responsabilidades por los desaciertos cometidos.

Reconozco que me asusté ante los síntomas de las primeras horas, experimenté emociones producto de procesos terribilizadores de lo que estaba sintiendo, lo cual me indujo a revisar y ordenar lo actuado. 

Esto me sirvió para reafirmar la convicción que uno es el único responsable de su presente y su futuro. Hay que aceptar que todo (bueno o malo), lo que uno piensa, siente y hace, dice un experto, no es más que una siembra que a la corta o a la larga dará su cosecha. 

Aceptar responsabilidad de errores, fracasos y sus consecuencias, nos permite abrirnos a recibir sabiduría para entender el para qué de los acontecimientos, a la vez que nos equipa con humildad para aceptar las consecuencias de dichos errores y fracasos, y alcanzar aciertos y triunfos posteriores.

Amiga, amigo si en este momento está viviendo alguna situación difícil, le sugiero revisarse y de ser pertinente asuma la responsabilidad que le corresponda. 

En estas circunstancias la oración de la serenidad puede inyectar la humildad, el valor y la sabiduría para pasar la prueba: “Señor, deme humildad para aceptar las cosas que no puedo cambiar; valor para cambiar las que pueda; y sabiduría para distinguir la diferencia”.

Queremos saber de usted, puede escribirnos al correo electrónico: crecetdm@gmail.com

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