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La ciudad costera de Pedernales, a cinco horas de Quito, la capital de Ecuador, fue el pueblo más golpeado por el terremoto con magnitud de 7.8 en la escala Richter, el pasado 16 de abril, que dejó a unas 673 personas fallecidas.

Hasta ese lugar llegó Marcos Munguía, un nicaragüense de 40 años, quien donó parte de sus vacaciones laborales para viajar entre el 30 de julio y 15 de agosto a ayudar en la construcción de unas aulas escolares.

La noche del miércoles 16 de abril el infierno se mostró en Ecuador, cuando un terremoto de magnitud 7.8 azotó el norte de la región costera de ese país.

Se trata de uno de los movimientos más fuertes que ha sacudido ese país en los últimos 36 años, según información oficial del gobierno de Rafael Correa.

En esta entrevista con El Nuevo Diario, Marcos Munguía habla de la situación que vivían los habitantes de Pedernales tres meses y medio después de ocurrido el desastre.

“Los menores son los más afectados, unos quedaron sin sus padres, otros sin sus madres, y algunos sin un solo familiar”, lamenta.

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¿Qué fue lo que más le impactó al llegar a Ecuador?

Al llegar al cantón Pedernales en Ecuador, lo que más me impactó fue la devastación que se veía, a pesar de que ya han pasado casi cinco meses. La gente fue bastante abatida y se nota.

Por ejemplo, llegamos al lugar donde quedaba una escuela y solo encontramos un terreno vacío totalmente, no había edificación, solo daños. Tampoco había sistema eléctrico, ni agua potable.

Los pocos niños que estaban recibiendo clases lo hacían bajo unos toldos proporcionados por el Fondo para la Infancia de las Naciones Unidas (Unicef).Marcos Munguía.

Nuestra misión entonces era construir varias aulas, para que los menores tuvieran las condiciones adecuadas para educarse. Eso fue lo más impactante, el encontrar a los niños en ese lugar recibiendo clases, en un entorno desolador.

¿Quiere decir que la situación es bastante dramática aún?

Sí, en toda la zona de Pedernales todavía hay vestigios de las construcciones que fueron impactadas por el fenómeno. Pero hay otros lugares de la zona donde solo hay terrenos vacíos, ya que el gobierno municipal ha hecho limpieza y quitado los escombros en donde murieron familias enteras. Durante el recorrido por el lugar el escenario es el mismo, edificios dañados y terrenos vacíos.

¿Y las personas?, se nota que están muy golpeadas por el terremoto

Fíjate que había mucha tristeza. Se les mira en el rostro a las personas que aún no han logrado superarse de lo ocurrido. Sobre todo por la cantidad de personas que murieron, fueron más de 600 vidas perdidas, incluso familias enteras. Entonces lo que comentaba la gente de la comunidad es que todavía no han regresado a los trabajos, debido a que muchas empresas colapsaron. Es por eso que ellos están buscando la manera de encontrar otro medio de trabajo para poder levantar a sus familias, para poder sobrevivir.

¿Hay personas de otros países ayudándoles?

De Nicaragua solo yo, pero habían 14 voluntarios en total, estos eran originarios de Perú, Brasil, España, Guatemala, El Salvador, Colombia, Venezuela, Chile, Argentina y del mismo Ecuador.

Todos trabajaban con la Fundación Telefónica de sus respectivos países.

¿Cuál es el proyecto en sí de Telefónica?

El programa Vacaciones Solidarias de Telefónica consiste en donar tus días de descanso laboral para apoyar una obra, ya sea en cualquier comunidad necesitada de Latinoamérica, en esta ocasión se escogió a Ecuador, ya que la situación tras el terremoto continúa siendo crítica. Uno aplica a la convocatoria y luego a uno lo eligen, pero eso sí, solo pueden participar empleados de Telefónica.

¿Qué te motivó a entregar días en donde pudiste haber descansado y no ir a trabajar?

Tengo un especial interés por los aspectos sociales y humanísticos. Pero la verdad siempre me había llamado la atención el tema del voluntariado, por el hecho de apoyar a las personas que más lo necesitan. Yo ya he trabajado en varias actividades de voluntariado y siempre quise aplicar para apoyar y ver cómo cubrir algunas necesidades en otros países.

Pero específicamente cuando me di cuenta que en este caso sería ir apoyar a una ciudad recién abatida por un terremoto, tuve un mayor interés, porque nosotros como nicaragüenses estamos expuestos a que en cualquier momento haya una situación similar, y yo quería saber directamente qué es lo que estaba pasando allá.

El sentir de las demás personas de alguna manera yo también lo sentía. Yo sé que si pasa algo igual en Nicaragua, de esa misma manera nuestros hermanos de otros países van a venir aquí para apoyarnos. Me interesaba mucho pasar esta experiencia para sentir de alguna manera que nosotros también tendremos el respaldo.

Antes de llegar, ¿qué pensaste encontrar? ¿Qué pensaste ver?

La verdad que uno nunca está preparado. Antes de viajar tuve cursos de inducción sobre lo que iba a encontrar en ese lugar sobre la situación con los niños y las familias, sobre todo en la comunidad donde me tocó trabajar. Yo más que todo pensaba en el trabajo duro de la misión.

Pero la verdad que fue sorprendente a la hora de llegada el recibimiento de los niños, de los padres de familia y de la comunidad.

¿Recuerda algo especial que haya ocurrido allá?

Una situación bastante bonita pasó durante el recibimiento, ya que fue un momento bastante de amistad, de amor, de agradecimiento por la llegada de todos los que llegamos a ayudar. Uno se conmueve como persona, a uno le llega la emoción al escuchar el agradecimiento de los niños.

Tuvimos un aplauso que duró aproximadamente como 10 minutos y bueno después de eso, manos a la obra, porque nos encontramos en una situación delicada y no podíamos perder tiempo.

¿Qué dejó el terremoto además de pobreza y soledad? ¿Hay hambre?

Hay hambre. Y, como te decía, aún no ha regresado mucha gente a sus trabajos, muchos los perdieron, muchos sobreviven de ayuda. Hay familias que quedaron incompletas, hijos sin padres o padres sin hijos, sin tíos, sin hermanos. Hay algunos que ahora viven en otras casas que se resistieron a caer, hay otras familias que están en albergues, y otros solo protegidos bajo un toldo. Desde ahí se ve lo cruel de la situación, el terremoto ocurrió en abril y aún no hay condiciones.

¿Cuántas aulas fueron las que construyeron?

Fueron tres aulas grandes donde actualmente acuden 60 menores de edad, los cuales cursan de primer grado hasta sexto grado. Es una escuela primaria que está pensada beneficiar a 380 niños y niñas. Entonces se construyeron tres aulas, son compartidas, por ejemplo en una están los de primero y segundo grado, en otra los de tercero y cuarto, y en la última los de quinto y sexto.

Aunque muchos niños dejaron de ir a clases porque no hay condiciones y el impacto emocional que guardan.

¿Usted cree que es bueno después de una situación como esta construir escuelas y no construir albergues?

Nosotros teníamos una misión específica y era el aspecto de la escuela. Lo de los albergues había otras organizaciones y el gobierno local que lo estaban trabajando, haciendo construcciones provisionales para que los afectados no estuvieran al aire libre. Por eso  nosotros nos enfocamos como Fundación Telefónica en los niños, para que regresaran a clases y que siguieran su educación. Considero que no hay mejor desarrollo después de un fenómeno natural como este, que el proporcionado por la continuidad educativa.

¿Quién financió esto?

Hubo una parte del financiamiento de materiales por parte de representantes locales. Pero el resto de materiales los puso la Fundación Telefónica, incluyendo la mano de obra. Actualmente las aulas que dejamos en la escuela son una infraestructura diseñada por una constructora local.

El material es un bambú puesto de una forma capaz de soportar otro terremoto, es decir que es antisísmico. También se usó este material porque controla mejor la temperatura.

Se dice que Nicaragua sufre cada 40 años por un terremoto. Desde 1972 hasta hoy ya han pasado 44 años. Al ver esta realidad allá ¿temés que ocurra algo parecido aquí?

Definitivamente uno no sabe en qué momento puede suceder algo así aquí. Hace poco hubo un terremoto en Perú y vemos que toda la región se está moviendo, sé también que en los 15 días que estuve en Ecuador hubo distintas réplicas aquí en Nicaragua. La verdad que esto es parte del aviso que te da la naturaleza por todo lo que está pasando, no podemos ignorar la situación que tenemos en nuestros países centroamericanos.

Yo pensé en algún momento de que solo nosotros veíamos esa realidad  pero realmente no, en todo Latinoamérica están como nosotros de propensos, ya sea en la capital como las zonas rurales. Es muy probable que nosotros tengamos que enfrentarnos a esta situación nuevamente, como en 1972.  

Este tipo de situaciones normalmente afecta más a los menores de edad, los niños de la zona afectada donde fuiste ¿qué actitud tienen?

Nos encontramos a muchos niños con un esquema de tristeza, de abandono, en los primeros días muchos niños lloraban bastante y uno se preguntaba el porque de su llanto.  Entonces los profesores nos decían que su papás o su mamás habían desaparecido, en otros casos se quedaron sin familia.  Sin embargo, los adultos los motivan a ir a clases. Es bien difícil porque uno como voluntario desea hacer algo más pero la verdad es que uno también tiene un límite.

Y aunque uno vuelve a su estado normal después de apoyar, ellos siguen ahí en su realidad. Lo que nosotros hacíamos era conversar con ellos, escucharlos y tratar de comprender la situación que pasaban, además de integrarlos en los grupos de juegos, para que ellos de alguna manera olvidaran, aunque sea un momento, esa desagracia.

De manera personal ¿esta experiencia te motiva hacer algo más aquí en Nicaragua?

En Nicaragua tenemos muchos escenarios donde se pueden hacer este tipo de proyectos de ayuda. Creo que en el futuro nos podríamos hacer este tipo de construcciones en lugares donde no hay escuelas aún, yo no lo veo muy difícil de lograr.

En lo personal, llevo dos años de estar en diferentes proyectos como voluntariado y hemos apoyado a diferentes organizaciones, jóvenes, el área de educación, personas con capacidades diferentes. Esta fue una experiencia muy significativa para mí. Esto es algo que no hubiera vivido si no hubiese sido por Fundación Telefónica y su Programa de Vacaciones Solidarias.

Por supuesto que voy a continuar y evidentemente hay que motivar a los jóvenes a que participen apoyando estos proyectos sociales, porque para nosotros como persona es importante vivir esta experiencia para tratar de olvidar lo materialistas que somos. Hay que llegar día a día un poco más a nuestra sociedad, a nuestros hermanos, a las personas del campo, de las comunidades, a la gente que necesita más de esta ayuda.

El voluntario

Marcos Munguía.

Es originario de Chinandega, pero vive en Managua junto a su esposa y sus tres hijos.

Nació el 30 de marzo de 1976, un poco más de tres años después del terremoto que destruyó Managua en diciembre de 1972.

Es ingeniero electrónico graduado de la Universidad Nacional de Ingeniería.

Cuenta con una especialidad en gestión empresarial y telecomunicaciones.

Tiene 11 años de trabajar en Telefónica Movistar.

Se identifica con la frase: “No se debe olvidar que no hay dificultad que pueda detener el progreso”.

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