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Durante largas noches de insomnio a finales de la década de los noventa y principios del 2000, la periodista Gabriela Selser escribió y reescribió su historia. 

Hurgó entre sus recuerdos, acudió a su diario de campo durante la Cruzada Nacional de Alfabetización, a sus artículos publicados en el diario Barricada y así pudo contar sus innumerables viajes a Teotecacinte, sitio lleno de trincheras y miedo; las coberturas que más la marcaron, como aquella en El Corozo, tras el asesinato del subcomandante Enrique Schmidt; y hasta la historia de Revolución, la gallina de alas rojizas que le regaló don Juan, uno de los miembros de la familia a la que alfabetizó y a quien llama papá. 

También pudo contar la pesadilla recurrente en la que se miraba de pie, frente al río Coco, en medio de una balacera; y los viajes en los que acompañó a Daniel Ortega en su gira por Yugoslavia, Ghana o El Congo, o a Carlos Núñez en Moscú. Detalló aquellos días en los que una de sus preocupaciones era que sus pies acostumbrados a caminar por días enteros entre lodazales, pudieran entrar en unos zapatos de tacones. 

Selser, hija de Gregorio Selser, escribió para sanar sus duelos. Sus memorias verán la luz hoy bajo el título Banderas y harapos, un libro que está escrito desde hace dieciséis años y en el que también reflexiona sobre cuánto estuvo expuesta a la muerte.

“Imposible saber cuántas veces viajé a la montaña para cubrir los combates de las tropas del EPS, los ataques de la contra a los asentamientos y cooperativas campesinas o las evacuaciones de desplazados de guerra, hormigas en fila que apenas podían caminar cargando en los brazos a sus hijos, y en las espaldas pesadas cazuelas vacías y un revoltijo de enseres domésticos”, escribe en el capítulo El miedo, o de cuando morir era un honor, uno de los 31 capítulos del libro.

El libro es la memoria de una corresponsal de guerra y de una alfabetizadora… 

En realidad el libro fue saliendo solo y me superó a mí misma, el libro salió a partir de sueños que había tenido en los que recordaba episodios que había vivido como brigadista y luego como periodista, corresponsal de guerra de la Agencia Nueva Nicaragua y del diario Barricada durante siete años en total. 

Está hecho de relatos de esa época basados en los sueños que había tenido, recordando los lugares en los que había estado y las cosas que viví, algunas muy fuertes, muy impactantes.

Empecé a escribir porque los sueños me atormentaban y me levantaba a medianoche y empezaba a escribir, era una manera de exorcizarlos, yo decía: tengo que sacármelos de adentro. 

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Dije: voy a hacer un libro. Mi papá durante mucho tiempo en los 80, me decía que escribiera un libro, que me lo iba a financiar y yo le decía que no tenía tiempo porque siempre andaba cubriendo la guerra, en los viajes al exterior con los dirigentes o cubriendo la Asamblea Nacional en jornadas maratónicas, por ejemplo, para la aprobación de la Constitución.

Para escribir el libro recurro al diario de campo de la alfabetización que era un cuaderno que tenía, esto para precisar nombres de lugares, fechas, detalles, para tener el rigor y la exactitud del dato. Toda la época de la Cruzada son recuerdos apoyados en el diario de campo y para las coberturas periodísticas, me apoyé en mis propios artículos escritos en Barricada. Acudí al Ihnca. Hice una selección de mis artículos, no están todos los que escribí pero sí las coberturas que más me impactaron. 

En la presentación del libro hoy estará Martha Cabrera y me llama la atención que decís que lo escribiste para sanar tus duelos

Yo escribo el libro en el año 2000 y lo guardo. Le pido el prólogo a Sergio Ramírez, ese prólogo es del 2000 y está absolutamente actual. Él no le tocó una coma ni un punto. 

Siempre recordaba que tenía mi libro, lo sacaba, lo leía, me deprimía de nuevo al leerlo y lo volvía a guardar. A enterrar, digo yo. Enterraba y desenterraba. Hasta que en los últimos años empecé a tener problemas de salud: dolores de espalda, me caía, me fracturaba, me hacía esguinces en los tobillos. 

Fui a una terapia de constelaciones familiares con Martha Cabrera y Iouri Langlet, y en la primera sesión lloré una hora y media. Estaba cargando un peso muy grande y por eso me caía. Martha me decía: vos tenés un talento para escribir, ¿por qué no escribís todas esas historias? Están escritas, le dije. Entonces tenés que publicarlas, me recomendó. A partir de eso, decidí retomarlo, corregirlo, actualizarlo, se eliminaron un par de capítulos, en cambio agregué tres nuevos.

Son mis memorias y están escritas en primera persona pero por el hecho de ser periodistas se convirtió en un testimonio de mucha gente. 

Aquí nadie tuvo terapia, terminó la revolución en el 90 y todo el mundo dio vuelta a la página y le puso una losa. Tengo amigos que fueron corresponsales de guerra y que montaron una empresa o compraron taxis, funcionarios del FSLN que se pusieron a vender frijoles en el mercado. Yo por dicha tenía mi oficio de periodista y podía continuarlo en otro lado, pero nadie tuvo una terapia psicológica y me parece que la expectativa que hay por el libro sin siquiera haberlo leído es porque están esperando una vía para sanar sus propios duelos.

Yo estaba decidida y mi hermana Irene me dio el empujón final y me dijo: te ayudo a revisarlo todo, a quitar la maleza y a hacer la edición final. Hay capítulos que la parte descriptiva fue ampliada. Me preguntan si es crónica periodística o literatura y yo creo que hay una fusión de ambas en el momento en que yo le pongo más emoción al relato, no es la crónica periodística fría.

La guerra tuvo muchos matices, uno veía chavalos del servicio militar voluntarios pero la mayoría estaban obligados. Veías muchachos deprimidos, jovencitos que habían sido arrancados de su escuela a los que un militar les pegaba gritos. Ese tipo de vivencias que observábamos no podíamos escribirlas porque Barricada era el diario del partido, porque había una situación de guerra, creo que la censura en ese caso estaba más que justificada y en muchos casos nosotros nos autocensurábamos, sabíamos lo que no se podía escribir. Y no era que teníamos miedo a algo, éramos militantes, creíamos en ese proyecto. -Selser durante una cobertura en los 80-

Incluís crónicas que escribiste en la época y las actualizás con datos que no se podían publicar. Uno de los capítulos que más me conmovió es La Fosa de los zopilotes, en el que contás cómo desenterraron a unos contras para que ustedes hicieran la foto…

Javier Reyes nos había dicho: aquí no vengan sin la fotografía. Había muerto un jefe militar importantísimo como era el subcomandante Enrique Schmidt. Que hubiera habido mil contras muertos se hubiera opacado por el impacto de la noticia de su muerte, entonces la forma de balancear en Barricada era: traigan la foto de los 70 contras muertos, pero cuando llegamos al lugar nos dicen que ya habían sido enterrados. 

“Si quieren sacamos algunos”, nos dijeron y empezaron a desenterrar… Logramos sacar las fotos en medio de zopilotes. Parece mentira pero estábamos tan acostumbrados a cubrir la guerra que a mí lo que más me impactó fue el final, que no sirvió de nada el esfuerzo porque las fotos las había llevado a Barricada otro fotógrafo que había llegado antes. 

¿Por qué el título Banderas y Harapos?

Alude a una canción preciosa y poco conocida lamentablemente que se llama Bandera de harapos, es un poema de una poeta ya fallecida, costarricense alemana, Victoria Grütter. Le hizo un poema al ejército de Sandino, la musicalizaron Luis Enrique y Carlos Mejía Godoy en el 84. Sonó varios meses, no sé por qué no tuvo mucha pegada. A mí siempre me encantó.

Hay un capítulo que se llama Bandera de harapo y está dedicado a los chavalos del Servicio Militar Patriótico. 

Se llama Banderas y harapos porque recordando esa canción quise hacer la alegoría. Las banderas simbolizan la emoción, la entrega, el sacrificio, la utopía y los harapos la realidad de Nicaragua hoy y de muchos países donde está presente la pobreza, la tala indiscriminada, el hambre, la corrupción.

En una parte del libro hacés referencia que a tu hija le enseñan la historia de la revolución en cuatro párrafos, ¿cómo quisieras que esas nuevas generaciones postrevolución leyeran tu libro?

El interés de la generación mía ya está planteado, quisiera que los jóvenes se interesaran. Me parece que es importante que conozcan para que no se vuelva a repetir la historia de la guerra. A mí me gustaría que se repitiera la historia de la revolución en cuanto a proyecto que no pudo ser porque la revolución no fue la guerra, fue un proyecto maravilloso que fue abortado por Estados Unidos. Eso me gustaría dejarlo claro (…).

¿Hay alguna experiencia mientras fuiste corresponsal de guerra que te haya marcado especialmente?

Hubo varias, por ejemplo esa de Enrique, la cobertura que nos tocó profanar la fosa común, digamos. 

Hay otro episodio que está contado en el libro: me tocó entregar una carta que un chavalo del Servicio Militar le mandaba a su mamá. Le faltaban tres semanas para terminar el Servicio. Yo no entregué la carta a tiempo. 

Nosotros como Barricada nos ofrecíamos para llevar las cartas, andábamos incluso libretas de más para darles y ellos se ponían felices de mandarle algo a la familia. Llegando a Managua repartíamos las cartas. En esa ocasión me atrasé, me enfermé, no sé, no entregué varias de las cartas. Cuando lo hice fui al lugar por Acahualinca a entregar la carta y encontré la vela del muchacho. Aunque me iba a ir, me vieron y no me pude escapar, la señora se desmayó cuando entregué la carta. 

La muerte de Cabrerita, que era un gran amigo mío, me tocó cubrir su entierro, me tocó ver a jóvenes combatientes a los que había entrevistado que iban para un combate y luego los traían muertos.

La escritora

Gabriela Selser: Periodista argentina-nicaragüense

Fue corresponsal de guerra durante siete años en la década de los 80. Es corresponsal de la DPA desde hace 21 años.

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