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Hay un lugar en la casa que Edgar Tijerino Mantilla considera su guarida de trabajo. Es su biblioteca-oficina, su cómplice por décadas en la cual el cronista deportivo ha invertido noches y días enteros, leyendo y escribiendo, lo que para él ha sido vivir.

Está “empeñado en morir con los spikes puestos”. Hoy, Tijerino ve completado un compromiso pendiente consigo mismo, con su esposa María Auxiliadora Mercado, sus amigos y sus seguidores de años en el mundo del deporte: La publicación de sus memorias en su décimo libro: “Yo, Vago”.

“Jamás mis padres habrían imaginado que yo llegaría a ser alguien, claro, no lo que ellos querían que fuera (médico o ingeniero), pero al fin y al cabo alguien, y de los buenos”, relata en sus vivencias.

Edgar, quien escribe su nombre sin D al final, se acomoda en la silla frente a la computadora, entre el olor a libros que prevalece en su guarida y pone las manos sobre el escritorio indicando que está listo para responder. Hablar es lo que menos le cuesta.

¿Por qué titulaste la autobiografía como “Yo, vago”?

Recordando a mi padre que me decía: “Este muchacho nació para ser vago”. Producto de los dolores de cabeza que le causé por mi mal comportamiento y el hecho de dejar dos años en secundaria y no concluir la universidad; es un recuerdo que caló dentro de mí. Sobreviviendo al diagnóstico de “caso perdido” y habiéndome formado en lecturas, leí “Yo, Claudio”, el formidable trabajo restaurador de Robert Graves sobre un emperador tartamudo y calificado como idiota, entonces decidí que cuando escribiera un libro sobre mis vivencias, tomaría prestado el título de Graves para convertirlo en “Yo, Vago”.

¿Considerás que este era el momento oportuno para publicar el libro?

Sí y mucho. Primero, porque estoy en una edad en la que no sé si amaneceré vivo mañana, y segundo, porque cumple 60 años mi esposa Auxiliadora Mercado, quien me ha acompañado desde hace 35 años. Me pareció dedicárselo porque es un buen momento, además el 23 de septiembre es su cumpleaños.

En tu libro nos cuentas que alguna vez robaste ¿Por qué lo hiciste?

Una vez, en el vecindario, donde un amigo de mi papá, me metí a robar a la farmacia del doctor Ricardo Morales, quería comprar bolas de trapo. Ese día la mirada de mi papá me taladró mucho, fue una mirada como de desesperanza completa, recuerdo que tenía como 14 años, ese día yo decidí enderezarme. No fueron los fajazos, fue mi decisión de cambiar y hasta me fui de la casa porque pensé que me iban a matar. Ellos se desesperaron, pero finalmente regresé.

¿A qué aspirabas cuando estabas chavalo?

Yo quería ser el mejor dibujante de carreteras, pero no lo pude ser porque había alguien que se llamaba Alejandro Gutiérrez. Yo me decía que nunca iba a ser mejor que él, pero pensaba que ser el segundo no estaría tan malo, aunque de lo segundo nadie se acuerda.

Luego ¿te convertiste en periodista por casualidad?

Fui un fracaso como estudiante, pero la vocación por el deporte, terca e intransigente, siempre estuvo detrás de mí persiguiéndome o haciéndome señas. Finalmente, en 1970 logró atraparme y entré al periodismo por casualidad, cuando, súbitamente, se me presentó la posibilidad sin yo buscarla.

¿Seguís trabajando por obsesión, placer o necesidad?

Yo diría que por un poco de locura, hay gente que le llama obsesión, pero yo no lo veo así. Por ejemplo, a veces, después de realizar gestiones y mis compromisos del día, termino destruido. Yo duermo usualmente cuatro horas, pero hay momentos en los que te llaman y te piden una nota y sin importar qué tanto haya dormido, yo me levanto y escribiendo se me va todo el malestar, y entrego lo que tengo que hacer en tiempo y forma.

¿Qué es lo que nunca has soportado dejar pasar?

Yo no puedo dejar pasar la oportunidad de una noticia, el periodismo me apasiona mucho, yo nunca tomo días libres. Si acontece algo glorioso, una hazaña o alguna tragedia en la que esté involucrado un personaje del deporte, yo dejo todo con tal de ir. Esa pasión de mis primeros días en el periodismo no ha desaparecido, yo sigo sintiéndome como el primer día de trabajo, peleándome contra todos por ser bueno, por hacerme sentir.

¿Por qué te gustaría morir en una silla con un libro abierto?

Siempre he dicho que me gustaría morir trabajando. Yo he sabido de dos personas, James Murray, que fue un futbolista británico, y Shirley Povich, que murieron después de terminar su última crónica. Eso indica que murieron en pie de lucha, es decir, no inutilizados. Pienso que morir leyendo sería interesante, porque uno está tratando de aprender, y dejamos de aprender hasta el día que morimos.

¿Qué limitaciones tenés a estas alturas y cómo las combatís?

Ya no tienen remedio, el no haber podido aprender a escribir en el teclado de la computadora es un problema, porque sigo escribiendo con un dedo, con el dedo índice de la mano derecha, la otra mano la ocupo solo para las mayúsculas. La otra limitación es que cuando tenía 45 años me sentía muy viejo para aprender inglés; ahora que tengo 73, digo que en aquel tiempo sí hubiese podido aprenderlo. También me hubiese gustado madurar antes de los 26 años.

¿Cómo es eso de que todavía andás en busca del tiempo perdido? Edgar Tijerino no pierde su mirada pícara y curiosa

Me refiero al hecho de que el tiempo que se pierde no se recupera. Yo deseara volver a ser pequeño, ser adolescente y estudiar con más determinación, ser más aplicado. Uno puede conseguir cosas, avanzar, pero ese tiempo se perdió; entonces, mantenerse en busca del tiempo perdido ayuda a alcanzar otros propósitos.

¿De qué te arrepentís?

Si volviera a nacer no perdería el tiempo que perdí, yo tuve una lucha enorme por ser una buena persona; no es fácil, pero uno lo va logrando, sobre todo por los hijos. No me arrepiento de mi manera de ser, de mi conducta, pero sí de las desviaciones de la juventud, porque además de perder el tiempo, fue enloquecedor para mis padres el tener un hijo problemático.

¿A qué le has tenido miedo? 

En el libro digo que le he tenido miedo a quedar sin trabajo, esa sería mi muerte porque yo he dependido toda mi vida de mi trabajo y hay gente que no me cree, pero yo nunca he tenido una cuenta de ahorro, yo me acostumbré a gastar lo que gano, que por cierto no se lo recomiendo a nadie. Lo mejor que se le puede dejar a los hijos es la educación, la vida es de los duros y hay que ser bravos para pelearla. Por esta razón, siempre he trabajado en tres o cinco partes, para tener algo de qué agarrarme, y esto sí lo recomiendo.

¿Qué diferencia ves en cómo se hacía periodismo deportivo en los años 70 y ahora?

Cuando yo comencé, el periodismo era muy rústico, comparado con el de hoy. Las noticias eran esporádicas, había que averiguar en qué hotel se hospedaban los jugadores para obtener la más novedosa información, y actualmente el armamento que tiene el periodismo facilita las cosas con el internet. En aquella época, el periodismo era más esforzado, atravesábamos dificultades, nos acostumbramos a más memoria, más investigación, persecución de las noticias. Hoy, me parece que se ha perdido el afán de entregar calidad, el periodista era más olfativo.

Para aprender a escribir ¿qué lecturas debemos realizar?

Cuando yo comencé a leer para formarme, recuerdo que el poeta Guillermo Rothschuh Tablada me regaló “La muerte de Artemio Cruz”, de Carlos Fuentes, cuyo libro releo cada vez que puedo. Ahí fue cuando empecé a leer de otra manera. Primero, leo los libros a manera de análisis para ver qué capto (frases, ideas, organización), después leo el contenido para entenderle. También, recuerdo que había un dicho en Francia, propiamente en unos libritos “Los muros tienen la palabra”, que decía: “Para aprender a escribir hay que leer a Lamartine”.

¿Por qué seguís buscando frases inspiradoras?

Es como una persecución, como los viejos buscadores de oro. Yo siempre tengo tantas frases, pero hay una que más me empuja, “solo sé que no sé nada”, de Sócrates. Eso nos indica que en realidad nunca sabemos lo suficiente y que entre más leemos, vemos qué tanto nos falta. Yo me he matado por ser bueno y soy bueno. No contentarse con ser bueno te hace superarte.

10 libros ha publicado el cronista deportivo nicaragüense.

16 años tenía Edgar Tijerino cuando empezó a enderezar su comportamiento.

46 años en la crónica deportiva, radial y televisiva suma Tijerino en su trayectoria profesional.

 

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