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Cuando a Marina Argüello le preguntan por el Zoológico Nacional la conversación puede durar horas. El centro se ha convertido en su casa, los trabajadores son “los muchachos” y los más de mil animales son como sus hijos. Con algunos, como Pipo, un chimpancé de 30 años traído desde Cuba, desayuna todos los días; juega con la China, una puma que nació en cautiverio y se crió durante los primeros meses en la casa de Argüello y su esposo, Eduardo Sacasa, y otros tantos que le han dado alegrías y también algunos dolores.

Como la vez que Pumba, un tigre de bengala que había en el Zoológico Nacional, por instinto o miedo al escuchar el sonido de una carretilla que pasaba por ahí, le clavó el colmillo en la mano derecha y la dejó sin poder firmar; o cuando le encontraron tres trombosis en el brazo derecho, por una mordida del mismo tigre que se asustó mientras uno de los muchachos le roció azul de metileno y el felino “se me pegó en el brazo”.

Como consecuencia, desde la altura de la muñeca hasta cerca del corazón, la piel se le veía negra a Argüello.

“Fuimos a emergencia, (los doctores) me dicen que tenía cubierto de coágulos desde la muñeca hasta cerca del corazón, me ponen un aparato, me metieron unas agujas en las venas para moverme la sangre. Fue un dolor horrible. Después me dieron un medicamento para evitar los coágulos”, cuenta.

Momentos como esos quizás no los imaginó cuando en 1997 ella y su esposo recibieron a través de la Fundación Amigos del Zoológico Nacional la administración de las instalaciones.

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¿Cómo fue que decidieron hacerse cargo ustedes del centro?

Fue una idea que nació de Eduardo. En ese tiempo nosotros acabábamos de regresar de Estados Unidos y en la casa (cercana al zoológico) se oía el rugir del león. Mi esposo vino a ofrecer sus servicios. Le dijeron que no, que tenían un veterinario. Pero de pronto, hubo un ataque de abejas africanas que picó a los pumas y una pantera negra. A la medianoche vinieron a buscar a mi esposo y vino y les inyectó. Salvó a dos pumas. De ahí fue que me dijo ‘vieras cómo está de abandonado ese Zoológico’ y así nació la idea. Cuando vinimos y recibimos esto le digo ‘qué bárbaro, ¿en qué te metiste?’.

¿Cómo era entonces el Zoológico Nacional?

En ese tiempo teníamos 135 animalitos y cinco trabajadores. Lo que había era una piedra cantera acostada a lo largo por donde caminaba el público. En los patios, las partes entre las pocas jaulas que había eran aquellos polvazales en verano y unos lodazales horribles en invierno porque no había áreas verdes. Las jaulas estaban en unas condiciones caóticas. Ahora, 20 años después, con toda la lucha que he tenido con el Zoológico, entiendo que sin un presupuesto de veras asignado para esto, es casi imposible.

Es bien difícil, porque entre más animales tenemos, más jaulas hay que reparar; hay que mantener estos animalitos para que tengan buenas condiciones.

¿Cómo fue el inicio de su gestión?

Yo venía después de mi trabajo en el Ministerio de Cooperación Externa. Con mi hijo menor, que estaba de vacaciones en ese tiempo, empezamos a montar los sistemas de controles. Antes no se sabía cuánto existía en bodega, qué entraba, qué salía. Y con Eduardo, en la noche, veníamos y con los faros del vehículo nos poníamos a sembrar. Era tiniebla ahí al fondo. En la casa cortábamos las plantas, las embolsábamos y nos poníamos a sembrar y así se empezó todo lo que es áreas verdes.

Me acuerdo que la Cornap (Corporaciones Nacionales del Sector Público) estaba cerrando unas oficinas y les pedí que me vendieran unos escritorios. El primer escritorio que yo tuve aquí me costó C$350. Era de madera, lo lijamos Eduardo y yo, todavía yo estaba sana, lo pintamos en un color gris y ya teníamos escritorio. Antes no había nada de eso. Yo había traído un contenedor con máquinas de escribir eléctricas, computadoras, papelería para todo un año. Todo eso quedó aquí. En ese tiempo no teníamos presupuesto.

Al año me di cuenta de que esto era un trabajo de tiempo completo. Vimos la necesidad de dedicarle más tiempo, ya se iba haciendo más grande, (…) los sistemas de administración, controles, la contabilidad; buscar fondos, tocar puertas.

¿En qué momento y cómo lograron conseguir más presupuesto?

El Marena (Ministerio del Ambiente y los Recursos Naturales) pagaba la planilla de los cinco trabajadores. Ya después dijeron que no podían seguir, y yo con mi salario –el primer año- y digamos los aguinaldos de amigos que teníamos, nos apoyaban. Con mi salario les pagábamos a los muchachos. Gracias a Dios yo estaba ganando bien en ese tiempo.

En 2002, creo que fue, nos dicen que nos dejaron en cero (sin presupuesto). Antes nos daban 20 mil córdobas. Yo mandé un SOS y respondieron a nivel nacional y mundial. Pasamos tres meses dando entrevistas a Francia, Alemania, México, gente de Primer Impacto (programa de televisión). Se mandaron quejas al Gobierno que estaba en ese momento, que cómo era posible que dejaran en cero el presupuesto del Zoológico.

La necesidad te hace ser creativo. Ese año hicimos unos catálogos con los animales que teníamos. Empecé a trabajar para ver los costos de mantener cada animalito y hubo un apadrinamiento. En su momento las empresas privadas respondieron. Querían al mejor tigre; cada uno escogía su animal. Patrocinaron como un año, ya después soltaron. Ese es el problema que tenemos acá en Nicaragua. Somos como la Alka Seltzer, en la efervescencia del momento en que está (se apoya), luego se olvidaron que esos animalitos tienen vida y que por trece o catorce años van a necesitar mantenerse. Es triste darte cuenta de eso.
 
¿Cómo iniciaron las gestiones?

Siempre he hecho las visitas a los diputados. Al comienzo era bien difícil. Porque yo no estaba acostumbrada a andar pidiendo y cuando yo iba, por ejemplo, a algunas empresas privadas, todo era a través de amistades o amigos de amigos. Me acuerdo que fui una vez a una empresa, que iba con la tía de fulana. Aquello que te ven por encima del hombro. En una ocasión fui a una empresa de un hombre millonario, que supuestamente le gustan los animales. Me había pedido a Tina, la primer tigresa de bengala, me dijo que si se la daba. Yo me negué, me pareció una locura. Esa vez me llaman (para decirme) que tenía una camioneta lista para nosotros. Yo pensé que era una donación y me alegré porque andábamos buscando una camioneta aunque fuera usada. Llegamos, me dijeron que la probara y cuando terminamos me dice: ‘¿cómo la van a pagar, en efectivo o tarjeta?’ Cuando vamos a hablar con él me dice de una forma humillante: ‘ve niña, vos como que estás acostumbrada a andar pidiendo, porque eso es comprado’. Yo como Marina Argüello no necesito nada de fulano de tal. Este es el zoológico de todos los nicaragüenses. Yo le respondí que dijeron que era una donación. Di la vuelta y me vine. Fue humillante.

¿Ha habido otros casos como ese?

Ese tipo de humillaciones son duras. Iba yo a la Asamblea. Yo los esperaba en la puerta. Uno de ellos me dijo: ‘¿anda pidiendo más plata para el zoológico? ¿para qué querés tanto dinero vos niña?’ Se me revolvía la bilis. 
 
¿Y cómo ha logrado que algunos la apoyen?

Hay cosas tristes, cosas buenas, pasamos apuros. Hay momentos en los que vienen los muchachos y le dicen a la encargada que no hay botas y en ese momento no tenemos dinero. La Aída, (la encargada) les dice: ‘ahí guardamos unos neumáticos. Corten un pedazo y pueden ponérselo en el hoyo para que no se les meta el agua ni el cloro’. Me da una tristeza. Una vez tomé la foto para que me quedara de recuerdo. Los muchachos andaban las camisetas puro hoyo y no tuvimos para cambiarlos. Les tomé una foto para que le diéramos lástima a don Jaime Morales (Carazo, exvicepresidente y actual diputado ante la Asamblea Nacional) y él me consiguió los fondos (ríe).

Todo el complejo de jaulas de aves rapaces fue donado por China Taiwán y fue conseguido por don Jaime. El mariposario lo hicimos con lo que me daba de su partida, nos daba un poquito. Me decía: ‘te doy tanto, vos ves en qué lo ocupás’.

Sitel, que es una de las empresas que más nos ha apoyado, nos dio el aviario y nos acaban de dar para renovar las jaulas de los tucanes que ya estaban podridas.

Llamado de auxilio

El último SOS que lanzó Argüello para rescatar el Zoológico Nacional lo envió hace dos semanas al Ministerio de Hacienda y Crédito Público y a la Asamblea Nacional. En la carta explica que para mantener el centro se requieren al menos C$12 millones al año, es decir C$7.8 millones más de los que reciben actualmente.
 
¿Cómo maneja el estrés de dirigir el Zoológico Nacional?

Los médicos me han dicho ‘deje el zoológico, eso la está sometiendo a un estrés; cuando usted se muera de todas maneras van a quedar los animales y alguien tendrá que hacerse cargo’. Es cierto que me estresa bastante cuando este tipo de situaciones se me escapan de las manos. Me acostumbré con el zoológico a trabajar bajo presión. Pero hay cosas que sí te estresan demasiado, como cuando sentís que te están humillando, cuando veo alguien que lo ve con desprecio, que no le da importancia. Con todas las enfermedades, diagnósticos, mis hijos me han dicho: ‘mamá, véngase ¿qué está haciendo allá? los animales van a seguir, usted se muere, la gente va a decir unos días pobrecita doña Marina, pero después se olvidaron’. Ellos no están de acuerdo con tanto sacrificio.

¿Qué enfermedades ha padecido en estos años?

Soy diabética. También me tuvieron que operar de la columna por unas hernias. Desgraciadamente el doctor me dejó un espolón pinchando la médula. Por dos años, diferentes especialistas me dijeron que iba a quedar vegetal. Cada movimiento que hacía, pinchaba la médula y sentía el dolor. Me tuvieron que operar de nuevo y me removieron toda la columna cervical y me la pusieron de titanio. El implante me lo pusieron de manera que la médula esquiva el espolón. Me dijo (el doctor) que estoy discapacitada, no puedo trabajar. (Al caminar) de aquí al centro del zoológico no resisto el dolor en la espalda. Me prohíben agacharme, halar gavetas, escribir en computadoras. El médico me iba a discapacitar. Eso fue hace 7 años, y yo decía: qué voy a hacer con el zoológico.

La otra vez me caí saliendo del mariposario y me rompí el menisco. Me han pasado cosas acá.

Con todos esos diagnósticos, el déficit presupuestario y los consejos de sus hijos y amigos ¿se imagina su vida sin el Zoológico?

No me gusta pensar en eso. Yo vengo a veces y veo los planos que hicimos para los proyectos ilusionada de hacer tantas cosas y después me doy cuenta que no vale la pena, la gente no lo reconoce. No es que me vayan a hacer una estatua, es por lo menos que me apoyen. Es triste cuando uno se sacrifica y lo hace por amor de verdad, y que no lo reconozcan. Eso es lo que me tiene el azúcar incontrolable, la mantengo de 400 y 500, siento como una presión en el pecho.

Cuando hago los recorridos ya no puedo (…) pienso qué va a ser cuando ya no estemos ¿Qué va a pasar con Pipo -el chimpancé-, que le tiene miedo hasta a un hormigón? ¿(Qué vamos a hacer) con una puma como la China? La tuvimos un año en la casa, porque se asustaba con los rugidos de los animales. No interactúa con los otros animales porque desgraciadamente la mama no la quiso amamantar y se crió con nosotros. Cuando veo a la Bulny, la última jaguar (…) solo de pensar que la van a usar, que el que venga no los va a conocer.

¿Qué significa el zoológico para usted?

Yo creo que es lo que me ha ayudado tanto a apegarme con los animales, porque no tengo familia. Mis hijos están allá (en Estados Unidos), estoy sola, por eso como que me aferro a los animales. Me aferro porque cuando uno, como estuve tantos años fuera del país, no valora lo que tiene hasta que lo pierde. Yo valoro mucho a mi país. Los animales son representación también de Nicaragua. 

“Mis nietos se criaron con una tigre de bengala y una doberman”

RECUERDOS.  De los miles de animales que han pasado por el Zoológico Nacional durante la administración de Marina Argüello y Eduardo Sacasa, Tina, la primer tigre de bengala criada en cautiverio, es una de las más especiales para la directora del centro.

Argüello recuerda que cuando la tigresa nació todavía no se había firmado el traspaso de la administración, por lo que una señora de Masaya, quien además era mamá de un técnico del Ministerio del Ambiente y los Recursos Naturales, se ofreció para cuidarla los primeros días. Al cabo de unas semanas, Tina fue llevada a la quinta donde vive la pareja Sacasa – Argüello y donde convivió también con cerdos, gansos, una perra doberman y sus nietos, entonces de dos años de edad.

“Mis dos nietos se criaron entre una tigresa de bengala, un león africano y una perra doberman”, cuenta Argüello.

Entre risas, agrega que uno de los pequeños tomaba al animal de las patas traseras y la otra del frente y así la cargaban.

“La Tina tenía la misma edad de la perra. La llamábamos y corría también la perra, los patos y la leona. Esa fue la primera experiencia de tener un animal silvestre criándolo en la casa”, recuerda.

Unos seis meses después, ya instalados en el Zoológico, Tina fue llevada al centro, donde durante las noches, su hijo, quien se había encariñado con la tigresa, la soltaba y ella paseaba por todo el lugar.

Fue Tina también la primera con la que Marina Argüello y su esposo salieron a una feria. La directora del Zoológico dice que al final de la década de 1990, una compañía distribuidora de vehículos tenía un evento en el que promocionaban camionetas e invitaron a Tina a participar.

“Nosotros felices de la vida porque nos iban a pagar, no me acuerdo cuánto. Cuando Eduardo la está bajando, la Tina se le zafa del collar. Había un gentío y ella era grande ya. Todo mundo estaba pegando gritos. Yo estoy abajo y la empiezo a llamar ‘Tina, Tina, Tina’, como a los perritos. Y llegó ella a lamerme. Me he tenido que quedar sentada toda la noche hasta que cerraron la feria para que la tigresa estuviera tranquila”, relata.

“Son cosas que hemos pasado. Hubo momentos en los que uno se siente desesperado porque no teníamos plata, pero ya con eso estábamos felices”, agrega.

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