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En el siglo XIX, el oro fue tan abundante en Siuna que se encontraban pedazos tan grandes como piezas del tamaño de un huevo. De esos tiempos de abundancia solo quedan los recuerdos de los lugareños que llegaron hasta el Caribe Norte atraídos por las historias de triunfo que trascendían en todos los rincones de Nicaragua.

La abundancia atrajo a canadienses, estadounidenses, húngaros, chinos y a nacionales a este pequeño enclave de campamentos mineros, donde hoy para poder conseguir una onza de oro, se tiene que procesar más de una tonelada de broza, cuenta Rufino Chow, exalcalde de Siuna.

Tras dos siglos de explotación de oro, las colonias de trabajadores de la empresa minera y la colonia del mercado chino han desaparecido. Hoy en el mercado de Siuna, la preocupación no son los precios del preciado metal. Se habla si el ganado bajó de precio, en cuánto se vende la leche y los bajos precios en que los comerciantes compran los granos básicos a los campesinos.

Esta ciudad minera cumplió ayer 47 años de haber sido elevado a municipio, sus viejas calles de balastre han sido reemplazadas por concreto y adoquines.

La minería 

Hablar de minería es remontarse a 1896, asegura el antropólogo e historiador de la Universidad de las Regiones Autónomas de la Costa Caribe, Pío Alejandro García Izaguirre, quien se encuentra realizando una investigación que recoge la historia de este municipio minero.

García Izaguirre revela que la explotación minera inició de forma artesanal por José Aramburó, quien para el año 1909 contaba con una empresa “La Luz and Los Angeles Mining Company”. Posteriormente vendió sus acciones a la minera de capital norteamericano Rosario Mining Company, de ahí parte la explotación a gran escala.

El antropólogo norteamericano Benjamin Jastrzembski realizó un estudio entre 2008 y 2009 basado en la revisión de la literatura disponible, en la investigación de archivos y en las entrevistas a miembros de la comunidad donde recopila la historia de Siuna.

“La más antigua evidencia escrita de la minería del oro en el área de Siuna se encontró en un artículo publicado en 1891 en el periódico estadounidense The New York Times. En él se identificó a Paul Renner, Gusta Schultz y el señor Aramburó como los descubridores de ‘varias minas de oro’ a lo largo del río Prinzapolka”, se indica en la investigación de Benjamin Jastrzembski.

“Un siuneño de edad dijo que durante estos primeros años el oro fue tan abundante que se encontraban las pepitas en los drenajes de las calles después de las tormentas. Una monja americana Mariknoll y una entrevista en el 2009 con un minero jubilado, cuentan que los propietarios les daban a los trabajadores viejas latas de avena Quaker y querosén para llenarlas con oro”, reza la investigación de Jastrzembski.

Recuerdos

La última vez en que el siuneño José Mercedes Ruiz Soza, quien trabajó en el plantel de la empresa minera en el año 1965, vio tanto oro en Siuna, fue cuando ayudó a cargar marquetas con oro.

“Cada marqueta pesaba 81 libras, en total cargamos como siete quintales ese día”, recuerda. Ruiz Soza se acuerda que además de las marquetas de oro, exportaban un material refinado que contenía oro, cobre, plata, entre otros metales.

“La mayor parte del oro lo llevaban en esa modalidad para evadir impuesto, es decir no reportaban la producción real”, refiere. El extrabajador de la mina recuerda que en la semana ganaba 59.5 pesos, con lo que apenas una persona en la época de 1965 alcanzaba para comer.

Existían buenos salarios, como los de los jefe turno que podían alcanzar hasta los 4 córdobas la hora. Los altos cargos como los jefes turnos gozaban de privilegios como casas, de las que aún podemos ver algunas en pie, recuerda.

La gente emigró al campo a buscar cómo sembrar e inició la ganadería”.  Pío Alejandro García Izaguirre.

El comercio

La empresa controlaba los servicios que brindaba a sus trabajadores mediante una ficha de bronce enumerada, la cual era usada para registrar los servicios que a diario solicitaba el empleado, como el cine, el club social, cocina, comisariato.

“Esta ficha era como tu cédula, con ella tenias acceso a todos los servicios y semanalmente cuando venía tu pago lo recibías con todas las deducciones de los servicios que habías hecho uso”, recuerda.

Ruiz Soza elogia los servicios de salud que brindaba la empresa a sus trabajadores. “Contábamos con un hospital para los trabajadores que tenía muy buena atención con médicos nacionales y si era un problema que no se podía resolver aquí trasladaban al paciente a Managua, esa es la mejor atención que podemos recordar, el servicio de comida a los pacientes era muy buena y todo aquello era súper aseado”.

José Hernández Méndez fue topógrafo de la empresa minera La Luz and Los Angeles Mining Company y de la Rosario Mining Company. “Pichirilo”, como es conocido en Siuna, enumera con precisión cada recorte que tenía el pozo de donde extraían el metal precioso. 

“Todos los niveles tenían broza, todos quedaron llenitos de broza para trabajar 30 años según los cálculos de los jefes de la mina”, asegura. Su trabajo era supervisar y medir los avances en la extracción de broza que barrenaban los maquinistas y con eso vivía con comodidades. 

La transformación

Las operaciones mineras dependían del suministro de energía que se producía mediante una hidroeléctrica ubicada en la zona de Mistruck, sin embargo, esta colapsó un 12 agosto de 1968, cuando fuertes lluvias ocasionaron una desbastadora llena del río YY.

La falta de energía ocasionó un paro total de las operaciones mineras, por lo cual la empresa se vio obligada  a realizar un importante recorte de personal.

Centenares de personas quedaron desempleadas, algunos optaron por migrar al campo y otros que llegaron atraídos por el auge del oro regresaron a sus lugares. “La gente emigró al campo a buscar cómo sembrar e inició la ganadería”, añade el historiador y antropólogo Pío Alejandro García Izaguirre.

La empresa reinició operaciones con plantas de diesel, sin embargo los costos de operación se dispararon, luego vino la revolución sandinista, nacionalizaron la mina y la operaron por pocos años bajo el nombre de Condemina, sin embargo fracasaron en su plan de continuar la explotación minera.

En 1987 los mineros vivieron el trauma de buscar alternativas para sobrevivir, algunos buscaron puntos para güirisear. “Otros buscaron el campo, yo por mi parte me fui a trabajar de CPF”, cuenta José Hernández Méndez, “Pichirilo”. 

El cambio

Después del cierre de la mina surgió la fiebre del oro del cianuro, como llaman los habitantes de Siuna a la etapa en la que muchas personas se dedicaron a güirisear.

Iban a la zona donde la empresa desechaba el material del que habían extraído el oro. Era un caño donde corría todo el desecho: agua, tierra y broza.

José Mercedes Ruiz Soza explica que “quedaban residuos de oro, por lo que en algunas jornadas cuando se comenzó a güirisear se podía sacar hasta 16 onzas al día, estamos hablando que ahí habían como 400 personas con cajones, eso se mantuvo como unos diez años”.

En un inicio “Pichirilo”, quien hoy tiene 73 años, junto a decenas de mineros emigraron a Rosita, pero luego la mina cerró sus operaciones. Para él la vida en los tiempos de la mina fue buena.

“Yo no me quejo, para mí fue buena”, recuerda, ahora está jubilado y vive de su pensión. 

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