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Después de las primeras presentaciones musicales, en las que desfilan el cantante ranchero Vicente Fernández y el rey de la cabanga Marco Antonio Solís, “el Buki”, dos actores se toman la escena, manipulando sus  títeres que representan a un par de viejas actrices. Visten de un negro rotundo, como el resto del elenco que entra y sale durante un poco más de una hora en esta obra teatral. 

Pero bajo el ropaje oscuro, los actores  no pasan inadvertidos. El espectador repara en ellos —en sus voces, dicción, expresión corporal, siluetas— y el director no quiere esconder a los “manipuladores del público”. 

El juego actores-manipuladores-títeres se puso en el escenario desde la primera canción. Eso sí, la atención se concentra en los muñecos. Ahora en este par de viejas que usan gafas, moñas y vestidos con cuello de vuelo, y que a veces, solo a veces, se muestran nostálgicas.  

Como dos vecinas que se encuentran tras barrer la acera de sus casas, ellas aprovechan para hacer catarsis, se desahogan sobre la realidad del teatro. Son resentidas, descarnadas, chismosas, reales. Se quejan de cómo los tiempos han cambiado, del público que no quiere pagar.

Tenés razón, la gente no quiere pagar —dice Bárbara.

Peor aún si los artistas son nacionales —le responde Débora.

No jodan, todo lo quieren de gratis y a precio solidario —contesta Bárbara enfadada.

De su mordacidad tampoco escapa el director “cabeza de zanahoria” que evade los pagos al elenco, según recriminan estas viejas glorias.

“I wanna love you”. —Se escucha en el escenario. Es Bob Marley, quien emerge de una  caja de madera en un extremo del escenario. 

Los artistas, las canciones, sirven para rematar escenas o como transiciones entre una y otra. Cuando aparece cualquiera de estas estrellas, Juan Gabriel, Raphael o “el Frijol” de la Cuneta Son Machín, los espectadores se alegran y muchas veces cantan los fragmentos que se saben.

La carga dramática recae en las veteranas estrellas y las actrices nuevas. Sherry, una muñeca cabello fucsia, evoca un cuento de hadas y cuando habla machuca las erres, por momentos habla como gringa y en otros como tica. Ella representa a un tipo de mujer que existe en la sociedad y busca dinero, éxito y conocer a gente importante. Es un personaje torpe, interesado, que se burla del resto de personajes, y que en ninguna parte de la obra se reivindica.  Se exponen interioridades del mundo teatral

Además de la pelea generacional que plantea el montaje, se exponen otras interioridades del mundo teatral: las urgencias económicas, las tristezas y el alcoholismo que afectan a muchos artistas; aun toca temas que van más allá del mundo teatral: la gente que esconde su identidad sexual, que sigue metida en el clóset.

En el revoltijo dramatúrgico que los personajes salvan diciendo que se trata de una obra sin estructura, dando a entender que la escenificación puede ser un relajo que cuestiona el arte y de paso la realidad de quienes están actuando, una crítica que no pasa inadvertida a pesar del Palo de Mayo de los “negritos” que cierran la obra, como les llama  el director César Paz.  

Sobre la técnica

César Paz, director y actor del montaje “Concierto de títeres al desconcierto”, explica que la puesta en escena recurre a una técnica mixta porque combina títeres de piso con otros “de mesa-piso, moppets, bocanes y bunrakus, que son los articulados por tres personas”.

Aunque todavía no se estrena oficialmente, la obra se presentó dos veces en el reciente I Festival de Teatro Nacional Pepe Prego. La puesta en escena llenó las butacas en el teatro municipal de Matagalpa y se presentó en la plaza 22 de Agosto, costado del Palacio Nacional. Paz explica que el estreno oficial de este montaje será en noviembre en la sala Pilar Aguirre, del Teatro Nacional Rubén Darío.

Una escuela

Los actores coinciden en que el Teatro Estudio de Nicaragua (TEN) es una escuela que combina a actores experimentados con novatos. 

“Es doble reto, porque no solamente es interpretar como actriz el personaje, sino también darle vida al muñeco, poderlo manipular y transmitir esa emoción, ese sentimiento que se quiere”,  dice Rita Lucía Gutiérrez, actriz que manipula a dos personajes y participa por segunda vez en un montaje del TEN.

Fabio Mayorga trabaja con TEN por primera vez, pero tiene amplia experiencia como clown, además es bailarín. Fue invitado por César Paz y terminó integrando a varios miembros de su familia: su hijo, una hermana y dos sobrinas, que solo tenían experiencia en trabajar como payasos.

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