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El 5 de julio del año pasado María del Carmen Centeno llegó a su casa ubicada en el barrio San Felipe de la ciudad de León después de vender café y pan con mantequilla en la antigua estación del ferrocarril. Fue entonces cuando su seno izquierdo le empezó a doler y a picar. Pensó que era pasajero, se rascó y aplicó agua helada, pero continuó así durante 15 días hasta que sintió una pelotita dentro del seno.

El dolor se volvió insoportable y le comentó a su hija Jaél Juárez lo que le estaba ocurriendo. Esta decidió llevarla a una clínica para que le realizaran una mamografía y el resultado dio positivo a cáncer de mama en etapa 2B. Tenía 55 años.

“Cuando a una le dicen que tiene cáncer de mama solo piensa en la muerte. Solo me puse a pensar en mi hija y me dije que tenía que luchar para no dejarla sola. Aguanté todo el proceso por ella y ahora puedo decir orgullosamente que estoy en la etapa de seguimiento médico. Soy una mujer libre de cáncer de mama”, relató al salir de la Clínica de la Fundación Ortiz Gurdián, donde recibe tratamiento.

Cuando María del Carmen llegó a la clínica el año pasado le volvieron a realizar todos los estudios para confirmar el diagnóstico que le habían dado en León y el resultado fue el mismo. El proceso desde entonces no ha sido fácil, sobre  todo sabiendo que el cáncer atacaba a su familia por segunda vez, pues su mamá había muerto de cáncer cérvico-uterino.

Se sometió a ocho ciclos de quimioterapia, uno cada 21 días. Luego le practicaron una cirugía para finalmente someterse a las radioterapias. Ahora después de un año y tres meses de tratamiento, solo se presenta a la clínica para chequeos generales, para retirar medicina y así deberá continuar por los próximos cinco años.

“A las mujeres les digo que no se dejen vencer por esta enfermedad. Gracias a Dios hay gente que las puede ayudar, debemos luchar por nuestros hijos y no vale la pena echarse a morir por una enfermedad que sí tiene cura”, recomendó Centeno.

La señora de las prótesis

Todo comenzó como una necesidad personal y hoy se ha convertido en una de sus principales fuentes de ingreso. A Emilia Cuadra López le detectaron cáncer de mama a los 61 años de edad y como parte de su tratamiento le extirparon su seno izquierdo. Cuando se vestía no se sentía conforme al verse un vacío en la parte de sus pechos, por lo que decidió inventar una creativa prótesis de seno. 

Es costurera desde joven y eso le permitió elaborarse una prótesis a base de guata y graba que le tomó un día terminar. Cuando se presentó al consultorio del doctor Roberto Ortega, director de la clínica de la Fundación Ortiz Gurdián, donde recibió su tratamiento, el médico se sorprendió cuando vio que aparentemente tenía sus dos senos.

Emilia Cuadra López, quien hoy tiene 67 años de edad, le contó al médico lo que se le había ocurrido. Fue así que el doctor Ortega le pidió que elaborara más prótesis para las mujeres que llegaban a consultas en la fundación.

Ella accedió porque “estoy consciente de lo que se siente cuando una se ve frente al espejo y se mira sin un seno. Aunque yo ya era una señora a mí me daba pena salir a la calle solo con un seno porque había gente que me miraba raro, pero ahora con la prótesis yo reto a cualquiera a que adivine cuál es mi verdadero pecho y en cuál es que tengo la prótesis”, dice entre risas Emilia Cuadra López, mientras termina de preparar una de las prótesis que le han encargado. Fotos: Bismarck Picado/END

El proceso para tener el producto terminado le lleva un día entero de trabajo. Debe comprar el brassier en la talla de la clienta, después elabora un compartimiento que ella llama “oculto”, pero que en realidad es como una pequeña bolsita de tela donde introducirá la prótesis.

Por cada brassier con la prótesis incluida Emilia, habitante del barrio Hialeah, se gana 120 córdobas. Tiene en tallas desde 32 hasta 45. En su familia hay antecedentes de cáncer: su abuela tuvo cáncer cérvico-uterino, una de sus hermanas también y un hermano padece de cáncer en la cara. 

“Pero esta idea de las prótesis me ha ayudado mucho porque cada vez que hago una casi siempre las clientas me dan a hacer otras piezas como camisas o faldas. Se ha convertido en una de mis fuentes de ingreso y me siento útil no solo por trabajar sino porque sé que con esto ayudo a las mujeres que viven lo mismo que yo”, relata.

Para poder someterse al tratamiento, Emilia Cuadra López tuvo que recibir atención psicológica porque cada vez que iba ingresar a la sala de quimioterapias y al quirófano sentía que se asfixiaba, la presión se le alteraba y los médicos desistían porque era riesgoso. 

Más tarde se enteró que esa sensación de asfixia era producto del terremoto de 1972 donde quedó soterrada junto con su hijo de cuatro años. Su casa literalmente les cayó encima y su hijo murió. Desde entonces “no hay día que no piense en mi hijo pero ahora de una forma más sana y no torturándome y eso después de Dios, se lo debo a la psicóloga que me atendió en la clínica de la Fundación. Siempre he creído que ese cáncer a mí me vino de tanto estrés después del terremoto”, comenta. 

Hoy lleva una vida tranquila, libre de cáncer, de traumas y rodeada de su familia. “El cáncer solo fue una pequeña etapa que de la mano de Dios y de la gente correcta creo que cualquiera puede vencer. Yo pude haber dicho que ya había vivido lo suficiente y no someterme a ese tratamiento, pero ahora no me arrepiento de haberlo hecho porque sigo viva y disfrutando de mi familia”, concluyó.

“Pensaba que iba amanecer muerta”

Lucía Tuckler se realizó el autoexamen de mamas dos años después de dar a luz a su primera hija. Tenía 21 años. Se detectó un nódulo (pelota) y buscó atención médica en Masaya, de donde es originaria y los resultados de los exámenes médicos arrojaron un diagnóstico positivo de cáncer de mama en etapa 3C, una de las más avanzadas. 

“Cuando a mí me dicen que tengo cáncer de mama y en esa etapa tan avanzada, pensé que al siguiente día iba amanecer muerta. Pero mi familia y mi esposo me convencieron para someterme al tratamiento. Lo hice por mi hija porque no quería que se criara sin una madre”, recuerda la joven.

Acudió a la clínica de la Fundación Ortiz Gurdián donde, después de confirmar nuevamente el diagnóstico, le realizaron una mastectomía radical en su seno derecho. Luego se sometió a ocho ciclos de quimioterapias y al concluirlas, el cáncer le volvió a aparecer, pero esta vez en la piel. Esto provocó que le aplicaran 12 quimioterapias más.

Perdió el cabello, las cejas, las pestañas, las uñas de las manos y de los pies, el apetito, el sabor de las comidas, bajó de peso (cuando inició el tratamiento pesaba 125 libras y llegó a pesar 90), sus plaquetas disminuyeron, dejó de darle pecho a su hija y le dio depresión. 

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“Mi estado de ánimo estaba por el suelo”, recuerda. Pensó que su esposo la abandonaría pues ya no tenía un seno y en su cuerpo se empezaban a notar los estragos del tratamiento.

Una semana antes de empezar las quimioterapias en la clínica de la Fundación Ortiz Gurdián sería su graduación de magisterio. “Pero en ese momento estaba yo tan deprimida que ni siquiera quería ir agarrar mi título, ya lo miraba todo perdido porque no sabía si iba aguantar el tratamiento”, dice Lucía Tuckler. Sin embargo, en la clínica recibió tratamiento psicológico que la ayudó a recuperarse emocionalmente y acudió a la graduación.

Para ella y su familia, el diagnóstico fue impactante porque pensaban que la enfermedad afectaba solo a mujeres mayores de 40 años. Todos en su casa recibieron tratamiento psicológico. 

“A mí no me había dado ningún síntoma y en mi familia nadie había padecido la enfermedad, por eso les recomiendo a las mujeres jóvenes que se realicen el autoexamen y se informen porque hay muchas formas de prevenir la enfermedad y tenemos por quién vivir. El cáncer de mama no significa muerte como la mayoría de la gente cree”, aconseja.

Hoy con 25 años de edad, se encuentra libre de cáncer, su semblante es diferente, sus cejas empiezan a nacer, sus uñas se han recuperado y sonríe a cada una de las mujeres que llegan a la clínica en busca de ayuda. Cuenta con un empleo como maestra de primaria en una comarca de la ciudad de Masaya, pero no todo ha terminado: debe concluir cinco años de tratamiento medicinal y realizarse chequeos constantemente.

A nivel económico la enfermedad supuso un reto más grande porque en ese momento estaba desempleada y el tratamiento le exigía iniciar una dieta más saludable, rica en verduras y frutas que para ella era difícil costear. Asimismo implicó tener que viajar a Managua muy seguido y costear el transporte.

El tratamiento completo que las mujeres reciben gratuitamente en la Fundación Ortiz Gurdián está valorado en entre 9.000 y 12.000 dólares.  

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