•   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • Edición Impresa

Desde que tiene memoria, Miguel Ángel Abarca hacía trazos con pedazos de carbón que encontraba en el campo cuando trabajaba junto a su padre en San Rafael del Sur. Ahora, con 72 años, asegura que ha logrado una colección de centenares de piezas, algunas de las cuales ha vendido por más de US$5,000. 

El pintor y escultor no sabe a ciencia cierta cuándo dio sus primeros pasos en el arte porque siente que “desde que recuerdo yo andaba dibujando con carbón y a la fecha todavía lo hago”.

Tampoco sabe cómo nació su interés por el arte porque sus primeros años los pasó trabajando. “Ni siquiera fui a primaria. Me crié en el campo, a los 14 años andaba volando machete”, cuenta.

Fue a esa edad cuando sus padres decidieron que era hora de que aprendiera un oficio, por lo que viajó a su natal Monimbó donde trabajó como funerario haciendo ataúdes. 

“El arte en madera lo hacían también para roperos, adornar cajas y sarcófagos. Comencé en eso, pero era un trabajo repetido y para mí no tenía valor”, relata. 

Seis años antes, un primo suyo tallaba pequeñas figuras en madera. “Me acuerdo que siempre andaba una navaja y pedazos de madera. De esos años conservo una de San Jerónimo, la guardo como una reliquia”. 

Así que cuando un pariente se ofreció a ayudarlo a entrar a la Escuela de Bellas Artes que entonces dirigía Rodrigo Peñalba, Abarca le consultó a su primo, que entonces padecía de cáncer de esófago, sobre qué hacer. “Él me dijo: no hagás eso, no te separés de la madera nunca, ese es tu futuro’, 15 días después se murió”, dice mientras sostiene la pequeña figura del patrono de Masaya.

“En Masaya yo trabajé la madera en la funeraria entre 1957 y 1959.  Lo hacía de forma artesanal y entonces comencé a pensar que podía hacer mis dibujos y mis ideas en madera. No me arrepiento de nada, esa es la única manera de hacer lo que hago. Si me hubiera ido a Bellas Artes solo sería pintor”, agrega. 

Además: INC premia creatividad de artesanos

Su primer premio

En 1968 su camino lo llevó nuevamente a la Escuela de Bellas Artes. En los periódicos, recuerda, se había anunciado una exposición de artesanía. “Me presenté con un trabajo que hice en madera para el que me basé en la violación de Leda y el Cisne, cuando el dios Zeus se transformó en cisne y me dieron una mención de honor. Años más tarde, en 1985, Rosario Murillo me compró una escultura grande que hice basada en esa pieza”, comenta Abarca.  Foto: Henry Padilla / END

El artista que ganó en tres ocasiones el máximo galardón a los escultores del país —el premio Genaro Amador Lira en 1987, 1992 y 1994— señala que en muchas de sus obras se ha inspirado en la literatura, pese a que nadie le enseñó a leer. Los pasquines le parecían atractivos y en una ocasión consiguió una revista en la que vio la ilustración del Paraíso perdido de John Milton y quedó fascinado por los colores. 

Más tarde, conoció la Divina Comedia de Dante Alighieri y Los Miserables de Víctor Hugo. “Leía libros de toda clase. Al fondo de la galería tengo un montón de libros. Ya casi no leo porque la vista me está fallando”.

Proyección

Desde 1971, Abarca, quien ahora firma sus obras con las iniciales “M.A.”, ha realizado diferentes exposiciones en Managua y participado en eventos en Letonia, Estados Unidos, Israel y Bélgica. 

Estas muestras le permitieron darse a conocer y tener entre sus compradores locales al presidente de la República, Daniel Ortega Saavedra y a Rosario Murillo, quienes han adquirido varias piezas, entre ellas una tabla tallada en la que se retratan las etapas de la historia del país desde la época de la colonia hasta la primera mitad del siglo pasado. 

“Yo la hice en el 84 cuando murió mi mamá. Para quitarme ese pesar que tenía me puse a trabajar esa talla. Dilaté un mes. Ahora no la vendería por nada, para mí es una obra importantísima, el estilo es único y además es histórica”, refiere.

En el Centro de Arte de la Fundación Ortiz Gurdián pueden encontrarse dos de sus obras. “Luis (Morales, director del Instituto Nicaragüense de Cultura) tiene varias piezas mías, una niña de Ayapal, una serpiente emplumada. También en el restaurante San Juan de la Selva, y hubo algunas en La Marselleise. El único del Gobierno que tiene una colección mía es Miguel D’Escoto”, comenta. 

En el año 2000 el artista elaboró una escultura en el parque de la amistad de Israel, donde participó en un encuentro de artistas de América Latina. 

Trabajo de tiempo completo

La Galería Añil se ha convertido en su taller y tienda. Allí actualmente alberga más de cien piezas entre esculturas, pinturas y cuadros tallados en madera. Trabaja todos los días en nuevas obras mientras escucha canciones de los años sesenta y setenta que ponen en la radio. “Así me inspiro”, confiesa. 

“Soy enemigo de un empleo que tenés que estar presente a tal hora.  No uso abanico, trabajo en el calorazo y sin descanso. Hasta dejé de ir al cine, y eso que de chavalo me gustaba ir”, agrega.

Con más de una docena de cuchillas, vestido de camiseta y jeans, se le ve en un rincón de la galería tallando una tabla de Guanacaste, escucha música y sigue trabajando. La pieza podría tomarle hasta un mes para estar terminada. 

“Venderla me puede llevar hasta 20 años. El problema es el comprador. Aquí no hay cultura de comprar obras de arte, pero es una inversión grande. Cuando yo me muera quien tenga una obra mía va a tener una obra que valdrá un montón”, lamenta. 

Más: Formas y colores se toma el INCH

Últimos Comentarios
blog comments powered by Disqus