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¿Se siente seguro en Paraguay? preguntó uno de los cien periodistas que había atendido la invitación a la conferencia de prensa oficial (aunque solo admitieron a dos por cada medio) que brindó en ese país que lo acogió en calidad de exiliado el último de los Somoza, el que abandonó Nicaragua en el jet Nicarao tras ser derrotado por los revolucionarios: Anastasio Somoza Debayle.

“En todo país donde se respeten las leyes me siento seguro, especialmente en Paraguay”, fue la respuesta del expresidente recibido por el aparato oficial del régimen de Alfredo Stroessner no como un exiliado, sino como huésped de honor.

Seguridad. Un concepto tan relativo cuando se vive en el exilio por causas políticas, finalmente fue lo que le falló a Somoza cuando los guerrilleros argentinos liderados por Enrique Gorriarán Merlo, Hugo Irurzún (o capitán Santiago) y Roberto “El Gordo” Sánchez llevaron a cabo el atentado que puso fin a su vida en una calle de Asunción, Paraguay.

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Qué fue de Somoza Debayle tras abandonar el poder, dónde estuvo, cómo pasó sus últimos días con su amante, Dinorah Sampson, qué fue de su último cumpleaños y cómo se armó el complot para su magnicidio, dan vida a las páginas de la novela “Somoza, cuenta regresiva”, escrita por Álvaro Porta Bermúdez, quien conversó con El Nuevo Diario.

¿Cuál era el propósito al escribir esta novela?

Yo quería recrear los meses desde que salió Somoza con su gente en el jet Nicarao y aterriza en Andrews Air Force en Miami, los países que visitó hasta llegar a Paraguay, donde fue recibida su petición de asilo.

¿Cuánto tiempo le llevó la investigación?

Como diez años. La corregí varias veces, así que este es como el ejemplar número 8 del producto terminado, los nombres hasta se los cambié algunas veces.

¿Qué metodología utilizó para recopilar los datos?Álvaro Porta.

Hice investigaciones, leí revistas, muchos periódicos, libros, y por último me fui a Paraguay. Ahí tenía a mi amigo Luis Durán, el representante del Fondo Monetario en Asunción. Yo había sido su padrino de bodas y le mandé una lista de todo lo que me interesaba conocer y él se encargó de hacerme las citas pertinentes, me hospedó en su casa y me asignó un carro con conductor.

En una semana acudí a todos los sitios que eficientemente él había concertado para que encontrara las respuestas a las dudas que me asaltaban. Solo una cita no se concretó y fue con el que podría llamar el Pedro Joaquín Chamorro de Paraguay.

¿Qué novedades presenta en la novela?

Para mí fue todo novedoso, pero principalmente hallé muchas cosas que juzgué debía trabajar más. En primer lugar me interesaba conocer qué grado de aceptación tenían Somoza y la Dinorah en la sociedad paraguaya. Cuando tomé la decisión de hacer el libro y convertirlo en novela tenía que determinar quiénes serían mis protagonistas y me encontré que Hope (Portocarrero) nunca llegó a Paraguay y que la única persona que lo acompañó fue la Dinorah Sampson y en realidad concluí que fuera de ser la amante del presidente de Nicaragua no había mayor atractivo en su vida.

Me fui encontrando con cantidad de anécdotas amorosas que se contaban sobre ella y sus amantes. Alguien me interrogó sobre si traté el tema de las coimas que ella cobraba y en realidad no lo hice, sé que lo hacía y quién me podía dar información al respecto, pero opté por no abordarlo.

¿Qué se decía de Somoza y de su amante en Paraguay?

Esa es una buena pregunta y sobre todo muy amplia. La sociedad paraguaya era parecida a la de Managua, los mismos cuechos. El hombre llegó millonario, bien parecido, relativamente joven, libre, porque no estaba con su esposa, sino con su amante. Dicho sea de paso, es conveniente aclarar que tener una amante en Paraguay es lo más común del mundo, porque ese país ha tenido tres guerras muy duras en las que han muerto gran cantidad de hombres, por lo que el hombre llegó a convertirse en un artículo de lujo, así que era normal la relación del expresidente de Nicaragua.

Parte de la sociedad los aceptaba, otros se apartaban. El proyecto era que el hombre se incorporara a la fuerza productiva con su conocido capital en el exterior. Todo indicaba que querían que invirtiese en agricultura.

¿Cuáles eran los proyectos de Somoza Debayle?

Él se empecinó en sembrar algodón, por lo que llevó a varios algodoneros nicaragüenses porque compró una propiedad en la parte más inhóspita de Paraguay, la región de El Chaco, la idea que no pudo desarrollar era establecer un fondo de producción de algodón a base de riego. Con esa inversión hubiese contribuido de una manera visible al progreso del país que lo recibió, pero los argentinos no lo dejaron hacerlo y el hijo carecía de luces para llevar un proyecto tan grande.

¿Qué grado de complejidad tuvo su trabajo?

Hay un par de cosas que no pude averiguar, así que otra cosa que encontré es que había una muchacha que me mencionaron, María Ángela Martínez, que era muy bella y tenía un pasado escabroso, se dijo que había tenido una relación amorosa con Tacho, otros dijeron que fue con Tachito, busqué una entrevista con ella por todos los medios, pero fue imposible.

Otro problema que me encuentro al hacer la novela es que el protagonista era un hombre fundamental y básicamente político, entonces tomé la decisión de tratar de ser objetivo. Como toda mi generación, yo era opositor a Somoza, pero no podía trasladar eso a la novela de una forma cruda, porque podía perder la objetividad, así que me limité a narrar los hechos, a medida que iba desarrollando los acontecimientos evité dar opiniones a favor o en contra de él.

Es una novela histórica escrita para las nuevas generaciones que son curiosas y que tratan de saber qué pasó con el último de la estirpe sangrienta, como los calificó Pedro Joaquín Chamorro.

¿Quién lo mató?

Parece una pregunta sin fundamento, pero no es así, pues es difícil de responder con certeza porque el atentado se produjo así: se detuvo un carro (el de Somoza) porque otro lo interceptó (el comando de guerrilleros), se armó la confusión porque los guardaespaldas venían media cuadra atrás. El comando tenía su bazuca, la disparó Irurzún y en el momento más álgido del complot no funcionó. En ese momento el jefe de los guerrilleros, Gorriarán, tenía una metralleta con silenciador y al comprender el fallo del aparato se acercó, apuntó al vidrio trasero y disparó sin piedad, mientras tanto, Irurzún corrigió la bazuca y volvió a disparar desbaratando así el auto.

Entonces es válido preguntarse si murió por la bazuca o si lo mataron con la metralleta. La historia que nos han contado asegura que fue por el estallido, pero en lo personal creo que fue Gorriarán con sus disparos.

¿Cómo conmocionó a Paraguay la noticia?

Fue la noticia del año. Había una represión tan dura o peor que la de Somoza en Nicaragua. Stroessner tenía todo bajo su poderío, de manera que concebir que se diera un atentado de esa magnitud era difícil y por ende estremeció al país.

Se ha dicho que la seguridad de Paraguay acariciaba la perfección, entonces ¿cómo los guerrilleros argentinos pudieron perpetrar este magnicidio?

En realidad son muchos los que creen que este atentado contra Somoza con tanto éxito no hubiera tenido lugar de no contar con complicidad interna, es decir con ayuda de alguien, hay personas más audaces que dicen que era consentido por el propio presidente Stroessner porque Somoza se había vuelto un huésped indeseable que no les estaba trayendo nada, solo problemas internacionales y también internos, pues las facciones políticas no estaban de acuerdo con su asilo. Este lo que hizo fue consentir a los guerrilleros y apoyarlos para que el complot tuviera lugar.

¿Cree usted que esa teoría de complicidad paraguaya en el atentado es válida?

Yo no soy de esa opinión. Un amigo nicaragüense me decía que él vivió en esa época en Asunción y la seguridad era tan eficiente, tan amplia y tan incorporada en todos los ámbitos de la sociedad que resulta imposible que sucediera lo que pasó sin que se dieran cuenta.

Los guerrilleros estuvieron entrando durante 6 meses, en pareja, alquilaban casas y todos los orejas, porque dicen que todo el mundo era oreja, no alertaron nada. Eso me dejó pensativo y pensé que estaba equivocado, entonces le escribí una carta al embajador estadounidense que en ese momento estaba en Paraguay, Robert White, quien también vino a misión a Nicaragua.

A él le conté lo que estaba escribiendo y le pregunté cuál era su opinión sobre si había habido complicidad de Stroessner y me respondió que efectivamente la seguridad era muy eficiente, pero en una sola dirección: detectar todo lo que atentara contra la estabilidad del régimen, no tenía que ver con complot internacionales, como es el caso de Somoza.

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