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No hay etiqueta que le calce. Roberto Sánchez Ramírez fue hippie, militar, historiador, periodista, jardinero, seductor, presentador de un programa televisivo turístico y un gran guardasecretos. Era también un obstinado. 

La noche del sábado 19 de noviembre murió a los 76 años. Vivió intensamente. Se empeñaba en todo lo que realizaba y se negaba a descansar. Solía decir que descansaría cuando muriera.

De hippie pasó a ser periodista, soñador, bohemio y aspirante a poeta, pero un día mudó: se vistió de verde olivo y se convirtió en militar. Llegó a ser teniente coronel. En una entrevista que ofreció a El Nuevo Diario en 2011 se refirió a su faceta de asesor militar del hoy presidente Daniel Ortega en la década de los ochenta. 

“Si te dan confianza, lo mínimo que podés tener es la lealtad del silencio. Yo siempre respondo: si Humberto y Daniel me dieron tanta confianza, lo mínimo que puedo tener es la lealtad del silencio. Yo creo que si te permiten ver y saber tanto, por lo menos guardá silencio”, dijo entonces. Luego al féretro le pusieron una bandera rojinegra y una nacional.

Durante la Revolución Sandinista fungió como jefe de relaciones públicas del Ejército Popular Sandinista, trabajando muy de cerca del entonces jefe del EPS, general Humberto Ortega.

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En 1990, tras la derrota electoral del Frente Sandinista, se compró un par de botas de hule Colibrí. Ya no era más periodista ni poeta ni militar, así que se dedicó a hacer algo que sabía hacer muy bien: plantar. 

Su padre, Ramiro Sánchez Brenes, con quien se reconcilió a inicios de los 80 tras muchos años de distanciamiento por diferencias ideológicas, le había enseñado este oficio en su natal Masatepe.

“Hice lo que hacía desde niño: producir plantas. Me dediqué a vender plantas frutales, plantas ornamentales y a hacer jardines. Trabajaba con mi hermano y otros campesinos de Masatepe”, relató en esa entrevista.

Durante esa época se reconcilió con Cristo. O como él decía: se produjo un proceso de conversión cristiana, concilió sus principios sandinistas con los principios cristianos. 

Estuvo a punto de morir. Fue desahuciado. Le pusieron cuatro by pass, pasó por una operación a corazón abierto, otra en la quinta vértebra lumbar. Más recientemente, en los últimos dos años, enfrentó estoicamente el cáncer, enfermedad que provocó su fallecimiento.

Roberto Sánchez Ramírez también hizo historia: puso la bandera nacional en el cayo Quitasueño en octubre de 1972. Escribió los libros “El recuerdo de Managua en la memoria de un poblano”, “El cementerio San Pedro o la resurrección del recuerdo” y “Breve historia de la navegación en el lago Xolotlán”.

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Desde su cargo de asesor de la Presidencia de la Asamblea Nacional para asuntos históricos promovió la divulgación de importantes publicaciones sobre la vida y obra de Rubén Darío, así como testimonios que rescatan la memoria histórica del país.  

Vine a parar a Managua como tantos poblanos. Managua es una ciudad de poblanos". Roberto Sánchez

Estuvo al frente del equipo que recopiló la información que se encuentra en la Avenida Peatonal Sandino, donde se exponen vallas con información sobre  Augusto C. Sandino, el general Benjamín Zeledón, Rubén Darío y la masacre del 22 de enero de 1967, entre otros.

“Todos lo describen como obstinado, se empeñaba y quería dar hasta lo último de él, decía que iba a descansar cuando estuviera en otro plano. No tenía horario, trabajaba todo el tiempo, siempre estaba disponible y nunca le dio precio a sus conocimientos”, recuerda Xaviera Dabdub, una de sus estrechas colaboradoras en la Asamblea Nacional. 

Recientemente, ya estando hospitalizado, solicitaba que le llevaran papeles para continuar revisando las obras pendientes de publicar. 

“Es un personaje que será recordado en la memoria de nuestro pueblo por sus obras, por sus valores, por su espíritu y por su contribución”, considera el exvicepresidente Jaime Morales Carazo. 

Sus hijos hacen hincapié en que les enseñó a estar siempre unidos. María Sofía Sánchez Carrasquilla, su hija mayor, dice tener los recuerdos más lindos de su niñez a la par de su papá. “Me enseñó una cosa maravillosa: que vale más la amistad que el dinero”.

“Tenía una actitud tan maravillosa ante la vida a pesar de tantas veces que estuvo hospitalizado y tantas veces que estuvo a punto de morir”, agrega María Sofía.

Daniel Humberto Sánchez Ortega anota que “muchos lo conocieron como el periodista, como el historiador, pero a mí orgullosamente me tocó decirle papá” y este “es un hasta pronto”.

Con su partida el periodismo nacional está de luto. Fue un gran entrevistado. Ningún periodista que acudió a él regresó jamás sin un libro suyo. 

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