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Al preguntar por su edad responde con una referencia: “nací en el mismo año que Luis Alfonso Velásquez Flores. Este hecho me marcó permanentemente”. Pudo decir simplemente 1969 o 48, pero Victoria González es historiadora y eso cambia mucho su manera de ver las fechas y acontecimientos.

González se doctoró en Historia en la Universidad de Indiana en 2002 y actualmente es profesora asociada en el Departamento de Estudios Chicanos de la Universidad Estatal de San Diego (SDSU), también pertenece al sindicato de profesores de las universidades estatales de (CFA, por sus siglas en inglés).

Por lo general, da clases sobre la historia de México colonial, pero le encantaría dar cursos sobre Nicaragua.GONZÁLEZ CON SU ESPOSO E HIJA MAYOR EN 2016.

Su libro “Before the Revolution, women’s Rights and Right-Wing politics in Nicaragua 1821-1979” sobre el feminismo en nuestro país, rompe la imaginación de la lucha de las mujeres, integrando figuras marginadas, obviadas y olvidadas de la historia nacional.

La académica es matagalpina, algunos rasgos en su aspecto podrían delatarla por los estereotipos que sobreviven para los norteños, pero su físico es una herencia binacional, su madre estadounidense, Kathy Hoyt, llegó en el barco Hope en los 70, trabajó para el Centro de Desarrollo Infantil Frank Sevilla de Matagalpa y fue traductora del Consejo de Estado y su padre nicaragüense, Bayardo González, era pediatra.

González tiene una fascinación por la cocina nicaragüense, le gusta el vaho, la sopa de cuajada, el vigorón, el plátano en gloria, la cusnaca de mango y por supuesto, las hojaldras. Confiesa su gusto por el baile, sobre todo salsa, merengue, cumbia, la música banda y norteña. Su libro favorito es Memoria de Fuego de Eduardo Galeano, pero le gusta la poesía.

En varios correos electrónicos, González comparte algunas facetas de su vida que la han llevado a ser una de las intelectuales más prometedoras del país.

¿Cómo fue tu vida en Nicaragua?

Me crié en Matagalpa. En diciembre de 1983 mis papás se separaron y mi mamá se regresó a los EE. UU. con sus tres hijos (mi hermano, mi hermana y yo). En esa fecha yo iba a cumplir los 15 años. Mi papá permaneció en Nicaragua hasta su muerte en 1998. Yo regresé a verlo en el 86, el 88 y luego pasé un año en Nicaragua del 90 al 91. Desde esa fecha regreso casi cada año a Nicaragua, normalmente por varias semanas, aunque pasé todo el 97 de regreso.  

¿Qué te hizo ser historiadora?

Mi familia siempre fue muy política. Mi papá fue conservador antisomocista. Otros parientes eran somocistas y otros sandinistas. Durante mi niñez y juventud fui testigo de una realidad nicaragüense muy compleja. Viví en carne propia muchas de las contradicciones dentro del somocismo como dentro del sandinismo. Cuando llegué a los EE.  UU. me di cuenta de que lo que se decía y escribía sobre Nicaragua no reflejaba la complejidad que yo conocía muy bien.

¿Qué trabajo desarrolla actualmente?CON SU PADRE Y HERMANOS MENORES EN LOS 80.

Sigo trabajando el tema de la historia de la mujer en Nicaragua.  Me interesa mucho ver cómo cambiamos la historia “general” cuando incluimos las voces de ellas, o especialmente, las voces de aquellas mujeres con las que no coincidimos políticamente o culturalmente. Por ejemplo, mi último libro, publicado en el 2011, documenta la historia del movimiento feminista en Nicaragua y la del movimiento de mujeres somocistas que lo suplantó. También estoy escribiendo un nuevo libro con la politóloga estadounidense Karen Kampwirth sobre los últimos cien años de la diversidad sexual (LGBT) en Nicaragua. Esperamos publicar este libro en español a fines del 2018 con apoyo de una beca del American Council of Learned Societies (ACLS) que acabamos de recibir. En este libro yo documento la historia de la diversidad sexual antes de 1979, y Karen la historia del movimiento del 79 hasta el presente.

¿Cuáles han sido tus principales logros académicos y personales?

En lo personal, me siento muy orgullosa de mis tres hijos. Mi hija la mayor tiene 15, la que sigue tiene 13, y mi hijo tiene 10. Los tres se identifican mucho con Nicaragua y viajan conmigo cada año a Matagalpa.

En lo académico, mi principal logro ha sido contribuir a la creación de una historia nicaragüense más inclusiva. Las versiones oficiales de la historia (en Nicaragua y en cualquier otro lugar) usualmente excluyen a muchas personas. Mi objetivo es escribir una historia que te deja saber qué pasó con aquellos que no llegamos a ser considerados lo suficientemente importantes como para ser incluidos.

En cuanto a su trabajo sobre el feminismo en Nicaragua, ¿cómo fue la recepción en nuestro país?

En general la recepción fue súper positiva aunque no todo mundo coincide con todas mis conclusiones.  Acordate que comencé esta investigación a comienzos de los 90, cuando todavía había mucha incertidumbre política en Nicaragua. 

A pesar de esa coyuntura política tan difícil, muchas instituciones me abrieron sus puertas para la investigación e incluso historiadores y escritores nicaragüenses que ni siquiera me conocían me permitieron utilizar sus archivos privados. He recibido mucho apoyo a nivel individual y colectivo y creo que eso es obvio, pues no se puede escribir un libro basado en fuentes primarias y entrevistas sin que la gente te tenga por lo menos un poquito de confianza. 

Cuando comencé mi investigación yo estaba bien joven y creo que eso ayudó a que la gente me creyera cuando les decía que no quería escribir historias partidarias. Lo que yo buscaba –y creo que lo logré- era ampliar la conversación sobre el pasado al incluir más voces.

¿Qué significa estar en el Departamento de Estudios Chicanos de la SDSU?

A primera instancia pareciera ser un poco ilógico que una persona como yo, de origen centroamericano, con un doctorado en la historia de América Latina, tenga un puesto en un departamento dedicado a la experiencia de los mexicanos en los EE. UU., pero en realidad tiene mucho sentido. En primer lugar, el término “chicano” representa una identidad étnica-racial y una postura política de izquierda.  Aunque yo no me identifico como “chicana” sí me considero latina y considero que los estudios chicanos son fundamentales para entender la condición de los latinos. Además, la experiencia latinoamericana es fundamental para entender la historia chicana aquí.

¿Las mujeres tienen muchos obstáculos para establecerse en el mundo académico? ¿Cómo ha sido para usted?

Con esta pregunta pusiste el dedo en la llaga. Por dónde comenzar. Los obstáculos son casi innumerables. Claro que el mundo académico simplemente refleja las realidades que se ven en el resto de la sociedad. Por ejemplo, todo mundo sabe que las mujeres en general ganan menos que los hombres, y las mujeres latinas ganan menos que las anglosajonas y esto se ve bien claro en las universidades estadounidenses. Aparte de eso, hay que recordar que en general hay mucha más desigualdad entre las mujeres que son madres y los hombres (sean o no padres) que entre las mujeres sin hijos y los hombres. Para poder sobresalir como profesional, es casi necesario no tener hijos. De hecho, la mayoría de las mujeres docentes a nivel universitario estadounidense no tienen hijos o tienen solo uno. El tener 3 hijos como yo es muy inusual. Cuando terminé mi doctorado tenía 32 años. Me tardé muchos años, pero eso es normal en EE. UU., el promedio para un doctorado en historia latinoamericana en el 2002 era de 11 años, mientras en Europa se puede sacar en varios años.

Mucha gente en EE. UU., cuando se enteran que soy profesora universitaria, creen que doy clases en el Departamento de Español, porque erróneamente piensan que dar clases de literatura y gramática cuando uno habla un idioma es fácil, o me dicen “no pareces profesora universitaria”. Te produce un desgaste psicológico bárbaro, pero claro que  hay que aprender a procesar esas microagresiones y seguir adelante.   

¿Considera que forma parte de “la fuga de cerebros” en Nicaragua?

Sí, es indudable. Y en parte por eso procuro regresar a Nicaragua seguido, como para mitigar un poco el efecto. Aunque las diásporas pueden tener un papel importante en los países de “origen”, especialmente ahora con la tecnología, que simultáneamente nos acerca y aleja. Obviamente uno de los papeles más importantes de las diásporas es el económico.

A otras jóvenes nicaragüenses, ¿qué les aconsejaría para optar a la carrera académica?

Que no tengan miedo de meter la pata y equivocarse. Que escojan carreras que las emocionen o ya por último que utilicen carreras “tradicionales” para obtener resultados “no tradicionales”. A mí, mi papá todos los días me preguntaba,

“¿Y por qué no te cambias de Historia a Medicina?” . Y yo reacia por último ni le contestaba.

¿Cómo podríamos mejorar en materia de investigación?

Los archivos son fundamentales, al igual que los museos, los asilos de ancianos y la libertad de prensa, especialmente para conservar las historias locales y los matices que debe tener cualquiera de ellas. Debemos reconocer que nuestra memoria nacional reside en la labor de nuestros archivistas, nuestros reporteros, y por supuesto, en nuestros ancianos.

En cuanto a la producción de investigaciones, creo que es importante la labor que se hace en nuestras universidades y centros de producción histórica, pero también es importante que todos se sientan capacitados para escribir lo propio.

La historia no solo debe escribirse desde un escritorio o en una computadora de universidad. La historia la hacemos todos.

¿Qué esperamos de usted en los próximos años? 

Siento que apenas estoy comenzando.  Por el momento, voy a escribir el libro sobre los últimos cien años de diversidad sexual en Nicaragua, con capítulos sobre La Caimana, La Sebastiana y Rigoberto López Pérez, entre otros temas. Y luego espero escribir sobre la negritud en la costa del Pacífico, el mestizaje en Matagalpa, las brechas e identidades generacionales nicaragüenses y un sinnúmero de otros temas. Mi lista es interminable.

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