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“Las cesáreas se han convertido en una epidemia de este siglo”, considera la ginecobstetra guatemalteca Linda Valencia, refiriéndose específicamente a aquellas que se realizan sin una justificación médica y con poca información sobre el proceso, lo que las hace una manifestación de violencia obstétrica. 

Valencia asegura que esta epidemia está afectando sobre todo a las mujeres de clase alta y media de los países latinoamericanos, Nicaragua incluida. 

De hecho, la recomendación de la Organización Mundial de la Salud es que en un país la tasa ideal de cesáreas debe oscilar entre el 10% y el 15% del total de todos los nacimientos. Pero en Nicaragua la cifra es tres y hasta cuatro veces más de lo recomendado. END

En 2016, según el anuario estadístico del Instituto Nicaragüense de Seguridad Social (INSS), del total de bebés nacidos en las Instituciones Proveedoras de Servicios de Salud (IPSS) privadas y en las clínicas médicas previsionales, el 58.5% nació por cesárea. Es decir, de 23,047 bebés nacidos, 13,471 nacieron bajo ese procedimiento quirúrgico. 

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La cifra es significativamente menor para los servicios públicos, de los que se encarga el Ministerio de Salud (Minsa). De acuerdo con el mapa de salud publicado este año, en 2016 se atendieron en todo el país 107,337 partos, de los cuales 74,892 fueron vía vaginal y 32,445 vía cesárea. Es decir, 30.2% de los bebés nacieron a través de una cirugía. 

Las causas

“Este incremento se empezó a ver en los países más desarrollados y de alguna manera ya nos alcanzó a nosotros. Antes surgió como una solución ante las demandas que recibían los médicos por partos complicados, pero ahora detrás de la epidemia de cesáreas hay razones económicas y razones de tiempo”, explica Valencia, directora médica del centro de parto natural Ixchel en Guatemala.

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La ginecobstetra manifiesta que en una cesárea se pueden invertir máximo dos o tres horas en el procedimiento, mientras que un parto vaginal puede tardar en ocasiones hasta 12 horas. 

“Pueden haber procesos relacionados a la conveniencia económica de los médicos”, advierte el especialista en ginecología y  obstetricia José Antonio Delgado, quien asegura que el problema además es que el proceso normal del parto se convierte en una enfermedad. “Si medicalizás el embarazo, lo convertís en una enfermedad y el medicamento es la cesárea”, advierte el médico.

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Lo anterior se agrava si se suma el hecho de que no hay una norma de atención del trabajo de parto, señala Delgado. “Las cesáreas siguen siendo un número elevado porque no enseñamos a la mujer a parir ni la acompañamos, no hay parto psicoprofiláctico”, añade. 

Pero la responsabilidad no siempre recae en el personal médico. También hay más mujeres solicitando dar a luz por cesárea. 

“Hay mujeres que dicen: quiero tener ya al bebé y gozar un tiempo más de posparto, o tenerlo en un día determinado. Son circunstancias personales que inclinan a los médicos o a las mujeres por una cesárea programada”, explica Valencia. 

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Para la especialista, las mujeres solicitan el parto vía cesárea por falta de conocimiento y por temor al dolor. “El temor tiene que ver con el desconocimiento de lo que van a enfrentar, entonces está relacionado con  la falta de información que nos proveen. Si las mujeres conocieran las ventajas para ellas pero también para sus bebés, de tener partos naturales, habría menos mujeres pidiendo cesáreas”, sentencia la médica. 

Valencia explica que una cesárea tiene más complicaciones posteriores que un parto natural, más tiempo de recuperación y más posibilidades de efectos adversos para el bebé, entre los que se incluyen riesgos de intolerancias alimentarias, riesgos de asma o enfermedades alérgicas. 

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Y es la falta de información de la que habla Valencia una de las manifestaciones de la violencia obstétrica, expuestas el día de ayer por la doctora guatemalteca durante una conferencia realizada en la Universidad Centroamericana (UCA), en el marco de la segunda edición del Diplomado en derechos sexuales y reproductivos de la Facultad de Ciencias Jurídicas.   

Violencia

Durante los 15 años de experiencia que tiene como ginecóloga y obstetra, Valencia no recuerda un caso en que una paciente que ha sido atendida en un proceso de embarazo no tenga una historia de violencia obstétrica. 

“Hemos escuchado a nuestras abuelas, a las mujeres que nos rodean y pareciera que es un proceso que nos toca, a veces lo minimizamos, no nos damos cuenta porque ni siquiera la identificamos, no sabemos que no es normal que nos traten de cierta manera”, explica Valencia, asegurando que la violencia obstétrica es el tipo de violencia menos conocida y más naturalizada. 

El proceso ideal del embarazo para la ginecobstetra guatemalteca es que una mujer esté bien informada, que tenga suficientes datos para tomar sus propias decisiones bien pensadas, que se logre hacer un plan de parto y que puedan transmitirle a los prestadores de servicios médicos bajo qué condiciones y cómo quisieran vivir el proceso.

“Pero si terminamos el proceso humilladas, con algún tipo de tristeza, con una sensación de que no fue como lo esperábamos, entonces está mal. Pero hasta allí nos quedamos, naturalizamos que solo nos tocó pasar un mal momento”, explica la doctora. 

Física

Dentro de las manifestaciones físicas de la violencia obstétrica, Valencia enumera el tacto realizado por más de una persona, sobre todo en hospitales escuela; a la episiotomía de rutina, que es una incisión en el periné de la mujer, partiendo de la vulva hacia el ano; el uso de fórceps para extraer al bebé; o la maniobra de Kristeller. 

El médico nicaragüense José Antonio Delgado asegura que el uso de fórceps es una técnica en desuso en el país, pero la maniobra de Kristeller, que consiste en empujar el útero de las mujeres para forzar la salida de los bebés, es todavía usado por algunos médicos, al igual que la episiotomía. 

“Esta técnica (de Kristeller) está en desuso desde los años 70 en países desarrollados, y en nuestros países se sigue formando a los médicos con este tipo de maniobras”, critica Valencia, añadiendo que este proceso puede generar rupturas uterinas, a su vez provocando hemorragias internas y hasta la extracción del útero.  

En tanto, la episiotomía es una rasgadura de segundo y tercer grado, pero “los estudios han demostrado que las mujeres que han parido en vertical tienen rasgaduras de primero y segundo grado, entonces estamos produciendo un corte que va más allá de una ruptura natural que podría tener una mujer si estuviera pariendo vertical”, explica Valencia. 

Psicológica

Por otro lado, también hay expresiones de violencia psicológica que se manifiestan en el maltrato verbal hacia las mujeres, como el lenguaje inapropiado y grosero, la humillación, burlas y críticas por parte del personal médico, explica Valencia. 

“Cállese, respire bien, no sabe usted pujar, abra las piernas, si ya las abrió antes por qué no las abre ahora”, son ejemplos que utiliza Valencia para demostrar expresiones crueles para una mujer al momento de trabajo de parto.

Asimismo la omisión de información es una manifestación de violencia. “No darle a las mujeres información sobre su condición de salud, tenemos derecho a tomar decisiones informadas”, manifiesta la ginecobstetra.

Y explica que el consentimiento informado que cada paciente debe firmar en los establecimientos de salud, si bien se utilizan como protección ante demandas, es más bien un derecho de los pacientes de tener toda la información y de los procedimientos a los que serán sometidos, para que ellos autoricen dichos procedimientos.

Valencia afirma que este tipo de conductas que necesitan tiempo para modificarse, pero que es momento de buscar soluciones a esas problemáticas. “El personal tiene que informarse, capacitarse, en muchos países hay legislación, pero no creo que a través de las leyes sea la forma de hacer este cambio, tiene que ser a través de la misma formación de personal de salud, que la medicina se nos enseñe desde una visión de derechos humanos”, finaliza Valencia. 

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