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Creció escuchando las historias extravagantes que contaban en su Diriamba natal, y desde entonces le gusta contar cuentos. Había “exageraciones hiperbólicas” en su pueblo, admite Mario Urtecho (1954), escritor y editor nicaragüense, como cuando su abuelo le contaba que tenía un caballo para el que las calles del pueblo eran muy angostas. 

Los cuentos de Urtecho tienen la apariencia de ser testimonios, investigaciones históricas, relatos de venganza o reflexiones filosóficas, pero son todos cuentos de ficción, o “verdades no tan verdaderas” como a él le gusta llamarlos. Aun así, le gusta “que el lector sienta que está hablando con alguien cercano, que pueda identificar experiencias parecidas que le han ocurrido”. 

Algunos de sus cuentos, con frecuencia ubicados en paisajes rurales de este siglo y de otros, se han publicado en antologías latinoamericanas y europeas. Es autor de Voces en la Distancia (2002), ¡Los de Diriamba! (2006 y 2010), Clarividencias (2011), Los Nicaraguas en la conquista del Perú (2012) y Mala Casta (2014). 

Veintidós de sus textos están reunidos en su más reciente libro de cuentos, “La mujer del padre Prado y otros cuentos” (2017), un libro publicado con el apoyo del Instituto Nicaragüense de Cultura Hispánica, en el que abarca situaciones tan diversas como transmutaciones de caciques, asesinatos de hombres que reparan poemas u operaciones realizadas por fugitivos del manicomio. 

Al comienzo del libro usted dice que le gusta “escribir cuentos de verdad y a veces de verdades no tan verdaderas”. ¿A qué se refiere con eso?

Allí explico que estoy escuchando cuentos desde que yo era muchacho. Cuando yo era niño no había televisión, al menos en mi casa. Y mi abuela era como el cine. Los nietos nos sentábamos en rueda y ella nos contaba cuentos, pero de miedo. De tal manera que ya después ninguno de los chavalos salíamos al patio, porque estábamos muertos de miedo. Entonces a veces mis cuentos son de verdad, y otras veces son de verdades no tan verdaderas. 

Cuando dice “cuentos de verdad”, ¿se refiere a hechos reales?

Es una manera que yo utilizo para convencer al lector que lo que yo le estoy diciendo es verdad. El éxito de un escritor depende en gran medida de que pueda convencerla a usted, lectora, de que lo que usted leyó es cierto. Ahora, eso que yo digo en Obertura, sobre los personajes de Diriamba, es cierto. La señora que estaba convencida de que era la Virgen María y que salía vestida de azul y blanco, eso yo lo vi. Hay otras que son cosas que yo he inventado, pero que cuando la gente las cree, me gusta. 

Algunos de estos cuentos tienen su origen en artículos periodísticos. ¿De dónde más provienen sus historias?

De oír a la gente en la calle. Un escritor siempre tiene que andar atento a lo que oye en la calle, en una oficina, a lo que lee en un periódico. Hay un cuento que se llama Paradojas, que es pura nota roja, cosas que yo leí en los periódicos. Y luego también tiene que ver la picardía, la intencionalidad que se le quiere dar. O utilizar una historia para hablar de otra cosa, de manera que sea un soporte para decir cosas que yo quiera decir. Mis cuentos salen así, de cosas que yo conozco, cosas que he vivido, cosas que he leído, cosas que he imaginado. Incluso cosas que he soñado. En uno de mis primeros libros hay un cuento que soñé, me desperté a escribirlo.

Mario Urtecho. Orlando Valenzuela/ENDEn “La mujer del padre Prado” la religión está representada en situaciones muy comprometedoras. ¿Qué buscaba con esa historia?

Lo que yo pretendo con eso es reivindicar a la mujer del padre Prado. Yo no quiero en ningún momento comprometer a la religión, porque no tengo ningún interés en eso ni milito en ninguna religión. Pero en Nicaragua desde hace muchísimo tiempo los sacerdotes han tenido hijos. Lo que pasa es que como eran sacerdotes, eso quedaba envuelto en un tabú y la gente prefería no hablar de eso, mucho menos los descendientes de sacerdotes. 

Entonces, esta es una historia que tiene sus verdades. Francisca Aráuz, 1895, siendo viuda, 25 años de edad, tiene un encuentro con un cura de La Libertad, Chontales, y a partir de eso quedan teniendo una vida conyugal y de allí nacen dos hijas. Ella quedó huérfana y siendo muchacha tenía su propia independencia económica, ella hacía pequeños negocios y eso le permitió a ella poner condiciones incluso en cómo iba a ser la relación con el padre. Entonces yo reivindico la entereza que la mujer del padre Prado tuvo a finales del siglo XIX para poder darse su lugar. 

¿Entonces esa es una historia real?

Sí, claro, es real. Me la contaron.

¿Cómo logró conseguir fechas, datos, tantos detalles?

Mis fuentes de información. Por ejemplo, yo tengo una fotocopia de la partida de nacimiento de una de las hijas del padre Prado, del registro civil de La Libertad. Allí dice que la niña fulana de tal es hija de Francisca Aráuz y del Presbítero Bachiller Ramón Prado. También hay ficción en el cuento donde yo narro cómo se encuentran, dónde, pero yo tengo que convencer al lector de que lo que ocurrió es cierto. 

También hay grandes saltos en las épocas en que ocurren los cuentos. Hay algunos de 1920, 1980, 1529, del siglo XXI. ¿No podrían confundir al lector esos saltos tan amplios en el tiempo?

No, porque las temáticas son diferentes y cada tiempo está dicho en su momento. Incluso uno de los cuentos se llama década de 1920, no tiene dónde perderse el lector.

A propósito, cuando uno lee un cuento en este libro se puede encontrar con muchas referencias históricas. ¿Se considera un apasionado de la historia?

A mí siempre me ha interesado mucho la historia de Nicaragua y soy un apasionado de su lectura. Por razones particulares, yo viví un año en Perú. Fue en 2011. Cuando llegamos a Perú, vimos un rótulo que decía “Bienvenidos al Callao”. Y aquí se decía que al puerto del Callao desembarcaban los indígenas que se llevaron los españoles de aquí. Entonces lo que hice fue investigar. Aunque no soy historiador, tengo métodos investigativos y me interesé por saber qué había ocurrido con tanta gente que se llevaron de Nicaragua, que fueron por lo menos 800 mil personas, según Fray Bartolomé de las Casas y otros cronistas de la época. Me entrevisté con historiadores, arqueólogos, antropólogos de las universidades y de esa manera fui encontrando pistas, hasta que finalmente logré dar con bibliografía de la participación de lo que le llamaron allá Nicaraguas, en la captura de Atahualpa. De esa investigación yo publiqué un libro que se llama “Los Nicaraguas en la conquista del Perú” en 2012, libro que ahora ya está agotado. 
Entonces sí, la historia me apasiona. 

¿Le da a leer sus cuentos a alguien antes de publicarlos?

Sí. Cuando termino un cuento, se lo doy a leer a mi esposa. Ella es una mujer con un pensamiento súper racional, y me dice: no, eso que estás diciendo allí no. O me dice: sí, pero especificá tal cosa. Ella viene siendo mi ojo crítico a lo interno del hogar. La literatura es algo que nos junta, porque ya nuestros hijos se fueron. Y tengo otros amigos, que nos compartimos textos. Este libro le pedí a Guillermo Cortés Domínguez que lo leyera y me tratara sin misericordia. Da resultado siempre y cuando te digan la verdad.

La mayoría de sus cuentos son de formato breve, pero los últimos dos rompen ese esquema. ¿Por qué decidió hacer esto?

Sí, todos son cuentos breves, a excepción del último cuento y del homenaje que le hago a Ernesto Cardenal. El primer cuento tiene dos párrafos y no más de doscientas palabras. Esto lo he estado haciendo a propósito, con el fin de exigirme a mí mismo precisión y lograr sorprender al lector. Si lo logro, ese ya es un éxito y una meta cumplida. 

El último cuento es extenso porque es un homenaje a Roque Dalton. Él tiene un libro, “Pobrecito poeta que era yo”, y es un libro que está escrito como habla la gente de la calle. A mí me encanta. Ese cuento lo gocé, porque está dicho en ese mismo lenguaje, además tiene una carga irónica, satírica, jincar por aquí y por allá. Hay gente que quizá se vaya a incomodar, pero ese cuento lo gocé. La salida que tengo al final también me gusta en tanto que es inesperada.

En otro de sus cuentos menciona que la muerte no es el reino del olvido, y que más bien es una puerta al universo y a nosotros mismos. ¿Qué significa la muerte para usted?

Yo pienso que cuando nos morimos, no es que allí se terminó todo. Al final de cuentas tenemos una energía, y la energía se transforma. Si uno tiene en cuenta eso, se pasa a otro tipo de vida. No creo en el cielo, en el infierno. Debe ser un cambio hacia otra cosa. De allí que los tibetanos crean en la reencarnación. Yo no estoy muy seguro de eso, pero para mí la muerte no es el fin. Para mí, como dice Cardenal en uno de sus poemas, regresaremos a las estrellas y seremos inmortales.

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