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El 19 de septiembre de 1921 nació el pedagogo brasileño Paulo Freire; murió el 2 de mayo de 1997. Entre otras causas, una de las razones de su influjo inspirador -todavía hoy en el siglo XXI- radica en que su legado partió del paradigma libertario revolucionario, pero no se quedó ahí. Freire era un buscador tenaz. Buscaba desprivatizar el conocimiento con metodologías participativas basadas en el diálogo de la vida cotidiana, con un elevado ideal de justicia social.

Desde la “educación popular” cuestionó la “educación bancaria” o memorística. Invitaba constantemente a los docentes a tener autocrítica con respecto al abuso de poder que se puede ejercer desde el rol de educador. Además, acuñó la idea simbólica de que “el maestro debe morir” cuando el alumno (palabra que significa “sin luz”) lo decida. El maestro “muere” cuando participa de un proceso vivencial entre pares. El binomio acción-reflexión siempre mueve a quien aprende a educar y viceversa.

Paulo Freire indagó acerca del tema educativo como un fenómeno antropológico. En sus ensayos hay un acercamiento profundo que no entiende a la educación encerrada en las aulas. Su modelo socrático de la pregunta se empeñaba en insistir que la educación es algo que está sucediendo ahora mismo; ahí donde las personas somos dueñas de nuestro propio aprendizaje y, más que eso, somos autónomas para generar conocimientos en respuesta a lo que realmente necesitamos aprender.

En los últimos años de su vida, Freire promovió procesos pedagógicos que incluían la diversidad humana, incluyendo la diversidad de clases sociales y, por ende, empezó a palpar el abordaje del conflicto. Llegó a valorar la indignación como un motor de transformación dentro de las experiencias de aprendizaje.

Hubo teóricos contemporáneos suyos que fueron más radicales y extremistas, entre ellos Paul Goodman e Ivan Illich, con quienes fue interlocutor en el Centro Intercultural de Documentación de Cuernavaca, México. Otros pedagogos posteriores a Freire tienen enfoques integrativos y sistémicos: se nutren de la física cuántica, de fuentes taoístas, enfatizan el trabajo corporal y onírico o emplean las artes sensoriales. Jane Vella, Arnold Mindell, Rolando Toro o Carlos Bayod Serafini, por mencionar algunos, han ampliado significativamente los puntos de partida de Freire.

La vigencia de las propuestas de Freire está cimentada en su visión evolutiva de la vida, en el respeto profundo a los saberes y sentires tanto de individuos como colectividades. 

Parece inevitable que el título de este artículo me lleve a terminar preguntándome: ¿qué retos tenemos quienes facilitamos hoy espacios formativos o de diálogo? Numerosos retos, pero hay dos medulares: primero, observar honestamente la vida personal como un camino de aprendizaje y, desde ese autoconocimiento, asumir la práctica de aquellos valores de la educación alternativa que coincidan con nuestra naturaleza individual.

La verdadera escuela es la vida y es posible habitarla con conciencia crítica.

*Activista de derechos humanos y artista multidisciplinario. 

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