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Maridelia Balladares vive en la comunidad La Nueva, en Rancho Grande, Matagalpa. En el 2011 cuando culminó la primaria tuvo que hacer la secundaria en otra comunidad —ubicada a cinco kilómetros— hacia donde iba de lunes a viernes durante cinco años. Fueron días difíciles no solo por el recorrido a pie, sino porque se exponía a robos, acoso y hasta ser violada. Por eso viajaba en grupo.

“Había que pasar por lugares muy solitarios y a veces salían ladrones. Nos sentíamos con miedo. Nos salían hombres borrachos y nos decían cosas. Nos tocaba pasar por las cantinas y a veces había pleitos y se sacaban machetes, pero desde que decidimos viajar en grupos de hasta diez chavalas nos sentíamos más seguras y eso es lo que ahora muchas están haciendo”, cuenta Maridelia, de 17 años.

La joven participó ayer en el conversatorio “Qué implica ser niña en la zona rural de Nicaragua” organizado por Save the Children para conmemorar el Día Internacional de la Niña, donde recordó que “en el área rural las niñas están muy expuestas a ser abusadas sexualmente”.Maridelia Balladares.

“En mi comunidad se da muy seguido y por personas de alta confianza: vecinos, amigos tíos, primos. El último caso fue hace un mes, y antes de eso hace como tres meses”, sostiene. 

Datos del Instituto de Medicina Legal (IML) reflejan que el año pasado fueron realizados 4,939 peritajes por violencia sexual, de estos 3,559 fueron realizados a mujeres menores de 17 años, lo que representa el 83%.

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Pero la violación sexual a las niñas en el área rural es el punto máximo de violencia, muchas menores viven a diario acoso sexual y se está normalizando, asegura Maridelia Balladares, la joven de Rancho Grande. 

“Te comparan con un objeto, te dicen vulgaridades y sé que eso también pasa en el área urbana, pero en las comarcas las niñas corremos más riesgos porque tenemos que atravesar caminos solitarios para poder ir a la escuela, pasamos por ríos, montañas, bares y nos encontramos con hombres en los caminos”, explica la adolescente.

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Ninoska Martínez es de Jinotega y también participó en el conversatorio. En su comunidad tampoco hay secundaria y cuando culminan la primaria deben viajar en bus, bicicleta o a pie a otra comunidad para seguir estudiando. Ninoska está en cuarto año de secundaria y viaja todos los días en bus. 

“En el bus hay demasiado acoso sexual, hay demasiados hombres morbosos a nuestro alrededor que a veces tocan a las chavalas y les dicen cosas, ese es el riesgo que nosotras corremos, por eso lo que hacemos las que no viajamos con los padres es irnos en grupos y así cuando toque que defendernos lo hagamos”, relata Martínez de 15 años.

Las más afectadas

“Ser niña es complejo por la falta de acceso y oportunidades. Aunque el abuso sexual se da en todas partes, en el área rural se vuelve más tedioso por el poco acceso a la justicia y la educación. Algunas niñas y adolescentes están recibiendo capacitaciones y las han empoderado, ahora han detectado más sus vulnerabilidades y han desarrollado estrategias para evitar ser víctimas”, comenta Martha Lidia Padilla, de la Federación Coordinadora Nicaragüense de ONG que trabajan con la Niñez y la Adolescencia (Codeni).

Si bien el país ha hecho grandes esfuerzos para llevar la educación a toda la población, hay todavía dificultades para acceder a los servicios de salud y educación, asegura Victoria Ward, directora regional de Save the Children para América Latina.

“Estas brechas afectan más a las niñas por su naturaleza de ser mujer, por su naturaleza de ser menores de edad. En las zonas rurales hay más pobreza y poco acceso a la educación, eso las hace más vulnerables”, explica.

Victoria Ward destaca que en el país las niñas y adolescentes necesitan protección ante la vulnerabilidad en la que viven, por Save the Children desarrolla programas de empoderamiento en el área rural de Nicaragua.

Temor a seguir siendo víctimas

Tras culminar su secundaria el año pasado Maridelia Balladares comenzó a estudiar Enfermería en Matagalpa. Desde el 2009 es promotora comunitaria de los derechos de la niñez y adolescencia y trabaja para prevenir la violencia contra las niñas, pero aún siente miedo.

“Ser niña en mi comunidad fue un reto grande, fue una historia difícil y larga, porque todos en algún momento hemos sufrido algún tipo de violencia, pero las niñas somos las que más sufrimos desde todo punto de vista y me da miedo pensar que esto puede seguir ya que los niños siguen siendo educados para ser violentos y la gente lo sigue normalizando”.

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