Secciones
Multimedia
TEMA DEL DÍA

Sobre un camino con cruces aún lloran los sobrevivientes de la tragedia del Casita

Foto por: Oscar Sánchez.

En el parque memorial, las autoridades plantaron un árbol por cada una de las víctimas del deslave.

Deslave. A 19 años del huracán Mitch, las víctimas del derrumbe en el Casita son recordadas no solo por sus familiares, sino también por un país que a cada instante rememora las multiamenazas a las que está expuesto.

Isabel Sandoval bebió casi medio litro de insecticida y después le extendió la mano a Félix Rodríguez para compartirle los últimos tragos. Él, desconcertado, se negó a beber lo que quedaba del veneno. Poco tiempo después, el cuerpo delgado de Isabel, de 16 años, se desplomó. Murió en el taxi en que Félix, entonces de 32 años, la trasladaba desde la estación de buses de León hasta el hospital de esa ciudad. 

Ocho meses antes, ambos habían perdido a toda su familia en el deslave ocurrido en el volcán Casita y los dos eran sobrevivientes de esa catástrofe. 

“Ella lloraba y me decía que para estar sola, mejor nada”, recuerda Félix, mientras alimenta a su yegua blanca en las laderas del volcán, 19 años después de la tragedia.

Su amiga no fue la única que se suicidó, asegura él. Muchos otros se mataron, una gran parte empezó a padecer de alcoholismo y hubo quienes se deprimieron por un largo período. 

Entre estos últimos se cuenta él. “Solo caminaba y caminaba”, comenta. Estuvo incluso a punto de tener un derrame cerebral. “Es que yo nunca lloré, nunca me desahogué, nunca lo platicaba, nunca fui donde una sicóloga”.

“Algunos me decían: ‘Félix, vámonos a tomar, que eso es lo que te queda a vos’, pero yo nunca fui porque le había prometido a mi papito y a mi mamita que nunca iba a fumar ni a tomar”. 

También evitaba beber para no llorar en público. “Ya tomado me iban a dar ganas de llorar delante de gente. Y así, bueno y sano, si me dan ganas de llorar, lloraba escondido en los montes”, agrega.

Félix sabe la cifra exacta de familiares que perdió en el deslave del Casitas: 47. “Mi papá, mamá, hermanos, sobrinos, tíos. Toda mi gente murió aquí”.

El lugar de la tragedia

El camino para llegar a las laderas del volcán Casita está lleno de  cruces de diferentes tamaños y colores desperdigadas a ambos lados del trayecto. Son un recordatorio inminente de los cientos de cuerpos que no pudieron ser identificados o encontrados tras el deslave en 1998, tragedia que dejó 1,650 personas muertas. 

En la comunidad Rolando Rodríguez, una de las más afectadas por el deslave, todavía es posible encontrar a algunos sobrevivientes. Hay unas 20 casas que tienen energía eléctrica y un pozo que los abastece de agua potable desde hace un año.  

José Mercedes Centeno, de 69 años, es uno de los que sobrevivieron. Actualmente se dedica a la siembra, aunque afirma que las tierras son malas. 

“Cuesta que se reproduzca el siembro sobre las tierras por las que pasó el lodo”, dice el hombre de tez clara que regresó a este sitio el año pasado. 

Volvió porque se sentía agotado y la vista le fallaba. Sobre la casa de plástico negro, palos y palmas de coco que construyó, deben estar soterrados los restos de alguno de los veintidós familiares que perdió: padre, madre, hermanos, hijos, esposa, sobrinos. Nunca encontró los restos de ninguno.

“A mí lo que me friega es saber que todos se perdieron en un segundo”, dice José Mercedes sentado en una silla plástica roja. 

Lea: Los sobrevivientes que volvieron al Casita

Se limpia rápidamente las lágrimas que no puede contener cuando recuerda aquel día. Piensa que llorar es un acto de cobardía. “Yo antes creía que era hombre, hasta anduve en el Frente ayudándole a la gente, y yo nunca me acobardé, pero ahora con esto. Tal vez es que estoy viejo yo también”.

En la entrada de La Rolando, ubicada a un kilómetro al sur de la casa de José Mercedes, se encuentra un parque en memoria de las víctimas del huracán Mitch. Se calcula que en Nicaragua este desastre dejó al menos 2,800 personas fallecidas, y en ese parque memorial hay la misma cantidad de árboles, sembrados en recuerdo de cada víctima. 

También hay una fosa común que contiene más de 150 restos de los fallecidos por el deslizamiento. “Después que llovía salían a brotes los cuerpos incompletos: un brazo, un piecito, una manita, los huesos de la gente”, recuerda Adela Machado, quien tiene diez años de explicar a los visitantes la magnitud de la tragedia.

Avalancha destructiva

El paso del huracán Mitch por el territorio centroamericano y principalmente en Nicaragua representa un parteaguas en la historia de los desastres naturales del país. De categoría 5 en la escala de huracanes Saffir- Simpson y con vientos máximos de 298 kilómetros por hora, el fenómeno es considerado como el evento de mayor impacto negativo en lo económico, ecológico y social.

Para Armando Ugarte, especialista en gestión de riesgo, el huracán fue un hito en varios sentidos. Por ejemplo, los niveles de precipitación registrados durante su movimiento por el territorio nacional alcanzaron 1,984 milímetros de agua, cifra seis veces mayor al promedio normal.

También se “descubrió la altísima vulnerabilidad que tenemos en carreteras, en puentes, pero por sobre todo en esa época, se hablaba muy poco sobre deslizamientos, hasta que ocurrió lo del volcán Casita”, rememora Ugarte.

El especialista recuerda que el día de la tragedia se conjugaron varios elementos naturales que marcaron la vida de cientos de personas y consternó a todo un país: el desprendimiento de los suelos de roca de la cima del volcán Casita, la saturación de los suelos en esa área y la extraordinaria acumulación de lluvias en una semana en el país.

Según estimaciones del Ministerio de Recursos Naturales (Marena), en esa fecha se desprendió un gigantesco segmento de roca de 500 metros de largo de la cima sureste del volcán Casita con un tamaño de 20 metros de espesor con una altura de 60 metros y una longitud de 150 metros; se calcula que un volumen de 200,000 metros cúbicos se deslizó desde la cima del volcán. 

Como consecuencia, varias comunidades fueron afectadas por una avalancha de lodo proveniente del coloso: Santa Narcisa, Ojochal, Versalles y parte de Tololar I y II; pero fueron los poblados de El Porvenir y Rolando Rodríguez los que resultaron completamente soterrados.

Te interesa: Recuerdos de un “huracán cruel”

La alarma viajó en onda corta

Ese 30 de octubre era ya el séptimo día en que se experimentaban lluvias en el territorio nacional a consecuencia del huracán Mitch, el cual a lo largo de 36 horas había permanecido casi inmóvil en el istmo.  

Agustín Moreira era una de las 122 personas que en ese momento formaban parte del Club de Radioexperimentadores de Nicaragua (CREN), que habían estado monitoreando el desplazamiento del huracán desde días antes, inclusive habían establecido contactos con otros radioaficionados de Honduras en donde también el fenómeno había causado severos daños.

Esta organización jugó un papel clave en la difusión de la tragedia ocurrida en el volcán Casita debido a que como consecuencia de las lluvias y al colapso de varias antenas, los sistemas de comunicación de la Defensa Civil y Cruz Roja eran complicados, y fue a través de la red de  CREN que Felícita Zeledón, entonces alcaldesa de Posoltega, dio la voz de alarma.

“Al momento de ocurrir el percance se cayeron las comunicaciones de Defensa Civil, en ese momento nosotros asumimos la responsabilidad de cubrir la red de emergencia. Ahí en Posoltega teníamos a un radioaficionado llamado Kenneth que empezó a pasar los reportes para pedir ayuda”, relata Moreira.

Sin embargo, esos primeros reportes no encontraron el eco deseado o al menos con la suficiente celeridad que se requería en ese momento por parte del Gobierno central. Fue bajo ese contexto que esta organización ayudó a establecer comunicaciones directas entre la alcaldesa Zeledón y las radioemisoras.

“Cuando ocurre lo del Casita y las comunicaciones de Defensa Civil se caen, nosotros los radioaficionados lo que hicimos fue ponernos en una frecuencia inversa, para estar llegándoles a todas las radios de la zona de noroccidente, porque los efectos más graves fueron en la zona norte y la zona de occidente”, manifiesta Moreira.

Sobre este particular, un reporte presentado por el Comité Nacional de Emergencia, denominado “Enfrentado el Mitch”,  indica que la acción del huracán se concentró con mayor severidad en nueve de los 17 departamentos del país. En el occidente del país: Chinandega, León; mientras que del norte y de la zona central: Matagalpa, Jinotega, Estelí, Nueva Segovia, Madriz. Los ubicados en el sur de zona del Pacífico fueron Rivas y Granada,especialmente en sus áreas rurales.

Moreira rememora que la noche previa al 30 de octubre, en la zona de occidente la lluvia fue constante, llegando incluso a provocar algunas anegaciones en viviendas de la ciudad de León, a pesar de esto las transmisiones entre los radioaficionados y las radioemisoras continuó.

“Cerca del Casita había una empresa exportadora a cargo de un ingeniero que era Donald Narváez. En esa acopiadora había un helicóptero y comenzaron a hacer unos sobrevuelos cortos debido a que vieron cadáveres que venían del volcán. Contactaron a la alcaldesa Zeledón y al hacer un vuelo corto, porque aún llovía, comenzaron a ver que había un desastre”, cuenta Moreira.

Fue eso lo que Zeledón comunicó en una de esas transmisiones al responsable de Defensa Civil de  León y al comando central de Managua. En ese momento Zeledón —quien falleció en 2014 siendo diputada de la Asamblea Nacional— afirmó que el deslave del volcán había cobrado la vida de al menos 1,500 personas que habitaban en las comunidades cercanas al coloso.

Luego de esa transmisión, el gobierno presidido por Arnoldo Alemán evitó pronunciarse oficialmente al respecto. No fue sino hasta el 2 de noviembre que la Defensa Civil registró el hecho y se coordinaron las acciones para intervenir en la zona.

La vida después de la tragedia

Lo ocurrido en el volcán Casita en Posoltega generó traumas profundos entre quienes lo vivieron. A esto se le denomina trastorno de estrés postraumático, explica la sicoterapeuta Nora Habed, quien sostiene que estos deben de ser tratados a la mayor brevedad posible.

“La cotidianidad de la vida de las personas que experimentan una tragedia ya no es la misma porque ocurre un quiebre entre lo que es antes su vida y un después. Claro, esta persona puede recuperar su vida, pero necesita de un apoyo y de una red social que la apoye”, menciona Habed.

De acuerdo con la especialista, este tipo de estrés genera que repentinamente la persona que ha vivido una tragedia se sienta asustada sin razón, se produzca la ausencia de sueño, o reaccione de una manera extraña. Por ello la especialista recomienda que lo mejor sea tratar con las personas a la mayor brevedad.

“Se dice que lo mejor es intervenir en 24 horas desde de que sucede un evento tan traumático y la atención tiene que ser prolongada por el tiempo para valorar cómo está la población, si pueden hablar de lo sucedido, es muy importante la expresión para sentir que no le ha pasado a una persona, sino a una comunidad y eso crea mucha solidaridad”, menciona Habed.

Evelina Caballero, de 64 años, tiene secuelas físicas y emocionales de aquel 30 de octubre. “A veces el dolor lo disimulamos, pero los recuerdos no, siempre están allí”, dice Evelina, quien tras ser arrastrada por el deslave se quebró el maxilar superior derecho, las costillas y tiene cicatrices en todo el cuerpo que le recuerdan el día en que perdió a su esposo, dos de sus hijos y a cuatro nietos.    

Evelina vivió en la comunidad El Porvenir durante 22 años. Aunque nació en Lechecuagos, León, se mudó porque el Gobierno le asignó unas tierras, y fue allí donde conoció a su esposo. Ambos se dedicaban a la agricultura: sembraban frijoles, maíz y arroz. 

Después del deslave, los sobrevivientes fueron reubicados en albergues y un año después de la tragedia, 350 familias damnificadas recibieron una vivienda en el reparto Santa María, ubicado unos 10 kilómetros al sur del Casita. 

Allí vive ahora Evelina, con una nieta y su actual esposo. Cada año recibe en su casa a los estudiantes de la escuela primaria cercana que buscan conocer la historia del nacimiento de su comunidad.   

Pero “hay gente que todavía no se repone de la pobreza”. Y tiene razón. José Mercedes, por ejemplo, no recibió una vivienda en Santa María porque huyó de Chinandega buscando escapar de los recuerdos. Actualmente sus condiciones de vida son precarias, sobre todo porque el deslave le dejó secuelas en las piernas y en la vista. Vive solo porque su esposa, con quien vivía en Masaya, no quiso habitar cerca del volcán. “Yo no quiero ser víctima de cerros”, le aclaró. 

No tiene miedo

Félix Rodríguez vivió siete años en Costa Rica, adonde migró un par de años después del deslave. Le costó regresar. Cuenta que “a veces me venía de allá, tal vez con dinerito, pero me devolvía en la frontera. Me acordaba y me decía: ‘pero si no tengo nada que ir a hacer allá’”.

Volvió porque su padre había dejado 12 manzanas de tierra que se encontraban abandonadas y decidió regresar para sembrarlas. Ahora, al igual que antes, se dedica a la agricultura, siembra trigo, frijoles y maíz. Tiene una nueva esposa y dos hijas. Pero ya no le da miedo vivir allí. “Eso no vuelve a pasar. Mi abuelo platicaba que su papá había visto el cerro derrumbarse, pero del otro lado. Y decía mi abuelito que eso allí no volvía a pasar. Yo no tengo miedo”, sentencia.

Lo que el Mitch legó al país

Pese a que el huracán Mitch dejó tras de sí una estela de muerte y destrucción, permitió sentar las bases para que el país se encausara hacia la cultura de la prevención y mitigación ante desastres naturales. De hecho, en el año 2000, el Poder Legislativo promulgó la Ley creadora del Sistema Nacional para la Prevención, Mitigación y Atención de Desastres (Sinapred), Ley 337.  Mediante esta Ley se incluyó en época de crisis a los integrantes del Club de Radioexperimentadores de Nicaragua (CREN) como parte de la Comisión de Operaciones Especiales. Asimismo se ha estandarizado la realización de ejercicios nacionales y comunitarios ante desastres naturales, también desde los municipios la organización de comités locales ante emergencias.