1 de julio de 2009
Una decisión angustiosa en la búsqueda de su paz espiritual
| END Ídolo no muere, sólo volvió a su gloria
Por Edgard Tijerino | Nacionales
Galeria de fotos
Nuestro púgil defendió ante Ray "Boom Boom" Mancini su título ligero en las 130 libras el 10 de marzo de 1981 en el Ballys Bark Place Casino, en Atlantic City. Archivo/END
Aaron Pryor, invitado de hondor de Alexis Argüello en el XXIX Aniversario de la Revolución Sandinista. Archivo/END
Alexis Argüello defendió su corona mundial dos veces ante Aaron Pryor, quien logró vencerlo. Archivo/END
Cuando estaba en la cima del deporte boxístico. Archivo/END
Alexis alza la bandera nicaragüense tras alcanzar su segunda victoria mundial ante Alfredo Escalera. ArchIvo/END
El tricampeón nicaragüense tuvo una gran amistad con Rubén Olivares, a quien le ganó una de las coronas mundiales. Archivo/END
Foto tomada de un diario extranjero cuando Argüello ganó ante Olivares. Archivo/END
Alexis Argüello ganó su primer campeonato mundial de boxeo ante el púgil Rubén Olivares. Archivo/END
Argüello fue entrenado por Miguel Ángel "Kid Pambelé" Rivas, durante sus primeros años como boxeador. Archivo/END
La simpatía y el carisma de Argüello lo hicieron ganarse buenos amigos. Archivo/END
Desde joven se interesó por el deporte e incursionó en el boxeo mientras realizaba sus estudios de secundaria. Archivo/END
El púgil nicaragüense nació el 19 de abril de 1952, en el seno de una familia muy pobre del barrio Monseñor Lezcano en Managua. Archivo/END
Rubén Olivares derribado en el roun 13 permitió a Alexis Argüello convertirse en el primer campeón mundial de boxeo de Nicaragua.
Seguiremos escuchando cantar a Camilo Zapata, vamos a continuar recitando los admirables y geniales poemas de Rubén, y por supuesto, siempre estaremos viendo pelear al agresivo, incontrolable, espectacular, Alexis Argüello. El fenómeno es sencillo amigos: las figuras cumbres que alcanzan la idolatría, no mueren, permanecen en pie, sobreviviendo incluso a terremotos y a tempestades.
Lo terriblemente doloroso es la forma en que se nos ha escapado, por una vía escalofriante. El hombre del corazón de acero, alma de querube, puños demoledores, capaz de construir las más vibrantes proezas entre las cuerdas, uno de los timbres de mayor orgullo de este pueblo, tomó una decisión que erizó pelos y aplastó cabezas.
Más allá de la intriga
¿Por qué lo hizo? Eso será un tema permanentemente abierto a las más encendidas discusiones, pero la trascendencia que alcanzó y el cariño que le cultivamos, no sufrirá la menor alteración. En la idolatría se juntan, dijo Hemingway, lo simbólico y lo emocional. Y el boxeo ofrece las mejores posibilidades.
Los ídolos tienen arraigo sólo donde se conoce a diario la pobreza y la derrota. Esto se explica porque es en esas condiciones tan estrechas, la victoria alcanza la grandeza y llega a ser considerada algo sagrado. Cuando esto ocurre, los pueblos logran volcarse con una veneración impresionante.
¿Quién nos iba a decir en aquel 1970, que ese chavalo alto, flaco, flexible, de mirada limpia y golpeo violento, iba a lograr un crecimiento asombroso, hasta convertirse en uno de los mejores peleadores de todos los tiempos, un símbolo taquillero, un permanente generador de emociones, impulsado por ese grito de exigencia extrema: ¡Matalo flaco! ¡Matalo!?
Acelerada proyección
Alexis Argüello nos envió la primera señal sobre su futuro resplandeciente, liquidando a Marcelino Beckles esa noche en San José. A partir de ese momento, el avance de Argüello, entrenado por Miguel Ángel Rivas, nuestro “Kid Pambelé”, fue vertiginoso, como el que logra el tren bala en Tokio.
En febrero de 1974, Alexis parecía estar listo para convertirse en el primer Campeón Mundial pinolero. Lo habíamos visto dejar un reguero de cadáveres en la tarima caliente: Kid Pascualito, Famoso Gómez, Nacho Lolemí, Sigfrido Rodríguez, José Legra --ex campeón mundial-- y Raúl Martínez Mora, todos ellos altamente valorados.
Y llegó la hora de la verdad frente a Marcel. Nicaragua entera la esperó con ansiedad, y el fracaso nos golpeó brutalmente. ¡Diablos!, cuando la realidad arranca de un tajo las bases de lo que construido la imaginación, es la hora de la amargura, pero es también la hora del despertar y de la sensatez. Marcel triunfó exhibiendo habilidad y sobre todo cerebro para neutralizar la potencia del retador y someterlo. ¡Cómo lloró y sangró el país entero!
Eduardo Román, algo próximo a un segundo padre, contrató al panameño Ramón “Curro” Dossman, que trabajó su pulimento. Destrozando a Haffey, el explosivo flaco se mostró aumentado y corregido, y fue en busca de la corona Pluma en poder de Rubén Olivares. ¡Qué tarde aquella en Los Ángeles! Alexis se encontraba casi atrapado en un oleaje de dificultades, cuando emergió bruscamente en el round 13, noqueó a Rubén, y se coronó haciendo estallar el país.
Después obtuvo otras dos coronas derrotando al boricua Alfredo Escalera en Bayamón, y al escocés Jim Watt en Londres, antes de las dos batallas infernales que perdió con Aaron Pryor, en noches de tortura. Se retiró, regresó, comprobó que ya no daba más, y finalmente colgó sus guantes. Su aterrizaje en el Salón de la Fama en Canastota, fue tan ruidoso como su carrera.
El ídolo no muere. El corazón de Alexis, su carcajada, su espontaneidad, su golpeo violento convertido en canto, su humildad, su entrega, su grandiosidad, nunca serán olvidados.