23 de febrero de 2008 | 21:35:00


Los mercenarios importados y las “máquinas de matar”
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EEBI: escuela de lealtades al “ungido”

Por Edwin Sánchez | País

EEBI: escuela de lealtades al “ungido”
Anastasio Somoza Portocarrero cuando actuaba con sus tropas elites de la muerte, muy distinto al “caballero” que se nos pretendió vender recientemente en un diario local. TOMADO DE INTERNET


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IV Parte

Anastasio Somoza Portocarrero empezó a sacar de circulación a los altos oficiales de su padre, para articular su propio ejército que se alimentaría de la Escuela de Entrenamiento Básico de Infantería, EEBI. Su desconfianza en la vieja oficialidad era tal, que fue el primer nicaragüense, desde los tiempos de Máximo Jerez y Francisco Castellón, en 1854, en “importar” filibusteros: verdaderas máquinas de matar.

Rafael Casanova dice que en entrevistas con militares de carrera, leales al somocismo, ellos aseguran que entraron en choque con Anastasio Somoza Portocarrero por las humillaciones que sufrían. A un coronel egresado de la Academia Militar “un soldadito de la EEBI lo detenía”. El péndulo del respeto, la autoridad y el mando se movía en dirección al cuerpo elite.

“El Chigüín” les inculcaba en todo momento una superioridad que casi rayaba en el nazismo: “Pertenezco a la elite de las Tropas de Choques”, era una suerte de consigna, tomada de los Kaibiles. La revista “El Infante”, órgano de la EEBI, enfatizaba en el poder de la nueva estructura militar. De hecho, Nicaragua estaba viendo nacer a una casta militar que jubilaría a la Guardia Nacional.

Preocupado por el “porte y aspecto”, la publicación enfatizaba en dejar atrás la vieja imagen del guardia panzón, mechudo y “barba a lo Castro”, que se podía ver en las zonas rurales y en las operaciones que hacían en la montaña. Un soldado de nuevo tipo, más agresivo y sin compasión, a la medida de los manuales de la Escuela de Las Américas estaba “rompiendo” la cáscara del huevo incubado en las alturas de la oficialidad castrense.

Para el historiador, era claro que “El Chigüín” alentaba el relevo, creando las nuevas lealtades, tal como su abuelo lo hizo, al eliminar a los que sí habían ido a la guerra, durante la Revolución Constitucionalista y luego contra el General Augusto César Sandino. Igual que lo hizo su padre, Anastasio Somoza Debayle en 1956, 1957, al colocar a sus fichas al mando de la Guardia Nacional. Ahora le tocaba el turno a Tacho III.

Toda lealtad debía ser para el mayor Anastasio Somoza Portocarrero, “el delfín” de Somoza, señala Casanova. El jefe de la EEBI sabía que su padre había quedado al borde de la muerte con el ataque al corazón. Y así captaba a los oficiales jóvenes de la Academia Militar, ya bien preparados. Uno de los oficiales de alta graduación, Pablo Emilio Salazar, conocido como “Comandante Bravo”, con título de académico y que hablaba varios idiomas, es un caso que ilustra cómo se gestaba el nuevo ejército, hecho a la imagen y semejanza de un Somoza que no estaba dispuesto a que nadie, desde adentro, le hiciera sombra a su herencia: el poder. Peor, que alguien de afuera se le interpusiera a la sucesión.

El editorial de julio de 1978 de “El Infante” es muy claro de lo que estaba sucediendo en las entrañas de la Guardia, en su proceso de descomposición: “Nos sentimos orgullosos de que una vez más, este cuatro de julio, la Academia Militar le dará a la patria una nueva promoción cuya joven sangre vendrá, como todos los años, a renovar la savia dentro de la Guardia Nacional”.


Elimina oficiales de prestigio
El relevo dinástico, dirá Casanova, se estaba enfrentando al otro Estado, al de su propio padre. Eliminar a los oficiales de prestigio y quedarse con los más leales. Con Somoza Debayle, en la primera purga quedaron Aquiles Aranda, Iván Alegrette, Alessio Gutiérrez, Samuel Genie, por ejemplo. En la purga de Somoza Portocarrero Alegrette fue eliminado.

“El Chigüín”, al asegurarse un ejército dentro de la vieja Guardia, se enfrenta al principal obstáculo para su asunción: Pedro Joaquín Chamorro. Casanova dice que para entonces, la corrupción en el entorno de Somoza padre es más que evidente, con fichas tenebrosas como Pedro Ramos, que aunque no era funcionario, su amistad con “el general” le abrió las puertas para su deleznable negocio con la sangre de los pobres. Cornelio Hüeck y Fausto Zelaya componen parte de la galería de la infamia. En tanto, la amante de Somoza funciona como un poder a la sombra.

“Estamos ante un nuevo Estado naciente, pero con mucha fuerza: por un lado la EEBI, que capitaliza la Guardia Nacional con “El Chigüín”, y por otro lado una primera dama no oficial, pero con más poder que cualquier mujer hasta entonces”, insiste el historiador. El nuevo Estado, ilegal, parecía contar con mayor fuerza que el oficial. En ese contexto habría de ocurrir la muerte del doctor Chamorro.


Las máquinas de matar
Un libro muy bien documentado señala que en 1977, “cuando el hijo del dictador estudiaba en la Escuela de Guerra Sicológica y de Guerra Especial de Fort Braggs, conoció a Michael Echannis y a Charles ‘Chuck’ Sanders, ex combatientes de Viet Nam y expertos en ‘lucha antiguerrillera’”.

El mayor Somoza contrató inmediatamente a los dos mercenarios, y en julio de ese mismo año aparecieron en Nicaragua como instructores especiales de los comandos antiguerrilleros, se lee en “La agonía de una dictadura”, de Oleg Ignatiev y Guenrij Borovik, página 41.

“Escuela de Asesinos”, llamó por su parte el periodista tico Enrique Mora Valverde a la Escuela de Entrenamiento Básico de Infantería, EEBI. Echannis, escribió el articulista en un diario, asumió en la práctica, aunque no oficialmente, el puesto de director de esa Escuela. Al mismo tiempo recibió el nombramiento de instructor en jefe de los guardaespaldas del dictador Somoza y de su guardia especial.

Bajo el mando de Sanders funcionaban los campos de concentración de Waslala y Río Blanco. Para esta labor contaba con la asistencia de mercenarios sudvietnamitas.

Echannis, de acuerdo con el hijo del dictador, formuló todo un amplio programa de preparación para una fuerza elite que sería formada en la EEBI. Los ejercicios cubrían tres campos fundamentales: manejo de armas modernas, artes marciales y guía de carácter del soldado.

Según esta guía, un oficial de pie, frente a la tropa, grita una interrogante, y los jóvenes reclutas contestan en coro y también a gritos:

¿Qué debe hacer un soldado? Matar, matar, matar.

¿Qué son ustedes? Soldados.

¿Qué son realmente? Tigres.

¿Qué comen los tigres? Sangre roja.

¿Sangre de quién? Del pueblo.


Somoza encerrado en su propio círculo
El mismo Anastasio Somoza Debayle, que había creado esas condiciones, sin saber hasta dónde llegaría aquello con tal de dejar a su hijo en posición de espera, termina atrapado en su propio círculo. “Eso de que Somoza cuidaba de Pedro Joaquín Chamorro es una forma de curarse en salud”, señala el historiador Casanova. En esa descomposición del somozato “había fuerzas sin control que no se calcularon hasta dónde podían evolucionar. Fuerzas que están ahí, cuando hay poderes no oficiales que se erigen en las postrimerías del sistema”.


¿Sin embargo, esto de fuerzas sin control podría absolver a “El Chigüín” de toda responsabilidad en el asesinato de Pedro Joaquín Chamorro?
Aquí volvemos al caso de que estas fuerzas evolucionan y producen muchos excesos; habría que tomar en cuenta que “El Chigüín” se convierte en un gran sospechoso.

El historiador dice que en el campo de la subjetividad, pero al final, conociendo cómo era el sistema, su maquinaria, su engranaje de delatores y “orejas”, se puede decir que con “este grupo que conspiró para eliminar a Pedro Joaquín Chamorro, Somoza hijo se hizo de la vista gorda, y hasta ayudó. Estas fuerzas que se han amparado en el poder de Somoza ven en ‘El Chigüín’ el recambio, la continuidad de la dinastía”. Casanova subraya: “Si no es el ejecutor, es el consentidor”.

“En todos los sistemas siempre aparecen los adláteres, serviles que quieren hacerle el favor al jefe en aras de consolidarse ellos, además de ser favorecidos por el sistema”, sostiene.


¿Todo un sistema conspiró contra Pedro Joaquín?
Aquí fue una conspiración. No concibo que sólo Pedro Ramos haya actuado. Éste es al que hay que “quemar” --y de hecho fue quemada Plasmaféresis--. Fue como el caso del asesino de Kennedy, sólo que en un sistema más sofisticado: se buscaba al chivo expiatorio para liberar a otros. La misma investigación llevada adelante por el juez Guillermo Rivas no profundizó, porque era muy ligado a los Somoza.

El hecho mismo de haber ocupado una arma silenciosa no pudo salir de otro lado que del mismo engranaje del somocismo. Con todo, lo único que se pretende tapar es al “pez gordo”.


PJCH crecía con UDEL
Cuando los Somoza comprenden que con una “guerrilla eliminada” y de frente observan cómo el movimiento plural de PJCH va tomando cuerpo de masas con UDEL, y lo peor, como lo reconoce el propio dinasta en su libro “Nicaragua traicionada”, que Washington “se inclinaba por el lado equivocado”, no había por qué perder el tiempo buscando al enemigo principal si ya estaba, y bien localizable, en su ruta capitalina hacia el diario La Prensa.

“Hay que acabar ahora, antes que eche más cuerpo”, debió pensar Somoza. “No van a buscar --los Estados Unidos-- a los hermanos Ortega, que además son dirigentes sin rostros; la gente ve con simpatía las siglas del FSLN, pero ve mejor el rostro Pedro Joaquín Chamorro: es el opositor moderado, visto desde el exterior”, agrega.

Pedro Ramos, en todo esto, es el hombre a quien hay que “quemar”, reitera. El salirse de los grandes problemas echándole la culpa a otros o a las “circunstancias”, fue una constante en la dictadura.

Las serias denuncias que hacía Pedro de la corrupción de los funcionarios de Somoza, observó Casanova, crearon un descontento que aprovechó el sistema. Como sea, el historiador no ve otro culpable que a un solo apellido: Somoza. Si acaso alguna “inocencia” cabría en los Tacho, es que ya sabían el final de la película, y sólo dejaron correr la cinta.

Somoza Debayle nunca aceptó, ni días antes de su asesinato, todo el mal que provocó a Nicaragua durante su dictadura, ni lo que hizo su padre. No hubo masacres estudiantiles, ni campesinos montados en helicópteros para dejarlos caer al vacío, tampoco ejecuciones sumarias en los campos, ni censura de prensa o Amadas Pinedas violadas por su guardia. “Hay mucha novela política acerca de mi persona”, escribió en la página 430 de “Nicaragua Traicionada”.


“Inmoral”

Entonces, Rafael, ¿cuál es el interés de producir ruido, liberando de toda responsabilidad a los Somoza y achacándole el asesinato de Pedro Joaquín Chamorro al FSLN?
Es una reacción visceral. Ésta proviene de los sectores más arcaicos de nuestra clase política y en las circunstancias que hay un nuevo gobierno del FSLN. Aun cuando está dentro del marco institucional, para ellos es lo mismo de los años 80. El interés es crear dudas y echarle la culpa. Vemos la reacción provocada por gente de esta calaña para influir en las nuevas generaciones. Esto es algo tenebroso que en la cultura política debería ser desechado. No aporta al desarrollo de una nueva cultura cívica, es más bien envenenadora, alienante y por tanto inmoral.


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