Raúl Obregón
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En estos días mi hijo amado, Raúl Alejandro, estaría arribando a su cumpleaños 39 de vida terrenal, lo que no fue posible debido a un fatídico accidente de tránsito a sus escasos 20 años de edad. Han sucedido infinidad de acontecimientos durante estos 19 años de su ausencia física, la familia se ha ampliado, la sociedad actual experimenta cambios vertiginosos como resultado de avances tecnológicos que apenas se vislumbraban en aquellos años, etc. En fin, ha habido cambios de toda índole durante este tiempo.

Parafraseando la canción que escucho casi a diario interpretada por la Sra. Mercedes Sosa (q.e.p.d.), es cierto, “Cambia, todo cambia”, aquel profundo dolor que sentía y me asfixiaba en los primeros años posteriores a su partida cambió, se transformó en fe y esperanza, como resultado del camino que nos muestra Jesucristo con su resurrección; mas todavía, el inmenso amor que sentía por mi hijo en aquellos años cambió, ya no es de la misma intensidad, porque mientras más tiempo pasa, más crece en mi corazón ese amor filial por él.

Muy cierto es, “Cambia, todo cambia”. Atrás quedaron aquellos prolongados episodios de estados depresivos, que resultaban de actitudes y emociones negativas, en donde campeaban las quejas, la victimización, la ira, etc., cuando a cada momento me preguntaba ¿por qué le tenía que suceder esto a mi hijo? ¿Por  qué a nosotros? Por muchos años navegué enfrentando una tormenta perfecta de rabia contra el mundo, de ansiedad, de miedo, de depresión.

Pero llegó el día, abril 2002, Lunes de Pascua para ser exactos, cuando el barco se hundía y apareció Dios en mi vida, literalmente me extendió su mano, me guindé de Él, en los meses subsiguientes, poco a poco, recobré el sentido para mi vida y decidí que debía retomar la lucha,  que no valía la pena estar en constantes quejas, victimizaciones y estados depresivos.

Efectivamente “Cambia, todo cambia”, después de 5 largos y angustiosos años de canalizar el dolor por la pérdida del hijo amado hacia actitudes, emociones y conductas negativas, en donde la ideación suicida no fue la excepción, me tomé de la mano de Dios, me aferré a su palabra, creí en sus  promesas y me dispuse a iniciar una nueva etapa de vida, en la cual me he propuesto a renovarme día a día, a que cada amanecer sea un nuevo nacimiento, y me comprometo con Dios y conmigo mismo a poner todo de mi parte para amarlo a Él por sobre todo y amar a mi prójimo como a mí mismo, principalmente a mi familia, con ese amor que todo lo da sin esperar nada a cambio, que todo lo puede, que no es egoísta, ni envidioso, que es generoso y compasivo.

Amiga, amigo, “Cambia, todo cambia”, si nos disponemos y nos sometemos a la voluntad de Dios para nuestras vidas. La Biblia en Romanos 12:2 tiene una promesa para nosotros: “No se adapten, no se acomoden a lo que están viviendo, renueven su entendimiento para que transformen sus comportamientos y entonces conocerán la perfecta y agradable voluntad de Dios para ustedes, que es salud, larga vida y prosperidad en todas las áreas de la vida”.

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