Raúl Obregón
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Actualmente, cuando la ciudad se congestiona de vehículos, sobre todo en las horas pico, la fragilidad emocional de muchas personas se evidencia al verse atrapadas en largas filas que pueden implicar el doble de tiempo para realizar un trayecto e incumplir con compromisos de horarios; además del gasto adicional de combustible que ello conlleva.

Estas personas emocionalmente débiles, cuando les toca transitar en esas interminables filas de autos, no dejan de sonar la bocina del vehículo, asumiendo que así lograrán acelerar la marcha o que los que van adelante se harán a un lado para darles paso; que no decir de algunos motociclistas.

Estas personas son impulsadas por una actitud negativa que es la impaciencia. La que podría definirse como una actitud que pretende anticiparse a las situaciones de manera acelerada y poco probable, obviando que los acontecimientos tienen su propia dinámica de ejecución.

Algunos entendidos en el tema distinguen dos tipos: las personas impacientes ocasionales, que solo reaccionan así de vez en cuando; y las habituales, que actúan así siempre. Las segundas son las más propensas a sufrir las consecuencias de la impaciencia, tales como: frustración, irritación, estrés continuado; todo  esto puede derivar en: ansiedad, angustia, hipertensión, obesidad y hasta envejecimiento acelerado.

Las personas impacientes se caracterizan por no terminar lo que inician, siempre posponen tareas comenzadas, debido a carecer de la paciencia suficiente para finalizarlas.

Por otro lado, las personas impacientes tienden a ser malas tomadoras de decisiones, debido a que por lo general se dejan llevar por impulsos, y no se dan tiempo para reflexionar y racionalizar una decisión, lo importante para ellas es que la cosas se hagan a lo inmediato.

Está demás  decir que las personas impacientes pueden verse implicadas en incidentes que les compliquen sus vidas y las ajenas, debido a que son más propensas a desconcentrarse o comportarse con agresividad.

La clave está en transitar de la impaciencia hacia la paciencia, entendida esta última como la capacidad que podemos adquirir los seres humanos para tolerar y soportar una determinada situación por compleja que parezca sin perder la calma, sin sufrir mayores alteraciones emocionales.

Si usted o algún conocido está atrapado por la impaciencia, lo primero que se debe hacer es reconocer que  este es un problema, que puede afectar la salud: psíquica y física, además entorpece las relaciones sociales; que por salud se deben enfrentar y superar. Una vez dado ese paso, hay que buscar ayuda espiritual y profesional. La primera y más importante se encuentra en Jesucristo, la segunda en un especialista de la psicología.

Pídale a Jesús que venga a su vida, declárelo como su Señor y Salvador, aférrese a la oración del Padre Nuestro que él nos enseña, no se canse de decir: que se haga su voluntad y no la mía. La impaciencia es fuente de enfermedad, la paciencia de salud. Acepte que los acontecimientos tienen su propio curso, y ese no está en sus manos, usted puede influenciar pero no determinar. La biblia dice: Encomienda al Señor tu camino y confía en él, y él hará. Confíe en Dios, no lo dude, él cumple lo que promete.

Queremos saber de ustedes. Les invitamos a escribirnos al correo crecetdm@gmail.com

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