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En los primeros cinco años de su carrera, Marcela del Carmen Amaya, cirujana especialista en ginecología oncológica y directora del Hospital General de Massachusetts, perfeccionó su técnica. Si a un médico una operación le tomaba dos horas, a ella le debía tomar una. A eso le llamó economía de tiempo y de movimiento. 

Esta nicaragüense oriunda de Jinotepe, que migró a los 10 años a Estados Unidos —país donde realizó sus estudios universitarios—, pertenece al 14% de mujeres especializadas en su campo en ese país. En el hospital que dirige apenas el 1% son latinos. 

Su carrera ha estado llena de retos. Cuando regresó al hospital de Massachusetts, que en 2015 fue considerado el mejor hospital en EE. UU. y está ranqueado entre los mejores, una persona que fue importante en su formación le comentó que seguro su regreso se debía a que “iba a llenar una cuota”. 

Eso la hizo reflexionar. “Yo no estoy aquí para llenar una cuota, me preparé con el mismo rigor con el que se habían preparado los médicos americanos”, se dijo entonces. “Si esta doctora estaba pensando eso, no era la única, también lo pensaron muchos, pero en vez de enfocarme en lo que le iba a contestar, me dediqué más en cómo actuar ante ese desafío, me enfoqué en no legitimar ese pensamiento, sino lograr ser legitimada como médico en ese ambiente”. 

En esta entrevista habla sobre cómo es dirigir uno de los mejores hospitales de Estados Unidos, sobre la discriminación a la que se ha enfrentado, sobre su vocación y cómo ha sido el reto de organizar su vida.

¿Cómo ha sido dirigir uno de los hospitales más importantes en EE. UU.? ¿Qué desafíos enfrentó al inicio de esta tarea? 

Primero que mi formación, fuera de la maestría de salud pública, había sido de una trayectoria bastante clásica, ya que era una carrera académica en el modelo americano donde veía pacientes en el espacio ambulatorio y también operaba dos o tres días a la semana. El resto de mi tiempo lo enfocaba en hacer investigaciones. 

Me había enfocado mucho en el tema de las desigualdades en el sector de la salud, con un enfoque muy especial sobre las desigualdades que hay entre las diferentes etnias en EE. UU., específicamente entre los latinos y el recibo de atención médica en el espacio mío, que es ginecología oncológica. También desarrollé un interés académico en optimizar técnicas para la extirpación de tumores/cáncer de ovarios. 

En realidad, me sorprendió cuando me pidieron que pusiera mi solicitud para aplicar a la dirección médica del hospital, lo vi como una oportunidad interesante, pero nunca pensé que me fueran a dar el trabajo y me asusté mucho cuando quedé entre las candidatas finales. 

El reto más grande fue, primero, de tiempo: lograr organizar mi vida, de manera que no desatendiera el cuidado de las pacientes. Creo que mi llamado fundamental a la vocación de la medicina es el espacio clínico, pero también debía dedicar tiempo para atender una serie de obligaciones nuevas. La doctora con sus padres, quienes residen en Jinotepe.

Otro reto grande fue aprender la administración de un hospital y también llevar el manejo de médicos, sobre todo cuando hay un problema de conducta profesional. Muchas veces me ha tocado abordar algunos temas con médicos que son mucho mayores que yo y creo que esas conversaciones son bastante incómodas. 

Ahora en EE. UU. hay una gran polémica. Creo que el sistema de salud está en una crisis por las reformas que quiere introducir el nuevo presidente (Donald Trump) y eso afecta mucho el servicio de atención médica que puede dar un hospital como el nuestro. Creo que en esa temática tengo unos retos bastante grandes en los próximos dos o tres años, ver cómo vamos a cubrir la salud de los pacientes que tenemos bajo nuestro sistema, ya con restricciones de costos que no hemos tenido que abordar hasta el día de hoy. 

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Justamente eso iba a consultarle: ¿Qué futuro se avizora con la posible derogación del Obamacare? Se habla que más de 20 millones de personas quedarían sin cobertura médica.

Una de las oportunidades que tenemos, que es única en el estado de Massachusetts, es que teníamos una cobertura universal que empezó por mandato del gobernador en 2004, y eso ya nos daba una cobertura más universal antes del Obamacare. 

Pero uno de los retos más grandes para el hospital será mantener el compromiso que tenemos con la investigación. Creo que estos hospitales, como Hopkins y el de Massachusetts, que han dejado una huella importante en la trayectoria de la medicina académica en EE. UU., tienen un reto que va más allá del cuidado del paciente, que es cómo seguir innovando, cómo seguir dándole espacio a la investigación, sobre todo porque habría un recorte de fondos a nivel federal. 

También me preocupa el enfoque a la educación, tanto en el entrenamiento de residentes y estudiantes de medicina y me preocupa mantener la calidad de la investigación que hasta el momento hemos logrado conservar. La cantidad de investigación que hacemos está apoyada por recursos superiores al billón de dólares al año, mantener ese portafolio creo que va a ser difícil en los próximos dos o tres años. 

¿Cómo consiguen mantenerse como uno de los mejores hospitales en EE. UU.? 

Nosotros tenemos cuatro misiones que son importantes: primero, la calidad al servicio clínico; segundo, el enfoque a la educación; tercero, un enfoque a la investigación y, cuarto, servicios de comunidad. 

Tenemos algunas normas de calidad que seguimos con mucho rigor y también normas de calidad reflejadas principalmente en lo que el paciente puede reportar.

Tenemos encuestas a las que le damos mucha importancia y en las que preguntamos al paciente si está satisfecho con la calidad del servicio del hospital, si el médico le explicó el diagnóstico y los pasos a seguir para el tratamiento, de manera que el paciente lo entienda y creo que eso nos ayuda a seguir en línea y lograr espacios donde podemos mejorar. 

Además tenemos medidas para evaluar la calidad de la educación y de la investigación. Tenemos toda una infraestructura que nos permite mantenernos en línea y también buscar nuevas oportunidades, que ya sean identificadas por el mismo sistema médico o por las necesidades de los pacientes que servimos. 

Me hablaba de sus investigaciones sobre las desigualdades en el acceso a la atención médica en EE. UU., sobre todo para las etnias minoritarias. ¿Por qué se enfocó en este tipo de temas?

Yo creo que para mí fue un llamado importante, sobre todo cuando tomé la decisión de no volver a Nicaragua, creo que uno experimenta un poco de un sentido de culpabilidad cuando dice: tengo la oportunidad de regresar, en Nicaragua hay mucha necesidad. Y entonces de la manera que yo resolví ese tema de no volver fue aportar un poco al país, he venido al hospital Berta Calderón, al hospital de León y también me enfoqué en las poblaciones más necesitadas en EE. UU. y obviamente uno de esos segmentos somos los latinos. 

¿Fue difícil ascender a estos puestos por el hecho de ser mujer y además latina?

Sí, creo que sí, tanto como minoría étnica como por el hecho de ser mujer. Sobre todo que el campo mío es un campo quirúrgico de oncología donde todavía hay una importante mayoría de varones. 

En mi campo probablemente no más del 13% o 14% de los médicos son mujeres y como minoría en el sistema de Harvard, que es obviamente la escuela de medicina afiliada al hospital mío. Por ejemplo, las tasas de mujeres que han ascendido a ser profesores de la escuela de medicina es de menos del 10% y en el campo si uno se enfoca en mujeres que han llegado a ese rango académico en cirugía son menos del 5%, creo que son límites que uno tiene que vencer, creo que debe haber un llamado a la excelencia, eso me ha ayudado mucho a vencer barreras y romper esquemas. 

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¿A qué desafíos se enfrenta a diario?

Aunque ahora es menor, porque ya llevo quince años de carrera, uno de los principales desafíos era que los pacientes ponían en duda mi capacidad como cirujana, por ser de una etnia minoritaria. 

Por otro lado, recuerdo que cuando estuve de regreso en el hospital de Massachusetts, una persona que había sido muy importante en mi formación me dijo: “probablemente el hospital te trajo de regreso porque vas a llenar una cuota”. Yo recuerdo que eso me hizo pensar: “yo no estoy aquí para llenar una cuota, yo me preparé con el mismo rigor que se habían preparado los médicos americanos”. 

Entendí a una edad muy temprana en mi carrera que si esta doctora estaba pensando eso, no era la única, también lo pensaron muchos. Y en vez de enfocarme en lo que le iba a contestar, me enfoqué más en cómo actuar ante ese desafío, me enfoqué en no legitimar ese pensamiento, sino lograr ser legitimada como médico en ese ambiente. 

Para ello, desarrollé dos cosas importantes: primero, habilidad en mis manos como cirujana, para tener lo que yo llamo economía de tiempo y de movimiento. Por ejemplo, en los primeros cinco años de mi carrera me enfoqué mucho en adquirir habilidad técnica y movimiento. Si una operación a otro médico le tomaba dos horas, a mí me debía tomar una, por ejemplo. 

Además de eso me enfoqué en tener menos complicaciones, en tener un relieve o importancia individual como cirujana y dejar un poco atrás la competencia de los otros médicos. Eso me ayudó muchísimo, creo que también me ayudó mucho ser dueña de mi propia historia, en vez de sentirme afrentada de mis raíces más bien traerlas a la luz y una de las cosas que he hecho es que cuando tengo un estudiante de medicina y tiene que presentar algún tema médico, siempre deben explicar antes algo sobre Rubén Darío, Rafaela Herrera o la historia de Nicaragua. Como docente yo les regalo un poco de la relevancia de ser minoría.

¿Por qué se inclinó por la cirugía oncológica? ¿la marcó algún caso en particular?

Sí, yo creo que el caso que más marcó mi vida como para hacer un poco ese compás fue la relación personal que tuve con Tolentino Bárcenas Chamorro, el hijo de doña Claudia Chamorro. Ella llegó con su familia a Baltimore, durante mi primer año de estudio en la escuela de medicina, y me permitió un acercamiento con Tolentino muy importante. 

Él tenía leucemia y creo que marcó mi vida porque me acercó a la experiencia de un paciente con cáncer. Considero que es una experiencia muy intensa donde el médico tiene una oportunidad muy importante de guiar a los pacientes y a la familia a lo que será el tratamiento, el pronóstico y cuando hay un desenlace —que no es esperado— enfocarse en cuidados paliativos. 

Yo logré tener esa experiencia y ver el impacto que tiene el diagnóstico de cáncer, no solo en el individuo sino en la familia en general. Después de esos dos o tres años que estuve con Tolentino, fue que decidí especializarme en el campo de oncología, la diferencia fue que una vez que empecé las pasantías en la escuela de medicina sentí, la primera vez que entré a un quirófano, que eso era un espacio muy especial, muy propio y entonces era la oportunidad de juntar el enfoque que le quería dar a mi carrera en el campo del cáncer y también en el enfoque de ubicarme en una subespecialidad que me permitiera ejercer como cirujana.

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¿Cuál sería su consejo para las mujeres nicaragüenses que quieren emprender, estudiar una profesión poco tradicional o simplemente hacer algo diferente, pero temen a los desafíos o dudan de ellas mismas?

Creo que lo más importante es no tener miedo. Uno debe hacerse la pregunta: ¿qué lograrías hacer si no tuvieras miedo? Muchas veces uno mismo es el que se limita. Así que lo primero es perder el miedo, lanzarte, soñar y darte cuenta que podés alcanzar esos sueños. Además es importante rodearte de gente positiva que te apoye. Siempre decir sí a la excelencia, no a la complacencia y darte permiso de saber que caerte es inevitable, pero levantarte es indispensable; por mucho que te caigás, debés tener la fuerza y la convicción para levantarte y salir adelante y tomar impulso. En mi caso, mi familia (mis padres, mis hermanos, doña Claudia) me ha apoyado y ha creído en mí y considero que eso, sobre todo cuando uno está joven, te da autoestima y te hace sentir con la capacidad de seguir adelante y de romper esquemas. 

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