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Sobre la academia de Estados Unidos, el racismo y la literatura habla en esta entrevista Tatiana Argüello, nicaragüense que radica en Washington y ha trabajado como profesora visitante en la Universidad de Puget Sound, un instituto de artes liberales de ese estado. 

En septiembre empezará a desempeñarse como profesora asistente en Texas Christian University (TCU), donde enseñará cursos sobre literatura centroamericana y estudios latinoamericanos.

¿Por qué te fuiste de Nicaragua?

Llevaba un par de años trabajando como analista político en el Ministerio de Relaciones Exteriores (Minrex), fui muy afortunada ya que de principio era el lugar ideal para hacer carrera si se estudia relaciones internacionales. Allí aprendí un montón sobre organismos internacionales, relaciones bilaterales y de cooperación y tuve la fortuna de interactuar con gente muy brillante que me enseñaron sobre las complejidades o muchas veces simplicidades detrás de lo que mueve la política internacional. 

En mi trabajo, el problema era que sentía que me estaba estancando en la rutina, me estaba convirtiendo en una especie de autómata y necesitaba otro tipo de crecimiento intelectual. Mi jefa de esa época estudió su maestría en estudios latinoamericanos en Ohio University, en donde trabajaba Thomas Walker, uno de los grandes politólogos sobre Nicaragua (recomiendo su libro Nicaragua: Living in the Shadow of the Eagle). Ella junto con mi madre, quien también había estudiado en el exterior, me motivaron a ir a Estados Unidos. 

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¿Qué te fuiste a estudiar?

Inicialmente me fui a estudiar una maestría en estudios latinoamericanos por dos años en Ohio University (OU). En mi primer año comencé a tomar clases de literatura en español y gracias al apoyo de mi departamento pude hacer paralelamente una doble maestría en literatura hispanoamericana. Al final de las maestrías, me di cuenta que enseñar, reflexionar y escribir sobre literatura era lo que quería hacer el resto de mi vida. Por lo que seguí con mi doctorado en el departamento de literatura latinoamericana en la Universidad de Pittsburgh, apliqué allí motivada por el trabajo investigativo y de relectura del canon nicaragüense de académicos nicas que habían estudiado en ese programa en el pasado, me refiero a Leonel Delgado con su libro Márgenes recorridos y Erick Blandón y su Barroco descalzo. Tanto en Ohio como en Pittsburgh tuve dos tipos de formaciones muy distintas pero complementarias, en OU más clásica y peninsular, y en Pittsburgh eminentemente latinoamericana y de estudios culturales.   

 ¿Cómo pasaste de diplomacia a literatura?, ¿qué empujó ese cambio de rumbo?

Desde que era adolescente tenía una fascinación por la poesía, como parte supongo de esa marca característica y a veces estereotípica de nosotros los nicaragüenses, pero que valoro ahora más con los años porque reflexiono en el papel que ha tenido la poesía como fuerza movilizadora de cambios políticos (la figura del poeta-guerrillero no la podemos desligar de nuestro imaginario), como parte de nuestra propuesta identitaria y como proyecto descolonizador.  

Cuando trabajaba en el Minrex comencé a estudiar la licenciatura en literatura los sábados e hice buenos amigos en el ambiente literario que aún conservo, con los que hablaba y aprendía sobre la literatura, el cine y la vida. Comencé a leer y escribir poesía, pero de manera muy desordenada, y no fue hasta tomar clases de literatura en EE. UU. que conseguí una formación más estructurada e histórica. 

En Pittsburgh aprendí a zafarme de estas estructuras y pensar en afinidades de distintas tradiciones literarias, de distintos tipos de pensamiento y a tener acercamientos más interdisciplinarios (la conexión de la literatura con otras áreas como la filosofía y las ciencias sociales). La política no está desligada de la literatura, y creo que mi formación de relaciones internacionales me ayuda a entender ciertos procesos políticos de los cuales emergen expresiones artísticas.  

 ¿Qué fue lo más difícil de adaptarte a la universidad norteamericana y a la vida social allá? 

Creo que la experiencia de atomización fue lo más difícil para ambos casos. La academia norteamericana es un espacio de potencialidades para crecer como investigador, se tiene el acceso a todo tipo de recursos e información, se conoce y aprende de gente brillante pero como “teaching machine”, como maquina productora de conocimientos (también hay que cuestionar qué tipos de conocimientos) puede tender a borrar el lado humano de quienes participan en este proyecto de vida. 

Por tanto, es preciso siempre brindarle una cara humana, y pensar que aprender y enseñar son actividades que requieren de una gran fuerza emocional. En cuanto a la vida social, he tenido mucha suerte porque, aunque he experimentado la atomización en las relaciones sociales, la descartabilidad y artificialidad en la creación de vínculos afectivos, también he logrado crear comunidad en los lugares en los que he vivido y tengo mucha gente entrañable que he conocido en mi camino. 

¿Qué experiencia allá te transformó? 

Vivir y hacer el doctorado en la Universidad de Pittsburgh me transformó, quienes han hecho un doctorado entienden a lo que me refiero. Por un lado, al estar en un programa prestigioso como el de Pitt, tomé clases con profesores brillantes como Juan Duchesne y John Beverley que influyeron positivamente en mi manera de acercarme a la literatura. Por otro, aprendí a canalizar la presión del programa estableciendo de manera orgánica amistades y fuertes vínculos sociales con gente que estaba en la misma situación que yo, aprendí mucho sobre literatura de diversas geografías, sobre ciencias sociales y filosofía gracias a amigos brillantes que hice. 

¿Dónde estás trabajando actualmente? 

Ahorita estoy en un proceso de transición laboral. Estuve trabajando por dos años como profesora visitante en la Universidad de Puget Sound, un instituto de artes liberales en el estado de Washington, una experiencia que disfruté mucho. Este otoño comienzo un trabajo permanente (lo que llaman “tenure track”) como profesora asistente en Texas Christian University (TCU), en donde estaré enseñando cursos sobre literatura centroamericana y estudios latinoamericanos. Estoy muy contenta y soy muy afortunada con esta oportunidad ya que el mercado laborar para nuestra profesión es de los más crueles. Para darte un ejemplo, hace unos quince años existían el setenta y cinco por ciento de puestos permanentes y solo quince por ciento de puestos temporales y de medio tiempo (visiting y adjunct professors), pero hoy con la reducción del presupuesto de las humanidades, la intensificación en la corporatización de las universidades, sucede lo inverso. El quince por ciento de puestos son permanentes y todo el resto son temporales. 

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¿Te has sentido discriminada?

Esta es una pregunta que adquiere una fuerte carga semántica en la era de Trump, pero que no está desasociada con una forma de pensamiento enraizado en las instituciones y sociedad norteamericana de larga data. Me refiero al racismo sistémico que existe en todas las instituciones y a distintos niveles en Estados Unidos. Creo que es preciso mencionar que existen distintos niveles de discriminación. 

Desde un punto de vista más explícito, en mi época de estudiante experimenté en algunas ocasiones el trato rudo de los pittsburgenses y su incapacidad de dialogar con otras culturas, pero era algo que no sucedía tan directamente en el ambiente universitario en el que yo me manejaba.  Actualmente vivo en el estado de Washington ubicado en el Pacífico Noroeste, que incluye por ejemplo el estado de Oregón, en donde se ha demostrado que la idea de “progresismo” característico de esta zona es una gran falacia, existen grupos neonazis. Además, hay que agregar que, en Tacoma, la ciudad donde vivo actualmente está ubicado uno de los mayores centros de detención de inmigrantes (o llamémosla jaulas) en donde están detenida gente inocente, entre ellos niños y mujeres. 

También existe una discriminación más sutil y sofisticada, aunque igualmente perversa que sucede en círculos intelectuales y académicos, no sé si has visto la película “Get Out” pero da una idea a lo que me refiero. Yo la he sabido identificar con el paso del tiempo, interactuando ahora como profesora, es un cuestionamiento a la capacidad intelectual debido a tu país de origen, tu sexo o el color de piel. En los círculos de activismo se repite el slogan “yo no estoy aquí para educarte”, pero realmente en una sociedad tan dividida racialmente como la estadounidense, tan llena de prejuicios, que tiene tantas heridas, desde mi punto de vista cualquier posibilidad de interactuar que yo tenga como profesora, voy a usarla, voy a educar y quebrar todo tipo de irrespeto que exista hacia la cultura latinoamericana y hacia otras geografías. 

¿Qué es lo que más extrañas de Nicaragua?

Los quesillos de la Paz Centro, los aguacates enmantequillados, y un buen ron añejo en las rocas, ja, ja, ja, es broma. Extraño las relaciones sociales, eso incluye a mi familia y amigos, pero también las traduzco como una forma de ver la vida. Nosotros como nicaragüenses tenemos una actitud de vida basada en conexiones sociales, una alegría de vivir que nos permite alejarnos de la atomización que se producen en las grandes ciudades y centros industrializados, en donde se está solo entre la multitud, pero muchas veces no de una manera liberadora. 

¿Cuáles son tus retos actuales?

A nivel académico, terminar un proyecto que debo entregar para este verano. Estoy coeditando un dossier especial para la revista electrónica Istmo sobre acercamientos posthumanos y no humanos en la literatura centroamericana. Esta es una de las tendencias más actuales en estudios críticos, y la idea es hacer nuevas relecturas de producciones culturales de la región, descentralizando el rol del ser humano y enfocándonos en transcender esquemas del sujeto humano con temas como la animalidad, la ecología, epistemologías indígenas entre otros. 

Otros de mis retos es mudarme al otro extremo del país. Donde yo vivo actualmente tiene una gran cultura marina, es el estrecho de Puget, pero con un cielo gris donde llueve todo el tiempo. Mudarse al sur, a Texas, con un clima más árido y cercano al de Nicaragua, será un gran cambio, pero los cambios son buenos. 

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¿Qué es lo que más te motiva en tu trabajo?

Me motiva fomentar la literatura centroamericana. Quiero contribuir a crear una comunidad de lectores críticos, y ser parte del grupo de investigadores que saquen de la marginalidad la literatura de nuestra región. En la academia norteamericana, pese a que nuestra literatura es marginal existen ciertas figuras del istmo que se estudian. Por ejemplo, Rubén Darío en una clase de modernismo o me alegra que hay un interés mayor por la narrativa de Horacio Castellanos Moya (quien ha comentado que sus libros se leen más fuera que en El Salvador). Sin embargo, tenemos mucho por hacer. Esto significa no solo exponer a los estudiantes, a los lectores a la diferente gama de escritores de nuestra región, sino también en buscar nuevas rutas, en presentar nuevos modelos críticos que se alejen de los muchos discursos anquilosados asociados con autores canónicos centroamericanos. 

También me motiva aprender sobre otras literaturas y formas de pensamientos marginales, la literatura andina tiene una poética que no había experimentado antes (pensemos por ejemplo en José María Arguedas), el pensamiento amerindio amazónico nos enseña que existen muchas formas de devenires entre los humanos con colectividades no humanas, y estudiar cómo piensan las plantas o el bosque me ayuda en mi trabajo de investigación sobre la literatura guerrillera. En fin, me encanta y motiva crear conexiones. 

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Además de tu trabajo, ¿te dedicas a otra cosa?

Adicionalmente a las actividades conectadas de alguna y otra forma con mi profesión y estilo de vida, como leer y ver películas, me gusta hacer ejercicio. Pese a que vengo de una familia de deportistas (mi papá y mi hermano mayor fueron ciclistas nacionales, y tengo otro hermano maratonista), en mis años de doctorado descuidé muchísimo mi alimentación y mi salud. Pero ahora estoy aprendiendo a repararlo, me gusta levantar pesas y practico lo que llaman “crossfit”. 

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