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Eddy Palma es uno de cientos de nicaragüenses indocumentados que viven con el temor de ser deportados y separados de su familia, en cualquier momento. Es originario de ciudad Darío, Matagalpa, y llegó a Estados Unidos hace 15 años en busca del “sueño americano”. 

Desde que se instaló en el estado de Massachusetts ha logrado tener buenos trabajos que le han permitido sacar a su familia adelante. Tiene cuatro hijos, dos varones y dos mujeres, y hace poco pudo traer a su hijo mayor, de 17 años. Su hija de 15 años es la única que está en Nicaragua. Los otros dos, de 10 y de 5 años, nacieron en Estados Unidos.

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No cuenta con licencia para conducir por las carreteras del estado de Massachusetts, pero aun así, todos los días se arriesga para manejar hacia su centro de trabajo, una compañía que procesa pescado, donde se desempeña como director de planta, con más de 90 personas a su cargo.

Despierta cada día con la ilusión de obtener un permiso de trabajo que le permita vivir sin temor a ser deportado, pero esa oportunidad parece difícil, y tiene que seguir lidiando con la inestabilidad emocional, por ser indocumentado.

“Me siento muy frustrado, siento que no nos valoran, nos matamos trabajando honradamente a diario, ayudando al país a crecer y sacando a nuestras familias adelante”, comenta Palma. “Me levanto todos los días a las cuatro de la mañana y regreso a la casa a las seis de la tarde, de lunes a sábado. Muchas veces tengo que trabajar hasta los domingos, pero este esfuerzo que hacemos la gente indocumentada el Gobierno no lo valora, más bien nos ven como criminales”.

Relata que gracias a su esposa, también indocumentada, ha podido dar estabilidad económica a su familia. Ella le ayuda a cuidar los hijos mientras él trabaja, y siempre se están animando para no caer en depresión.

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“Yo los animo, para que no anden con miedo, aunque yo, por dentro ando con el temor de que en cualquier momento Migración me pueda agarrar y deportarme”, confiesa.

TRÁMITES TARDADOS

Róger Quijada, originario de Managua, llegó a Estados Unidos en 2007. Después trajo a su esposa y su hija, hoy con 17 años. En Nicaragua solo queda su hijo mayor, pero tiene la esperanza de que muy pronto le den la residencia, la “green card”, la cual está tramitando gracias a que su mamá es ciudadana estadounidense.

“Mi residencia ya fue aprobada, pero desde que Donald Trump es el presidente, todo tipo de trámite migratorio es dilatado. No sé cuánto tiempo pasaré de esta forma, mientras tanto tendré que seguir tomando todo tipo de precaución para no dejar a mi familia a la intemperie”, explica.

Alberto Suazo, nativo de Ciudad Sandino, tiene dos años de haber llegado a los Estados Unidos y se trasladó de Florida a Boston, porque, según explica, su jefe hacía comentarios xenófobos.

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“Por una parte mi jefe, que era americano, nos decía que los latinos éramos excelente trabajadores, pero en su página de Facebook hacía comentarios racistas diciendo que sería bueno que Donald Trump deportara a todos los migrantes latinos para recuperar el país estadounidense”, cuenta Suazo.

“También escribía que esperaba que el presidente construyera el muro muy pronto para que los migrantes latinos no siguieran entrando al país. Todos estos comentarios me enojaron mucho y tuve que eliminarlo de Facebook y renunciar a mi trabajo. Me vine para Boston y ahora estoy más tranquilo, siempre que salgo me encomiendo a Dios, porque sé que él me protege todo el tiempo”, dice Suazo, quien trabaja como carpintero.

Pablo Aguilar, de la ciudad de Nagarote, emigró a San Francisco, California, en  2014. Afirma que aunque vive en uno de los estados con más inmigrantes indocumentados, el temor es el mismo para todos.

“Acá en California, hay por todos lados un miedo terrible entre todas las personas que vivimos de manera irregular, yo vine en enero del 2014 y entré con visa, pero decidí quedarme para hacer un poco de dinero; tengo un hijo que cuando me vine tenía 6 años, hace poco cumplió 9 y no tienes idea cómo extraño estar a su lado para verlo crecer, pero la necesidad de verlo convertido en un profesional me hizo quedarme”, relata Aguilar, quien trabaja en construcción 12 horas diario, seis días por semana.

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Añade que aunque gana muy poco donde trabaja, los ingresos son mucho mayores que los de Nicaragua, y para evitar ser detenido por Migración, ha limitado sus salidas a lugares públicos, encerrándose en su apartamento después del trabajo. “Antes yo salía más seguido, pero ahora no, mejor me tomo las cervezas en mi apartamento para no caer en una redada repentina”, expresa.

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