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Escribir es una tradición en su familia. Sus abuelas lo hacían y sus padres aún lo hacen. Eunice Shade, quien desde niña escribía sus deseos en un diario, se atrevió a publicar su obra un 8 de marzo de 2007 en la Cinemateca Nacional, cuando presentó “El texto perdido”, su primer libro. Desde entonces ha escrito cinco y va por más.
En publicaciones colectivas o antologías su obra ha sido traducida al catalán, al inglés y próximamente al portugués. Hace cuatro años reside en la ciudad de Pittsburgh, Pensilvania (Estados Unidos) adonde llegó para estudiar, pero su perseverancia la ha llevado a conseguir más. 

Desde hace dos años imparte clases de español y su principal reto es hacerle ver al estudiantado estadounidense la importancia de este idioma, tomando en cuenta que en la mayoría de países donde se habla existe un subdesarrollo, algo que sus estudiantes le cuestionan a diario. Esta nicaragüense de 37 años confiesa que tampoco ha estado exenta de discriminación en Estados Unidos, pero que dicha situación la ha impulsado a realizar un mejor trabajo.

Shade es también licenciada en derecho por la Universidad Americana (UAM) y se inclinó también por la enseñanza por tradición familiar. Su bisabuela era profesora. Suele decirle a su familia que cuando muera sea velada en un aula, “porque siento una conexión especial entre mi bisabuela y yo”.

Hablemos de tu pasión por las letras, ¿cómo empezó, qué recuerdos tenés de tu primer acercamiento con ese mundo?

Empezó con mi familia. Mi mamá tiene una colección de los diarios que escribió en los años ochenta, esa colección es una reliquia para mí. Narra su embarazo y mi nacimiento. Los diarios de mi madre, más las cartas que desde Europa hasta Nicaragua enviaba mi bisabuela paterna donde narra sus viajes, paisajes y estudios; las cartas de amor de mi papá y sus seudónimos como Alberto Abud Khan “El Abencerraje”; e incluso el diario de carros de mi abuelito, creo que han influido en mi pasión por las letras; mi abuelo anota cada vez que les cambia un repuesto. ¡Es increíble! Ese registro de la escritura como práctica cotidiana de una familia me encanta. Supongo que heredé esa costumbre, por ejemplo, recuerdo que de pequeña quería ser policía, y ya escribía en mi diario sobre mis deseos, lo hacía como algo natural. También las lecturas, solía devorar tomos completos de la biblioteca de mis abuelos: Conan Doyle, Hegel y la colección completa de los hermanos Grimm y Christian Anderson. Adoraba ese mundo mágico y cruel de sus cuentos. Como toda niña nicaragüense no me faltaron los versos de Rubén Darío inculcados por mi bisabuela materna. Luego por designio divino, saqué mi escritura del espacio privado que es la familia, la casa, a la esfera pública cuando Melvin Wallace y Carlos Midence me ofrecieron la oportunidad de publicar mi primer libro de cuentos llamado “El texto perdido” en Editorial Amerrisque. Fue hace exactamente diez años, un 8 de marzo de 2007, en la Cinemateca Nacional, cuando lo presenté por primera vez. 

¿En qué consistió tu trabajo final de la maestría en Literatura Hispanoamericana?

He hecho ya tres maestrías. Una en filología en la UNAN-Managua, una en literatura hispanoamericana en la Universidad de Ohio y una tercera en literatura latinoamericana en la Universidad de Pittsburgh, donde curso actualmente un doctorado en lo mismo. Primeramente escribí una tesis sobre el cuento nicaragüense de la década 2000, de autores nacidos después de los años ochenta. Me especializo en narratología, en la configuración e identidad de la voz narrativa que se constituye desde el espacio de la ficción y la “historia”, en sus aspectos estructurales y en el diálogo que establece dicha narrativa con otras áreas culturales. Recientemente he incursionado como lectora en teología y literatura, en el cruce que se da en ambas disciplinas, por ejemplo, leer literariamente la Biblia, o leer la base bíblica (scriptio o traditio) del texto narrativo. Leer el proceso de conformación del pensamiento “occidental” desde Jesús de Nazareth, como suele hacerlo Ratzinger, ha dado un giro en mi visión de la cultura letrada. ¡Es fascinante!

¿En qué consiste tu trabajo final del doctorado que estás tomando?

Shhhh… ¡Es un secreto!

Como profesora de Lengua en la Universidad de Pittsburgh, ¿qué es lo más difícil de enseñar español a un estudiantado mayoritariamente estadounidense?
Primero debo decir que es una gran experiencia, sobre todo por el intercambio cultural, creo que aprendo más de ellos, que ellos de mí. Como todo inicio, implica un desafío. La lengua española compite con otras como el francés, el portugués, el alemán, por mencionar algunas. Hacer la lengua de tu cultura atractiva al estudiantado extranjero es difícil, especialmente tomando en cuenta que somos una zona periférica y con subdesarrollo económico. Ellos siempre se preguntan sobre la utilidad del idioma: ¿Para qué y por qué debe un angloparlante aprender español? Mi clase intenta ser una respuesta a esa pregunta.

¿Hay alguna anécdota como profesora que te haya marcado personalmente?

En una clase introductoria les dije a los muchachos que dijeran todo lo que verdaderamente pensaban de la cultura hispanoamericana, que fueran honestos y que no tuvieran pelos en la lengua. Empezaron a decir de todo, desde insultos y ofensas hasta “tacos, Salma Hayek y Shakira”. Estaban felices, fue genial porque empezamos con sinceridad. Fue una apertura cultural maravillosa, disfruté mucho ese momento en el aula, me sentía como la profesora a la que tiraban tomates después de la función, pero con inmensa alegría. 
Debo confesarte que dar clases es fundamental en mi vida. Tanto como escribir. Empecé a dar clases hace más de diez años. Inspirada en mi bisabuela, Merceditas Campos de Martínez, quien ejerció por más de 50 años la docencia; quizá siguiéndola a ella. Cada vez que entro al aula, sea a dar o a recibir clases siento su presencia protegiéndome. El aula de clases es un lugar sagrado para mí. Suelo decirle a mi familia que cuando muera, quiero que me velen en un aula de clases porque siento una conexión especial entre mi bisabuela y yo. Toda mi vida ha transcurrido en las aulas o frente la página blanca. He descubierto que cada día en mi vida es un “hacer universidad”, que enseñar es un compromiso con las generaciones en formación. Enseñar y aprender son experiencias de humildad porque quien enseña sabe que no es infalible y quien aprende reconoce que necesita saber. El maestro apela a la confianza del alumno. El alumno confía en que el maestro va a enseñarle con honestidad. Ser profesora es un constante aprendizaje. 

¿Qué circunstancias te llevaron a viajar a Estados Unidos, desde cuándo estás allá y dónde resides exactamente? 

Me ofrecieron un taller de escritura creativa que nunca se dio; y posteriormente me invitaron a aplicar a las becas Fulbright. Apliqué y me dijeron que no. Perseveré una segunda vez y me dijeron que sí. Mi pasión por las letras, por sentir el contacto entre lenguas diversas y una gran bendición divina me llevaron allá. Me encanta Pittsburgh porque la universidad tiene tradición de estudiantes nicaragüenses de letras, de ella se han graduado académicos de nuestro país como Iván Uriarte, Erick Blandón, Leonel Delgado Aburto y Tatiana Argüello. 

¿Qué fue lo que más se te dificultó estando allá?

El shock cultural es impactante. Por mi sensibilidad, para mí fue un colapso. La adaptación ha sido un proceso y el sujeto latinoamericano no está exento de ser discriminado y marginalizado. En mi caso implicó un autodescubrimiento, no solo de mi identidad cristiana, sino de mi vena indígena, nicaragüense, que es de vital importancia en mi vida. Nicaragua siempre está en mis oraciones. Y a pesar de la discriminación, no pierdo la esperanza.

¿Qué es lo que más extrañas de Nicaragua?

Mi familia, el quesillo, el mar… ¡El mar es religioso! Adoro las playas de Carazo. Me gusta el calor humano de la gente trabajadora. El heroísmo diario del nica luchador, que se abre paso ante la adversidad.

Has escrito ya cinco libros, ¿de qué trata tu obra principalmente?

De la vida, del amor, del deseo, del humor, de las transformaciones, de las heridas que dejan la guerra y la muerte. Mi obra es también una reflexión sobre las preguntas clásicas: qué es la literatura, qué es la ficción, cuál es el límite o el espacio colindante entre lo real y lo fantástico. 

¿Qué te inspira?

Esa pureza insospechada que todo ser humano atesora en su interior.

¿Cómo hacés para poder brindar clases, tomar un doctorado y escribir?

Disciplina, entrega, sacrificio y humildad. El programa de entrenamiento de la academia norteamericana es fuerte. Se lee aproximadamente un mínimo de 200 a 300 páginas por semana. A veces más. La escritura académica de ensayos requiere lucidez analítica y conocimiento del discurso literario latinoamericano en cuestión, de las tensiones no solo entre puntos de vistas dentro del mismo, sino con otras disciplinas, del debate interdisciplinario actual. Me levanto todos los días con el Angelus, hago caminatas o ejercicios, trato de comer saludable y me concentro en balancear mi trabajo como docente, preparando clases, exámenes, proyectos y luego mi trabajo como alumna, cumpliendo el calendario de lecturas, escuchando las cátedras de los profesores, aprendiendo no solo literatura, sino sus estilos de enseñanza, sus marcas particulares y ejes epistemológicos. Aprendo también de los colegas, de sus maneras de interpretar, de sus modismos al hablar; de sus vivencias y prácticas culturales. Son personas muy preparadas. 

¿Qué le podés decir a los profesionales que están aquí en Nicaragua pero que aspiran a una carrera en el exterior?
Que nunca se den por vencidos, que si de verdad tienen fe, los sueños se hacen realidad. Si mi experiencia les sirve de algo, recuerden que primero me dijeron que no al taller de escritura creativa, y que la primera vez que apliqué a la Fulbright me dijeron que no. Tuve que ser humilde, hacer la cola y perseverar. Honestamente siendo más joven nunca pensé hacer carrera en el exterior. Fue algo que se fue dando. Una cosa llevó a la otra. Todavía me debato entre sí quedarme en Estados Unidos o volver a Nicaragua. Lo importante como académica y escritora, después de Dios, es hacer universidad, y de la buena. Como me suelen decir los poetas: “Recordá que la palabra universidad viene de universo”. Vas al templo del saber a aprender del universo. 

La obra de Eunice Shade

Hasta ahora ha publicado cinco libros individuales: tres de cuentos, uno de ensayos y uno de poesía.

El texto perdido

Escaleras abajo

Espesura del deseo

Doble línea continua

“Stories”

Este último es una traducción al inglés de sus cuentos. 

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