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Conocí a Erick Blandón en una clase que impartió en la Universidad Centroamericana en 1997. La asignatura se llamaba identidad y pensamiento latinoamericano. Blandón ingresó al aula, se presentó, distribuyó el programa de la clase, lo leyó en voz alta, preguntó si había dudas y después dijo que no estudiaríamos ese material, sino el ensayo “El espejo enterrado”, del escritor mexicano Carlos Fuentes, una historia de América Latina contada desde la perspectiva de la literatura y la pintura.

Aunque solo cursé esa asignatura con Blandón, su manera iconoclasta de prescindir de una propuesta convencional, proponernos un material más integral y su claridad al exponernos los puntos a analizar del libro de Fuentes hizo que se diera la máxima que propone Gabriel Zaid sobre la enseñanza universitaria: un maestro universitario debe motivar a leer buenos libros a sus estudiantes. Ignoro si ahora propondría esa lectura Blandón, pero en lo que a mí respecta su propuesta me dio la oportunidad de acercarme críticamente a la historia latinoamericana desde el conocimiento literario y pictórico de la realidad.

Erick Blandón (Matagalpa, 1951) es escritor, docente e investigador. Se graduó de licenciado en Ciencias de la Educación en la UNAN-Managua, trabajó desde 1979 hasta 1990 en el aparato de propaganda del FSLN como encargado de las publicaciones y de la propaganda gráfica, fundó a mediados de los ochenta la editorial Vanguardia, en 1995 ganó una beca Fullbright y realizó una maestría en la Universidad del Paso Texas, en 1997 obtuvo una beca para  estudiar un doctorado en literatura en la Universidad de Pittsburgh. 

Algunas de sus obras son “Barroco descalzo” (2003, crítica cultural), “Discursos transversales”. “La recepción de Rubén Darío en Nicaragua” (2011, crítica cultural) y “Vuelo de cuervos” (reedición 2017, novela). En esta oportunidad Blandón nos cuenta sobre cómo migró a Estados Unidos, la manera en que descubrió su vocación literaria y las condiciones que se dieron para que publicara este año en la editorial Alfaguara su novela “Vuelo de cuervos”. 

¿Cómo llegaste a la Universidad de Misuri y qué trabajo desempeñás allí?

La contratación de un profesor en una universidad de los Estados Unidos se da mediante un proceso de selección de varias decenas de candidatos que optan al cargo. El procedimiento es largo y extenuante, pues primero se debe mandar una carta de presentación profesional junto con el currículo y un mínimo de tres cartas de recomendación escritas por profesores que conozcan tu trabajo como investigador, como crítico y como docente. 

Luego se estrecha el número de candidatos para entrevistar a aquellos que más llaman la atención del comité nombrado para elegir a tres candidatos que deben visitar el campus para entrevistarse con las autoridades y dar una conferencia al cuerpo docente y a los estudiantes graduados del departamento al que se están postulando.

Mi conferencia versó sobre el teatro callejero colonial y la interpretación de El Güegüense que hice en Barroco descalzo (obra publicada en 2003). Al final del período de preguntas y respuestas la concurrencia se puso de pie y un profesor dijo a voz en cuello: “Terrific”, que en español quiere decir estupendo. Luego viajé de regreso a Arkansas donde empecé a trabajar después de graduarme en Pittsburgh. 

Tres días después recibí una llamada del Chair del Departamento informándome que en reunión de Faculty se había decidido concederme la plaza, me preguntó si aceptaba, lo cual hice después de discutir con él el salario y los beneficios adicionales.

Así en el otoño de 2006 comencé a trabajar en University of Missouri como profesor con opción a la permanencia de por vida que obtuve en 2011. Allí tengo la responsabilidad de dar seis horas de clase-aula a la semana tanto a estudiantes de pregrado como de posgrado. Enseño literatura hispanoamericana y estudios culturales. 

Otra función es la de investigar y publicar trabajos académicos en mi campo de estudio, cosa que hago con alguna regularidad, pues debes tener un mínimo de publicaciones por año, así como la obligación de hacer visible a la universidad  y al departamento mediante tu actividad de scholar (académico).

¿De qué manera descubriste tu vocación de escritor?

A la escritura se llega por la lectura y leer fue un hábito que adquirí en la infancia. También me atraía mucho la combinación de los sonidos de las sílabas en algunas frases que oía en la misa dominical a la que iba como estudiante de un colegio católico, y siendo monaguillo de la catedral durante el oficio del Viernes Santo me quedaba arrobado oyendo los “improperios” en latín, sin comprender nada. Sentía una especial atracción por los cantos gregorianos que me elevaban la imaginación. Igual me ocurría en la misa de medianoche del Sábado de Gloria, mientras se cantaba el “Exultet” o “Pregón Pascual”, de manera que el descubrimiento de la poesía fue intuitivo, pues solo después conocí la belleza de su contenido, por ejemplo en algunos de los versos del “Exultet” que traducidos a nuestra legua dicen:   “¡Qué noche tan dichosa/ en que se une el cielo con la tierra,/lo humano y lo divino!” Esa  estrofa se me quedó grabada en la memoria y luego la usé como epígrafe de uno de los cuentos eróticos de Misterios goz
osos (cuentos publicados en 1994).

La poesía es música, porque el sonido de la palabra es anterior a la escritura desde antes de Homero y los poetas de nuestras culturas ancestrales como la náhuatl hasta nuestros días. En mi escritura la música también está presente no solo en el ritmo de la frase, sino  en su contenido. Mi libro de poemas en prosa “Juegos prohibidos” (1982), se inicia con una referencia a la música que oí de niño, y luego hay otros temas alusivos a las canciones de mi preferencia, porque como lector siempre he tenido necesidad de un acompañamiento  musical mientras leo. 

¿Dónde comenzaste tu carrera de docente?

Como auxiliar del licenciado Julián Corrales, primero. Luego del profesor Fidel Coloma y por último del maestro Guillermo Rothschuh Tablada. Pero este comienzo tuvo como origen el que una profesora de español en el año básico, me llamara ante Corrales que en ese tiempo era director  del Departamento de Filosofía y Letras,  acusado de plagio, porque ella pensaba que un trabajo de investigación que le presenté no podía ser elaborado ni escrito por un indio matagalpino. 

Sentado en el banquillo frente a Corrales tuve que demostrar cómo lo había hecho y una vez que quedó claro de que aquello era producto de mi investigación y escritura comencé a ser visible para el profesorado que siempre, en su mayoría, me estimó y alentó. 

El año siguiente, ya como estudiante de la especialidad de español, Coloma en la clase de composición avanzada, después de leer un texto mío le anunció a la clase con su voz severa y sonora que yo era “poeta”. 

El siguiente semestre fui contratado como profesor auxiliar y Julián Corrales me echó a los leones mandándome a sustituirlo una semana en una clase de Gramática de los cursos de profesionalización, entre cuyos alumnos se hallaban varios de quienes habían sido mis profesores en secundaria. Así que te podés imaginar la canillera con la que di la primera clase de mi vida. 

Lo peor fue que, sin enterarme, el  profesor Corrales se coló entre los pupitres mientras yo escribía en la pizarra. Así lo tuve sentado observándome por dos horas. Después en la oficina me hizo algunos señalamientos y sugerencias. Me da la impresión de que no lo hice tan mal, porque nunca me corrieron.

Mi tesis para obtener la licenciatura fue sobre metodología de la enseñanza del español y la escribí bajo la dirección de doña Elba Álvarez de Hernández, una sabia en el arte y ciencia de dar clases de Lengua, ella me orientó mucho en la práctica docente desde que era su estudiante de didáctica del español, y luego como directora del departamento.  

¿Cómo combinás tu vocación literaria y tu trabajo de investigador?

Yo veo la investigación como parte de mi trabajo creativo, no solo investigo para hacer crítica literaria o cultural. Es lo que te decía al principio, la lectura lleva a la escritura. Mis poemas, mis cuentos, mi prosa narrativa proviene de la lectura y de la investigación. No tengo el don de salirme al patio a ver las estrellas en la oscuridad de la noche y luego sentarme a versificar.  Mi proceso de creación es lento, me toma harto tiempo su concepción y luego viene el pulimento que es infinito. Cuando estoy escribiendo crítica es igual, leo mucho, averiguo, busco, pregunto, escribo, borro, reescribo, y luego compongo. 

-En 1997 publicaste en Nicaragua por primera vez “Vuelo de cuervos”. La editorial Alfaguara, con alcance internacional, la editó este año. ¿Cómo fue que lograste publicarla internacionalmente veinte años después?

En 1997 yo envié los originales de la novela a varios concursos. Entre ellos a uno convocado por Educa. En esos días de enero o febrero llegó de visita a la Universidad de Texas en El Paso,  el poeta uruguayo Saúl Ibargoyen y en una comida con varios escritores se dirigió a mí, a propósito de mi nacionalidad nicaragüense, para contar en voz alta que venía de San José, Costa Rica, donde había sido parte del jurado del concurso de novela; y que entre las finalistas había una de un escritor nica que él pensaba que debió haber sido la ganadora; pero los otros dos miembros del jurado, entre ellos Manlio Argueta, adujeron que era cierto que esa novela merecía el premio, pero que no se lo podían otorgar porque era despiadada con los líderes de la revolución de Nicaragua. 

Ibargoyen no recordaba el título del libro ni el nombre del autor porque se concursaba con seudónimo.  Picado por la curiosidad le pregunté cuál era el asunto de la novela, y me empieza a hacer un resumen de “Vuelo de cuervos”, los otros colegas que estaban allí se echaron a reír y le dijeron que el autor de esa novela era yo. Esa fue una señal para saber fuera del grupo de amigos que la habían leído en El Paso y Ciudad Juárez, que la novela podía gustar. 

Entonces se la mandé a México a mi gran amigo el intelectual  guatemalteco José Luis Valcárcel, quien luego de leerla de un tirón me llamó para decirme que él la iba a enviar a Alfaguara. En ese tiempo, María de Lourdes Pallais trabajaba para Alfaguara en México, y por ella supimos después que los lectores  encargados de evaluar la novela habían recomendado su publicación; pero antes era necesario hacer unas consultas a Centroamérica para valorar la posibilidad de mercadeo y parece que en ese estadio se desinfló el globo, pues los centroamericanos consultados habrían dicho que “Vuelo de cuervos” solo podría ser leída por un escaso público conocedor de las altas esferas del poder durante la revolución.  

Entonces la mandé al Centro Nicaragüense de Escritores donde Danilo Aguirre Solís, Mónica Zalaquett y Fernando Centeno Zapata recomendaron su publicación. El libro se agotó y circuló milagrosamente de mano en mano por muchos países, poco a poco empezaron a aparecer críticas favorables en varias publicaciones nacionales y extranjeras. Fue leída en unos cursos en Alemania, Estados Unidos y Brasil, y mucho después en Nicaragua. Escribieron sobre el libro importantes críticos como Gerald Martin, Valeria Grinberg Pla, Werner Mackenbach, Seymour Menton, Leonel Delgado-Aburto, Markus Klaus Shaffauer;  y de vez en cuando aparecía en referencias bibliográficas y paneles o simposios sobre literatura, interculturalidad, asuntos de género y diversidad sexual.

Así que un día del año pasado al percatarme de que estaba próximo el veinte aniversario de su primera publicación y viendo el volumen de artículos, ensayos  y comentarios que había generado le conté a Sergio Ramírez la increíble y triste historia de mi cándida novela; y él habló con la gente de Alfaguara, que pidió leerla para evaluarla. Cual no fue mi susto cuando una tarde que yo estaba comiendo en un Hy Vee, cadena de supermercados del Midwest, recibo una llamada de María del Carmen Deola, editora de Alfaguara para Centroamérica y el Caribe, informándome que querían publicar Vuelo de cuervos, porque les parecía una historia muy actual y viva, bien contada y muy original.

¿Hay ventajas para publicar si se vive fuera de Nicaragua?

Yo no sé. Nunca he tenido obsesión por publicar, lo mío es escribir; y eso sí se me facilita más viviendo en los Estados Unidos que en Nicaragua; porque aquí, desde la universidad, tengo acceso a todas las fuentes y bibliotecas del mundo.

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