•   Oyem, Gabón  |
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  • The New York Times

Este país exuberante, a menudo llamado “república boscosa”, acostumbraba destacarse orgullosamente entre sus inestables vecinos, como la República Democrática del Congo y la República Centroafricana, zonas de desastre tropicales donde el fracaso del estado, los saqueadores rebeldes y las armas libres conspiraban para representar una maldición para la vida silvestre en peligro.

El gobierno de Gabón, bendecido con miles de millones de dólares de dinero del petróleo y kilómetros y kilómetros de bosque tropical virgen, ha emprendido muchas de las acciones correctas para proteger a sus animales apartando zonas para establecer parques nacionales, realmente pagando a tiempo a los guardias de la vida silvestre (una rareza en África) y destruyendo recientemente una enorme montaña de marfil en una declaración de su negativa a hacerse de la vista gorda.

Pero conforme el precio del marfil se mantiene al alza, alcanzando niveles demasiado elevados para que muchas personas se resistan, los elefantes de Gabón están siendo sacrificados por cazadores furtivos que cruzan las fronteras y se adentran en los bosques tropicales, prueba de que en ningún lugar de África los elefantes están seguros.

En los últimos años, 10,000 elefantes en Gabón han sido aniquilados, algunos derribados por cazadores pobres que recorren la selva con armas oxidadas y están dispuestos a que les paguen con sacos de sal, otros abatidos en masa por pandillas criminales que rebanan los rostros de los elefantes con sierras eléctricas. Las cárceles de Gabón están llenas de cazadores furtivos y traficantes de marfil de poca monta, hombres y mujeres menesterosos como Therese Medza, peluquera en una aldea que fue arrestada hace unos meses por vender 20 kilos de colmillos.

“No tenía idea de que fuera ilegal”, dijo Medza, casi convincentemente, desde la cárcel central en Oyem, en el norte. “Me dijeron que los colmillos los encontraron en el bosque”.

Se embolsó unos 700 dólares, mucho más de lo que regularmente gana en un mes, y la razón por la que lo hizo era sencilla, dijo. “Tengo siete hijos”.

Parece que los elefantes de Gabón están quedando atrapados en un cepo mortal entre un deseo al parecer insaciable de marfil en Asia, donde algunas personas pagan hasta mil dólares por medio kilo, y cazadores y traficantes desesperados en el centro de África.

Es una historia de tentación – y explotación – y demuestra que el problema no es solo la demanda, sino también la oferta. La pobreza, así como la codicia, está matando a los elefantes de África.

En todo el continente, decenas de miles de elefantes están siendo cazados furtivamente cada año en lo que está surgiendo como una de las crisis de la vida silvestre más graves en décadas. Los elefantes de Gabón están entre los últimos de los raros elefantes de bosque, una subespecie o posiblemente una especie totalmente distinta (los científicos no se pueden poner de acuerdo), lo cual eleva particularmente lo que está en juego aquí. Los elefantes de bosque son más pequeños que sus primos de la sabana y tienen un marfil rosado más atractivo y extraduro que es especialmente apreciado.

Hace unas décadas, había quizá 700,000 elefantes de bosque vagando por las selvas del centro de África. Ahora quizá haya menos de 100,000, y alrededor de la mitad de ellos viven en Gabón.

“Estamos hablando sobre la supervivencia de la especie”, dijo Lee White, el jefe de origen británico de los parques nacionales de Gabón.

En junio, el presidente de Gabón, Ali Bongo, desafiantemente prendió fuego a una pirámide de 4,536 kilos de marfil para insistir en el argumento de que el comercio de marfil era censurable, una demostración pública de resolución que Kenia ha dejado en el pasado. Tomó tres días que todo el marfil se quemara, y aun después de que los últimos colmillos quedaron reducidos a brasas brillantes, policías vigilaron cuidadosamente las cenizas. El polvo de marfil se valora en Asia por sus supuestos poderes medicinales, y a los agentes les preocupaba que alguien pudiera tratar de llevarse las cenizas y venderlas.

Algunos países africanos, como Zimbabue y Tanzania, están sentados sobre pilas multimillonarias de marfil (regularmente procedente de confiscaciones hechas por las autoridades o de elefantes que murieron por causas naturales) que algún día pudiera ser legal vender. Gabón puede darse el inusual lujo de quemar su montaña de marfil porque tiene una fuente aún más rentable: 2,000 millones de barriles de petróleo crudo.

Pero no está claro cuánto tiempo continuará Gabón como este rincón de África relativamente próspero y políticamente estable. Los manifestantes recientemente empezaron a criticar al régimen de Bongo, diciendo que manipuló la elección para asegurarse de suceder a su padre, quien murió en 2009 después de 41 años en el poder.

Pese a las políticas de conservación del país, que grupos defensores de la vida silvestre dicen están entre las mejores de África, los leñadores se adentran cada día más en el bosque tropical, derribando árboles colosales, arrastrándolos con cadenas y embarcándolos por caminos que conducen a donde viven los elefantes.

El creciente resentimiento hacia el gobierno está socavando los esfuerzos de conservación también, pues los aldeanos se quejan de no ver ni rastro del dinero del petróleo y dicen que Bongo no debería aleccionarlos sobre la caza furtiva para ganarse la vida.

La aldea de Bitouga es un caso de estudio sobre la amargura a unas cinco horas de distancia del pequeño centro administrativo de Oyem, a donde se llega sólo después de una sudorosa caminata por la selva y un precario viaje en canoa por un río tan rico y tiznado de tanino que el agua es casi negra.

La gente de Bitouga vive en rústicas casas de listones de madera con pisos de tierra. No tienen electricidad ni agua potable, lo cual los aldeanos dicen es un escándalo en un país con un producto interno per cápita de 16,000 dólares, uno de los más altos en África.

Los niños comen orugas del tamaño de un pulgar, cocinados en enormes tinas, porque hay poco más que comer. Muchos de los hombres tienen los ojos inyectados de sangre y pasan las mañanas sentados en el sueño, mirando al espacio, apestando al brebaje amargo y fermentado de fabricación doméstica.

Durante generaciones, la gente de Bitouga, que son del grupo étnito Baka, han vivido de la caza en sus bosques ancestrales.

“La carne de elefante es muy buena”, dijo Jean-Paul Ndangbifele, remando río arriba en su canoa. “Muy similar a la carne de res”.

Pero ahora se les ha ordenado que dejen de cazar elefantes y otros animales en peligro. Funcionarios dijeron que varios cazadores Baka habían pasado por la prisión de Oyem, en ocasiones acusados de matar elefantes por tan poco como un saco de sal, que es demasiado cara para que se la puedan permitir los Baka. Los cazadores Baka dijeron que rutinariamente se les acercaban hombres bien vestidos con armas de fuego que los invitaban a “trabajar juntos”.

“Lo primero que un servidor público hará cuando al ser enviado a Minvoul”, una localidad cercana, “es comprar un arma y empezar a patrocinar cacerías de elefantes”, dijo Marc Ella Akou, un oficial de inventario del Fondo Mundial para la Vida Silvestre (WWF, por sus siglas en inglés) en Gabón.

Las autoridades internacionales dicen que el comercio ilícito de marfil está dominado por pandillas tipo mafia que compran a funcionarios locales y organizan enormes embarques secretos para trasladar los colmillos de los rincones más apartados de África hasta talleres en Beijing, Bangkok y Manila, donde son tallados para hacer separadores de libros, aretes y estatuillas.

Pero a menudo el primer eslabón en esa cadena es un cazador andrajoso, alguien como Mannick Emane, un joven en Bitouga. Conocedor del bosque, fue entrenado casi desde nacer para seguir los rastros y el juego del acecho, y estaba fumando ociosamente un cigarrillo que acababa de encender con un tronco encendido.

“La vida es dura”, dijo. “Así que si alguien nos va a dar la oportunidad de ganar buen dinero, vamos a aprovecharla”.

Buen dinero, dijo, eran unos 50 dólares.

Su amigo Vincent Biyogo, también cazador, asintió mostrando su acuerdo.

“Cuando nací”, dijo, “soñé con una vida mejor, soñé con conducir un auto, ir a la escuela, vivir como un ser humano normal”.

“No esto”, añadió serenamente, mirando a una olla de orugas hervidas. “No esto”.

 

Miles de elefantes muertos

Hace unas décadas, había quizá 700,000 elefantes de bosque vagando por las selvas del centro de África. Ahora quizá haya menos de 100,000, y alrededor de la mitad de ellos viven en Gabón.

 

Marfil atractivo

Los elefantes de bosque son más pequeños que sus primos de la sabana y tienen un marfil rosado más atractivo y extraduro que es especialmente apreciado.

 

 

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