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Es una historia de casualidades y de perseverancia la que ha llevado a Jordi Granados, un pequeño empresario barcelonés, a construir la antorcha olímpica que este jueves se paseará por las calles de Río de Janeiro.

"Sí, fue un milagro ganar el concurso", ha dicho el emprendedor a EFE. Un concurso en el que se midió, entre otros rivales, frente a una empresa que se dedica a fabricar componentes para misiles o contra una de las grandes empresas gasísticas mundiales, que tiene hasta un departamento dedicado a la construcción de antorchas olímpicas.

Su punto de partida era otro. Todo empezó cuando el mundo se le vino abajo a Jordi Granados hace cuatro años. Su empresa, Awa-Premis, que vivía de la fabricación y diseño de trofeos deportivos, estaba al borde de la quiebra, después de que sus clientes, principalmente federaciones y clubes deportivos, sintieran en sus propias carnes el peso de la crisis y los impagados se acumularan sobre su mesa.

"Llegado a este punto, con unas deudas de más de 50.000 euros, decidí pensar a lo grande. ¿Y qué es lo más grande a lo que podía aspirar? Pues fabricar la antorcha olímpica", insiste Granados.

Su primera idea era, sin embargo, optar al diseño, pero las condiciones del concurso le resultaban inviables y acabó ganándolo la firma Chelles y Hayashi. Se puso manos a la obra y en unos días recibió el pliego de condiciones para la fabricación, un manual de 140 páginas con todas las especificaciones.

"Había condiciones como que la llama tenía que tener un color especial, ser visible desde 200 metros, poder encenderse a 3.000 metros de altura, que pudiera resistir ráfagas de viento de 120 kilómetros hora e incluso rachas de lluvia", comenta.

Sin infraestructura, Granados buscó una serie de socios para esta aventura, como la Universidad Politécnica de Cataluña (UPC); Kromschroeder, una empresa que diseñó el sistema de combustión de la antorcha de los Juegos de Barcelona; Recam Láser (recorte de piezas metálicas) y finalmente Taurus, cuyo papel fue determinante.

En las primeras reuniones, la incertidumbre llevó a alguno de los implicados a no tener demasiada fe en el proyecto y llegaron a regalarle a Granados un libro titulado: "Brasil no es para principiantes".

Cuenta ahora el empresario que todo se pudo venir abajo cuando desde la organización brasileña le llamaron para decirle que el proyecto necesitaba visibilidad y presencia en Brasil. Entonces es cuando Taurus, con su presidente Ramon Térmens al frente, avaló el proyecto con su fábrica de componentes de más de 150 trabajadores en Brasil.

El sueño, o el milagro como dice Granados, se concretó con la entrega de las 14.680 antorchas, un negocio de 5,8 millones de euros "No es solo un negocio de dinero, sino se trata de vender Barcelona por todo el mundo, eso es lo que me hace más ilusión", insiste.

Ahora Granados quiere innovar en el sector, ya ha patentado un nuevo sistema de combustión química, y quiere dedicarse plenamente al desarrollo de las antorchas olímpicas. De hecho, entre sus futuros potenciales clientes se encuentra la organización de los Juegos de invierno de 2018 (Pyongyang) y de verano de 2020 (Tokio).

"Mi idea es crear una industria potente en Barcelona y que se fabrique cada vez mejor la antorcha olímpica", insiste Granados, un emprendedor que dejó la carrera de Derecho en primer curso y empezó vendiendo enciclopedias puerta a puerta.

Insiste el empresario que la innovación es muy importante en este sector y por eso desde el primer minuto quiso contar con la ayuda de la Universidad.

Además se necesitaba un túnel del viento para la homologación de la llama y aquí es donde entró en contacto con Esteve Codina, catedrático de la UPC, que está al frente de LABSON (Laboratorio de Sistemas Oleohidráulicos y Neumáticos).

"Tenemos un pequeño túnel de viento, imprescindible para probar que la llama resistiera vientos de hasta 120 kilómetros hora y una determinada cantidad de lluvia", asegura a EFE Codina.

Empezaron a probar con pequeños prototipos teniendo en cuenta las mil y una especificaciones que determina el Comité Olímpico Internacional (COI) para la antorcha y que incluyen hasta el tamaño y el color de la llama.

"Contactó con nosotros Kromschroeder - una empresa que se dedica a la eficiencia energética y al gas- y empezamos los ensayos en laboratorio", asegura.

Codina cuenta que el proyecto no presentó grandes dificultades y que en medio año estuvo listo. "El primer informe se elaboró en el verano de 2015, a finales de año ya estaba concluido", ha comentado.

En este tiempo Awa-Premis ha crecido poco. Además del trabajo de Granados y el de Miquel Planas, el escultor-diseñador de sus proyectos, ahora cuenta con un comercial y con una persona dedicada exclusivamente a la antorcha olímpica. "Esta experiencia es un sueño que se ha hecho realidad y espero que pueda ayudar a alguien más", insiste Granados.

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