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Primero llegó Coca-Cola, luego los policías antidisturbios, luego la llama olímpica y finalmente el corredor que se bajó el short: el recorrido de la antorcha olímpica por Rio no podía ser nunca aburrido.

La llegada de la llama olímpica a Rio de Janeiro el miércoles luego de una odisea por Brasil comenzó de forma cuidadosamente cronometrada.

Oficiales de la marina en uniformes blancos cruzaron la Bahía de Guanabara en un barco a remo, cargando a bordo a uno de los héroes de la vela olímpica brasileña que entregó la llama al alcalde Eduardo Paes. El alcalde corrió un breve trecho con la antorcha y luego bailó samba en vivo.

Pero cuando la llama que encenderá la pira olímpica el viernes en la ceremonia inaugural comenzó a pasar de mano en mano y el recorrido se adentró en la ciudad las cosas se pusieron más salvajes.

Cuando la procesión llegó al exterior del Museo de Arte de Rio había cientos de personas en las veredas. Para muchos que no tienen suficiente dinero para comprar ingresos, esto es lo más cercano que habrán estado de la fiesta olímpica.

Lo primero que la multitud excitada encontró no fue la antorcha sino dos grandes camiones de Coca-Cola con jóvenes que entregaban muestras gratis del refresco criticado ampliamente por estar detrás de la epidemia global de obesidad.

Luego fue el turno de la policía. Llegaron en automóviles, con sus rifles apuntando fuera de las ventanas. Llegaron en motocicletas con rifles cruzados en el pecho como vaqueros del oeste estadounidense. Y llegaron en varias hileras a pie, vistiendo cascos y armaduras negras como si se dirigieran a un disturbio, no a una celebración.

Pero en el momento en que apareció la llama, comenzó la fiesta.

Los fans trataban de correr junto a ella, y los policías antidisturbios se apretaban hombro con hombro para no ser separados. Silbidos y aplausos llovían de ventanas y balcones.

Casi no había lugar para nadie en las angostas calles de casas semidestruidas pero pintorescas.

El músico Tarcisio Cisao, vestido con los obligatorios short y camiseta blancos de los cargadores de la antorcha, la atrapó y la tensión subió otro escalón.

Una banda con músicos que tocaban la trompeta, el trombón y tambores apareció y Cisao despertó muchos vítores al bailar en las calles con la antorcha elevada sobre su cabeza.

Y luego se bajó el short.

A pesar de que el alcalde de Rio insiste en que los Juegos Olímpicos han transformado la ciudad para mejor, muchos están descontentos con lo que ven como una cara distracción durante la recesión del país y la casi bancarrota del gobierno del estado de Rio.

Otros no soportan que la presidenta Dilma Rousseff, suspendida en mayo, muy posiblemente sea destituida por supuesto maquillaje ilegal de las cuentas públicas, y que haya sido reemplazada por su enemigo Michel Temer, el presidente interino de Brasil.

Cisao es uno de ellos.

Se bajó sus shorts de cargador de la antorcha olímpica y quedó con una minúscula tanga de leopardo. En sus nalgas se leía en grandes letras la inscripción "FUERA TEMER".

"Es un golpe de Estado", dijo a la AFP Cisao, un moreno de 31 años y largos cabellos atados en una cola de caballo, luego de que fue apartado por la policía y la antorcha pasó al siguiente corredor.

El actor Daniel Galvao, que participaba de la banda callejera que tocaba mientras Cisao corría, dijo que el 'happening' tenía como objetivo avergonzar a Temer y protestar contra lo que llamó la "fachada" de las Olimpíadas.

Muchos comparten esa amargura.

"De una manera las Olimpíadas son buenas para Brasil para ayudar a desarrollarnos, pero el país está muy triste, lleno de violencia y desempleo", dijo Carlos Roberto, un obrero portuario de 56 años. "Uno va a un hospital y no puede hallar a un médico o medicinas".

Cuando la antorcha y su entorno desaparecían, lo mismo ocurrió con la excitación, dejando en el mejor de los casos sentimientos encontrados.

"Traerá cierta felicidad, sí lo hará", dijo la farmacéutica Edna Carla Assis, de 31 años, luego de ver el paso de la antorcha desde su comercio. Luego su cara cambió.

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