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Con sus gigantescos brazos abiertos y su mirada iluminada, esa escultura del Cristo Redentor realizada por el francés Landowski, que se empina en la cresta del cerro del Corcovado, con visión hacia todos los rincones de Río, recibe emocionado hoy a la multitud de atletas que en busca de la gloria se lanzarán tras las medallas al abrir oficialmente sus puertas los Juegos Olímpicos, sin Lula, que aseguró la sede, y sin Dilma, que les dio forma.

La máxima expresión del deporte de alta competición vuelve a atraparnos con una serie de retos a lo imposible. ¿Un “tiburón” capaz de ganar ocho medallas de oro con siete marcas mundiales, como lo hizo Michael Phelps en la pileta humeante de Beijing? Tiene que ser uno de esos robots que son construidos en la Universidad Humbolt en Berlín, no un ser humano; un proyectil capaz de tragarse los 100 metros en 9.58 segundos y devorar los 200 en 19.19 no lo han terminado en la NASA. Improbable darle forma a una fotocopia de aquel Usain Bolt visto en los Mundiales de Berlín, en el 2009. No creo que ocho años después de su explosión “marca” Vesubio en Beijing, Bolt sea capaz de seguir borrando cifras.

ESPECTACULO ÚNICO

Ya lo he dicho, pero bien vale la pena repetirlo hoy: cubrir unos Juegos Olímpicos tiene que ser lo máximo para un cronista deportivo. Puede que no provoquen el impacto concentrado de una Copa del Mundo de Futbol, pero para mí son más intensos, apasionantes, instructivos y espectaculares. Cierto, no hay día libre, pero ¿quién piensa en eso frente al vértigo de lo fantasioso?

Así que, para un cronista de deportes, el cielo es un sitio donde se puede ver correr hoy a Usain Bolt frente a Justin Gatlin, un esperado doble duelo en 100 y 200 metros después del 10 de agosto; estar pendiente de ver a los “monstruos” de la NBA encabezados por Kevin Durant, Kyre Irving, Klay Thompson, Drymond Green y Carmelo Antony, aun lamentando las ausencias de LeBron James, Stephen Curry y otros; no perderse las balaceras entre los mejores pistoleros de tenis de mesa del planeta y estar observando al perfeccionista Novak Djokovic persiguiendo el oro; salir cobijado de asombro de la pileta olímpica viendo caer marcas frente a la furia de Lochte, Leclos, McEvoy, Larkin y lo que queda de Phelps.

IMÁGENES IMBORRABLES

He estado en cinco Juegos Olímpicos (1976, 1984, 1992, 1996 y 2000) y hay imágenes que nunca se borrarán del disco duro de mi memoria, como las de aquel fabuloso Alberto Juantorena ganando 400 y 800 en Montreal, una proeza irrepetible; el accionar electrizante de Oscar de la Hoya y la grandiosidad de Michael Jordan con el equipo soñado de la NBA en Barcelona; la presencia extraterrenal de Carl Lewis y la gracia de Mary Lou Retton en Los Ángeles; la destreza de André Agassi, la perfección de Nadia Comanecci; ver al torpedo Ian Thorpe en Sídney; los relampagueantes Donovan Bailey y Michael Johnson en Atlanta; el emotivo triunfo de Cathy Freeman, la inmensidad de Ben Sheets blanqueando a Cuba, la proeza de Camerún derrotando a España en futbol o el cierre en  10,000 metros como el ofrecido por Gebrselassie para derrotar a Paul Tergat.

Ese es un coctel explosivo para cualquier cronista,  todo lo mejor del deporte mundial frente a nuestras narices en una sucesión casi frenética de eventos mientras récords son derribados. Las Copas del Mundo producen un mayor impacto promocional y levantan polvaredas, pero no hay tanta grandiosidad junta, como la que ofrecen unos Juegos Olímpicos. En la cima del Corcovado, el Cristo estará pendiente.

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