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La playa de Copacabana es uno de los puntos turísticos más famosos de Río de Janeiro, debido en parte a los cuerpos esculturales que la abarrotan cada día y que prueban su estrecha relación con el deporte, sobre todo con el voley playa, que tendrá su casa en estas arenas durante los Juegos Olímpicos.

A lo largo de sus más de cuatro kilómetros de extensión se pueden encontrar numerosas facilidades deportivas para ejercitar los músculos, porterías en las que practicar a duras penas un fútbol descafeinado debido a la ondulación del terreno y, por supuesto, redes para practicar uno de los deportes más emblemáticos de Brasil: el voley playa.

"Creo que es excelente jugar aquí, con este ambiente de playa, con la brisa del mar y tantas personas haciendo ejercicio", señaló a Efe Fabio, un joven ingeniero que vive en este barrio de clase media alta carioca y que, según comenta, comenzó a practicar este deporte hace sólo algunos meses.

Este sensual deporte y el nombre de Copacabana se entrelazan desde hace décadas en el imaginario popular, no ya de Brasil sino del mundo entero.

Sin embargo, en contra de lo que piensa casi todo el mundo, el Voley Playa no tiene sus orígenes en Brasil, sino bastante más al norte, en la cálida costa de la ciudad de Santa Mónica, en el soleado estado de California.

Fue allí donde, en los años veinte, los hijos de las acaudaladas familias que allí vivían encontraron en esta suerte de voleibol de andar por casa una divertida forma de matar el tiempo durante los largos días de verano.

Tuvieron que pasar más de sesenta años para que este deporte, en el que dos parejas se enfrentan separadas por una red, obtuviera el reconocimiento definitivo, cuando en 1987 tuvo lugar el primer Mundial de Voley Playa autorizado por la Federación Internacional de Voleibol (FIVB).

Es en ese momento cuando el deporte playero por excelencia y la Ciudad Maravillosa establecieron esos fuertes lazos que aún hoy les unen. También fue en ese momento cuando se hizo oficial la gran rivalidad deportiva entre los Estados Unidos y Brasil, las dos potencias que dominan con claridad este deporte.

Esa rivalidad quedó plasmada en los Juegos de Atlanta 1996, los primeros en los que el voley playa pasó a ser un deporte olímpico, ya que mientras que la pareja brasileña formada por Jackie Silva y Sandra Pires se proclamó campeona del cuadro femenino, la dupla estadounidense compuesta por Karch Kiraly y Kent Steffes hacía lo propio en el masculino.


El primer gran contacto en los años ochenta entre el voley playa y las arenas cariocas tuvo lugar en la vecina playa de Ipanema.

Desde hace años, sin embargo, el hogar del voley playa está en Copacabana; un vínculo que alcanzará su momento de mayor esplendor a partir del sábado, cuando la arena allí instalada con motivo de los Juegos de Río 2016 acogerá hasta 12.000 asistentes cada día para presenciar algunos de los 68 partidos que se disputarán durante las justas olímpicas.

La cuadra olímpica es en estos momentos la principal cancha de voley en las arenas de Copacabana, pero no es la única, ni mucho menos. Cientos de postes a lo largo de toda la playa invitan a colocar una red para disputar una partida con los amigos.

"Hace cuarenta años el ayuntamiento instaló algunos postes y eligió a sus responsables y ahora son sus hijos los que coordinan los nuevas canchas", comentó a Efe Carolina, una joven abogada carioca que durante los fines de semana se encarga de dirigir una de estas informales canchas.

Este sábado Carolina asistirá al debut de la dupla brasileña, compuesta por Agatha Bednarczuk y Barbara Seixas, que se enfrentará a las checas Marketa Slukova y Barbora Hermannova en la Arena Olímpica, para "animar a Brasil", con la esperanza de que este país consiga en sus Juegos una de las medallas más anheladas por el público local.

Con la presencia de Talita Antunes y Larissa França, como principales referencias en el cuadro femenino, y de Bruno Schmidt y Alison Cerutti, en el masculino, los brasileños sueñan con un oro que con seguridad sería tan memorable como aquel conseguido en Silva y Pires hace ya veinte años. 

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