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Muchos 'skaters', que no se consideran deportistas, se rebelan contra la decisión de incluir el skateboard en el programa olímpico para 2020, temerosos de que ello les haga perder su libertad y su capacidad de disfrutar más allá de las normas.

Son casi 7.000 los que han firmado una petición lanzada hace unos meses y que se ha visto reimpulsada en los últimos días, desde el anuncio por el Comité Olímpico Internacional (COI), el miércoles, de la entrada del skate en los Juegos.

La gran máquina del COI se ha visto sacudida por el potencial mediático y el marketing de esta práctica, muy creativa y que capta el interés de muchos jóvenes.

Pero la mayor parte de los fanáticos del monopatín no ven la inclusión olímpica con buenos ojos.

"El skateboard no es un deporte y no queremos que el skateboard sea explotado y transformado para entrar en el programa olímpico. Creemos que la participación olímpica cambiará la cara del skate y la libertad que procura, para siempre", dice el texto de la petición.

Prioridad: pasarlo bien

En el pequeño mundo del skate, que se divide entre la calle, el bowl (una especie de piscina redonda) y los skateparks, muchos estiman que es incompatible con unos Juegos Olímpicos.

"La base del skate es pasarlo bien con los amigos. Es una cultura, una religión en la que hay gente que fuma y que bebe cerveza mientras patina. Será un gran combate convertirlo en deporte", explicaba recientemente el francés de 18 años Martin Le Clair, con motivo de la Sosh Freestyle Cup en Marsella.

Tristen Moss es un estadounidense de 24 años que vive en California, centro neurálgico de la industria del skate. Rechazará ir a los Juegos Olímpicos si se lo proponen.

"El skate es en la calle, rodeado de casas", estima, "sin preocuparse por hacer el mejor 10" y simplemente centrándose en disfrutar.

Los 'skaters' no se entrenan y cuando practican, muchos todos los días, es sin protección como casco o rodilleras, que no son lo mejor para un estilo "cool". Su filosofía: haz lo que quieras, cuando quieras, donde quieras.

"Tomas el monopatín, sales fuera y ya está, ya estás haciendo skate. No necesitas equipación, haces sólo lo que tienes ganas", cuenta Jack Given, un estadounidense de 25 años que vive entre el skate y su trabajo en la música.

Mala imagen

El joven de San Francisco sólo ve un interés de negocio en la decisión del COI, que recibe con una sonrisa: "No funcionará, ¡nunca se superarán los controles antidopaje!".

No todos beben o fuman en esta 'comunidad'. Algunos no comprenden ese movimiento de rechazo a la inclusión olímpica, una oportunidad de cambiar su mala reputación.

"Esto puede cambiar esa imagen de fumadores, de drogatas", afirma el joven francés Vincent Matheron, que no fuma ni bebe.

Existen circuitos de competición, creados por grandes marcas implicadas en los deportes extremos. A muchos 'skaters' les gustan porque eso les permite viajar y encontrarse, con el objetivo para muchos de convertirse en profesionales.

El más conocido de ellos es el estadounidense Tony Hawk, una leyenda, que se posicionó en contra de la inclusión olímpica. Tiene 48 años.

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