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MIS SEXTOS JUEGOS. Podría haber titulado “De Juantorena a Bolt”. Así graficaría mi paso por seis Juegos Olímpicos entre 1976 en Montreal y este 2016, mientras voy volando hacia Río de Janeiro. Voy tras Bolt, tan emocionado como lo estaba en Los Ángeles 1984, presenciando una sesión de entrenamiento del ganador de cuatro oros, y más consistente saltador largo de la historia, Carl Lewis… Objetivamente, no podría ir tras Bolt. Cuando entrenaba con mis compañeros en el Ramírez Goyena, admirando al amigo Francisco Tercero, quien fue campeón colegial de los 100 metros, con dificultad, trataba de bajar los 14 segundos. ¿Se imaginan eso? Podría haber retado a una tortuga artrítica y perder. 

ESTOY BROMEANDO. No, definitivamente nunca fui una fotocopia de Bolt… El esprínter jamaiquino, considerado con la certeza avalada por sus cifras como el mejor de la historia, debe correr su tercera final olímpica en los 100 el 14 de agosto. Obviamente ahí estaré. He visto ganar la más excitante prueba de los Olimpiadas a Hasley Crawford, Carl Lewis, Linsford Christie, Donovan Bailey y Maurice Green, y el domingo, podría estar viendo a Bolt no solo contra Gatlin, sino contra el mundo en busca de su tercer oro olímpico en la distancia. No creo que a esta altura, pueda amenazar su increíble marca de 9.58 segundos establecida en el Mundial de Berlín, 2009. Sería una exageración. 

NO PARPADEAR. He visto cinco finales olímpicas de 100 metros, sintiéndome tan nervioso en cada una de ellas, como si me encontrara en el Palacio de la Ópera perseguido por el fantasma. Para todo esprínter, los minutos, las horas, los años de adiestramiento, se diluyen en 10 segundos, o menos... Todo es demasiado rápido y una falla, por muy pequeña, resulta mortal. Pregúntenselo al cubano Silvio Leonard, quien permitió que Allan Wells le sacara la medalla de oro del bolsillo en los Juegos de Moscú hace 36 años... Se atrevió a lanzar un vistazo sobre sus rivales, y Wells desde un carril exterior, se le metió por la puerta de la cocina. Leonard no pudo conseguir una segunda oportunidad.

SOBRE LAS BRASAS. Cuando en 1996 en Atlanta, el sonido del balazo llegó hasta nosotros, las imágenes de los ocho competidores se habían convertido en algo borroso. Vi a Frederick, hombro a hombro con Mitchell mientras Bolton se adelantaba, pero el flash fue Bailey, quien pareció no tocar nunca la pista con la suela de sus pinchos. Más que volar, daba la impresión de estar desplazándose descalzo sobre carbones encendidos sin quemarse los pies. En todo instante, Bailey fue un fogonazo cegador, y haciendo saltar los cronómetros con un tiempo de 9.84 segundos, estableció la nueva marca mundial… Eso es lo que espero volver a vivir el domingo, en lo que pueden ser mis últimos Olímpicos como cronista. 

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