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Dos medallas de oro en una hora y diez minutos. No puede ser posible cuando tienes 31 años, te encuentras en tus cuartos Juegos Olímpicos y enfrentas el reto de una chavalada. Pero Michael Phelps es capaz de eso derrotando al desgaste y sometiendo la edad.

En los 200 mariposa no era el mar, sino la pileta humeante de Río, cuando Michel Phelps extendió su mano y se lanzó al agua sumergiéndose en proyección, y después del primer giro, se convirtió en un tiburón desesperado tras el húngaro Laszlo Cseh, un estorbo en la pretensión gigantesca de obtener una nueva medalla de oro, ahora sin compartir esfuerzos, estrictamente como mérito propio, una exigencia de su orgullo. Phelps, acelerando a fondo, como intentando ascender al cielo antes del desvanecimiento del arco iris, dobló en los 100 metros con registro de 53.35 segundos, y en los 15,0 con 1 minuto 22.68 segundos, presionado por cinco insistentes, amenazando con fuertes cierres como el de Kendersi la noche anterior en semifinales. Esta vez fue diferente, Phelps no cedió. Apretó la posibilidad de concretar la proeza con sus dientes, agitó más los bombeos de su corazón, y el resoplar de sus pulmones provocaba truenos. El fenomenal nadador logró imponerse con 1:53.36 para asegurar su medalla de oro número 20, algo que ridiculiza el asombro. ¡Qué espectáculo! 

ATRASO EN LA SALIDA 

Con el quinto tiempo de reacción en la salida, ganada por el japonés Seto en la pista 2, Phelps fabricó una temprana preocupación por la envergadura y juventud de sus rivales. Antes de la prueba cumbre del super astro de Baltimore, Chad LeClos había dicho que Phelps ya no era el mismo -como si eso fuera un hallazgo-, y que sus opciones de vencer eran limitadas. Sin embargo, un Phelps próximo a lo inconmensurable partió el agua despejando el carril 5, superando al húngaro Tamas Kendersi y al sudafricano Chad Le Clos, temibles rivales, que zumbaban en las pistas 4 y 6, intentando destrozarle el sistema nervioso esperando la natural pérdida de energía, y también al japonés Sakai, ganador de la plata.

EL GRITO DE ¡AQUÍ ESTOY!

Los sufrimientos no envejecen, ni los encantamientos. Entre la multitud de imágenes dotadas de la más admirable nitidez y vivacidad, ahí estaba Phelps, ebrio de satisfacción, hinchado de orgullo, moviendo sus manos hacia las tribunas, pensando en lo que dijo Le Clos y gritándole en silencio: ¡Aquí estoy, en el lugar de siempre! Sus ojos mostraban un brillo especial, ese que caracteriza a los diamantes. Su grandiosidad no alcanzaba en la pileta de sus proezas. Era más ancha y más profunda. Y cuando escuchaba el himno, la emoción lo estrangulaba. De pronto, una ancha sonrisa. Obviamente estaba recordando el impresionante cierre. No veía a Sakai en el carril 7, pero sentía a Kendersi y LeClos y recordaba la noche anterior. No, no volvería a ceder. No le arrebatarían el botín. Primero haría estallar su corazón. Su último zarpazo, con esos dos brazos viniendo desde arriba para partir el agua, fue con el alma, como un Neptuno. ¡Qué momento más grandioso!

La noche no había terminado para Phelps. Una hora y diez minutos después estaba cerrando el relevo 4 por 200, aprovechando la ventaja proporcionada por Connor Dwyer, Francis Haas y Ryan Lotche, resistiendo la embestida del británico James Guy. La medalla de oro número 21, casi descartada en los cálculos previos. Esta mañana, Phelps fue visto muy temprano nadando contra el mundo, preparándose para otra prueba, como si fuera un chavalo hambriento de fama y de medallas olímpicas.

  • 21 medallas de oro acumula el nadador estadounidense Phelps en Juegos Olímpicos, de las cuales 14 son individuales.

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