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  • AFP

Los gritos de los miles de espectadores alertaban que estaba pasando algo histórico. Un acontecimiento que ocurre unas pocas veces en la vida. Brasileños, neozelandeses... todos celebraban el oro y el récord del mundo del equipo británico de persecución, que coronaba a Bradley Wiggins como el más grande del ciclismo en pista y de su país.

Y es que con esa medalla, Wiggins sumaba ocho en total (cinco oros, una plata y dos bronces) y se convertía en el británico, así como en el pedalista, con más preseas de la historia, por delante de Chris Hoy, quien se quedó en siete (seis oros y una plata).

Gran Bretaña, que ya había batido el récord en la primera fase, superó a los australianos en la final con un tiempo de 3:50.265, a una velocidad media de 62.536 km/h.

Dinamarca fue bronce con un tiempo de 3:53.789 al ganar en el tercer y cuarto puesto a Nueva Zelanda por casi tres segundos (3:56.753).

Pero, a pesar de todo, los británicos no lo tuvieron nada fácil. Australia dominó la prueba en los primeros 1.000 m (de un total de 4.000). El abarrotado velódromo se ponía en pie. Unos miraban a otros como diciendo: "tranquilos, es su táctica". Total, los británicos sólo cedían tres décimas en ese punto.

La incertidumbre se tornó en incredulidad más o menos a la mitad de la prueba. Aullaban en busca de la reacción europea pero ésta no llegaba. El paso por los 2.000 m no mejoraba la situación ni el ánimo de los presentes.

De tres se había pasado al doble... y ya no quedaba tanto tiempo para la reacción.

Pero los grandes campeones lo son también porque saben administrar las dosis justas de heroicidad a sus gestas. Incluso de drama. Cada vez quedaba menos distancia para el pistoletazo final y el margen era cada vez más amplio.

Cuando Wiggins y compañía vieron que perdían siete décimas y sólo les quedaba un kilómetro, aceleraron el paso. De siete a tres. El velódromo explotaba. Todos en pie, abrazados y celebrando. Llegados de todas las partes del mundo, querían a los británicos en lo más alto del podio. Lo exigían a gritos. De 3 a 2. El estadio temblaba, los periodistas no podían mantenerse quietos en sus sillas. De 2 a 1.

Y así, en los 3.000 m, estaban casi empatados. A falta de dos vueltas al exuberante óvalo de Rio, con madera importada desde la mismísima Siberia, Gran Bretaña se puso por delante por primera vez y, medio kilómetro después, cruzaban la línea por delante, con una ventaja cercana al segundo (+0.743).

Se había mascado la tragedia pero los británicos le habían entregado al público y al mundo el espectáculo que aguardaban.

Se habían coronado en la persecución masculina por equipos y habían hecho rey a Bradley Wiggins, desde este viernes el 'Sir' con más metales de la historia olímpica de su país.

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