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Ningún atleta, por muy superdotado que parezca, tiene el corazón tan grande para escapar a la muestra de sus reacciones frente al éxito o el fracaso, no siempre contrastante. Llorar los hermana a veces. Llorar es una genuina expresión de los sentimientos más profundos, esos que emergen bruscamente incontenibles, como un estallido de las emociones, las de satisfacción y las de frustración. De pronto, llorar es un refugio. Para ahogar las penas o no hacer ruido con los gritos de júbilo. Llorando frente a un espejo imaginario, todos vemos nuestro lado humano. Es lo que nos grafican los atletas.

En los Juegos Olímpicos, desde siempre, más que en cualquier otra justa deportiva, hay muchas lágrimas, como las de Novak Djokovic al ser eliminado por el argentino Del Potro, sabiendo que podía resolverlo, por ser él, el mejor pistolero del planeta, y las de Serena Williams, muy parecidas en tamaño y amargura, con su autoridad carcomida, saliendo por la puerta de atrás de estos Juegos. Sintió que su corazón se había arrugado. Son lágrimas de frustración, hasta de pesar por ellos mismos. Eran súper-favoritos y terminan deshilachados. ¿Qué es lo cierto en el deporte?

LOS CASOS DE PHELPS Y BILES

Están las lágrimas de Michael Phelps y las de Simone Biles. Ellos lloran con su orgullo hinchado, a punto de explotar como el Vesubio, o desbordarse como un río embravecido. Phelps no puede controlar sus lágrimas mirando a ese público que lo ovaciona con una admiración sin límites y llora después mientras escucha el himno y conversa solo con su corazón guerrero. Es como si él mismo estuviera estremecido por la proeza, conseguida, cuatro medallas de oro en cuatro zambullidas en finales.

Simone Biles es una jovencita que cuando se siente alumbrada por los reflectores y escucha la adhesión del público, se olvida de todas las restricciones y sufrimientos a que ha sido sometida en busca de la perfección en Gimnasia. ¿Qué importa la pérdida de la infancia si tienes tres títulos mundiales y has ganado tres oros en estos Juegos dejando al mundo con la boca abierta? Quizás piensa que tendrá tiempo de jugar con muñecas cuando se retire y refugiarse en los mimos de sus padres, sin tiempo para extrañarlos.

LLORAR DE PENA, LO MÁS DURO

Está el llanto de jóvenes jugadores de futbol de Argentina, imposibilitados de vencer a Honduras y clasificar. En principio no desean regresar a casa. No tan pronto ni golpeados por tantas críticas del desesperado periodismo gaucho. Y está el llanto de las voleibolistas de playa brasileñas derrotadas por Canadá en una batalla sin cuartel. ¡Qué pena fallarle a su gente en casa! Sienten que el piso se abre debajo de sus pies, más allá de la multiplicación de esfuerzos como lo dijo el nadador brasileño Tiago Pereira, posible medallista en 200 combinado, quien salió con las manos vacías, atrapado en los escombros de las expectativas creadas.  

Y entre las lágrimas de oro y de pena, me queda para el recuerdo, la forma como Simone Biles flota en el aire como lo hacía Michael Jordan rumbo a la canasta, y al mismo tiempo da la impresión de deslizarse sobre mágicos patines al estilo Nacy Kerrigan; y esa imagen de Michael Phelps, la misma de un tiburón hambriento masticando medallas resistiéndose al envejecimiento.

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