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Su credencial dice “Hijo de Neptuno”. Sin embargo, todos lo conocemos como Michael Phelps, “El señor de las medallas”, un nadador fuera de serie de 31 años, una edad inapropiada para seguir haciendo estragos frente a tiburones jóvenes, como lo ha hecho en estos Olímpicos de Río, riéndose de quienes vaticinaron, difícilmente conseguiría una medalla con solo su esfuerzo y, obviamente, no de oro. Quizás por eso, su gesto de retadora sencillez, como si quisiera ocultarse detrás de sí mismo después de imponerse en los 200 combinando estilos, tensando cuatro dedos de su mano derecha y presentándolos frente a las cámaras, sin quitar su mirada del sudafricano LeClos, quien llegó a decir previamente: “Este Phelps ya no es el mismo que antes metía miedo”. Al finalizar la prueba, era un abatido LeClos, que cumplió 24 años en abril, quien parecía haber envejecido, necesitando una silla de ruedas para su frustración.

Infografía AFPAquella primera señal

Phelps había enviado un aviso sobre sus proyecciones cuando, en 1999, a los 14 años, clasificó para estar con el equipo nacional de Estados Unidos y en el 2000 estaba compitiendo los Juegos de Sidney. ¿Cómo fue posible meterse en un grupo de tan elevadas pretensiones? Phelps debutó en ese evento de tanta exigencia, con solo 15 años y terminó quinto en 200 mariposa. De regreso a casa, rumbo a su cumpleaños 16, estableció su primera marca mundial. No quedaban dudas, el chavalo de llamativo futuro, era una certeza. Posiblemente, llegaría a ser un fenómeno en la pileta, aunque era muy atrevido pensar que podría ser tan grandioso, como para considerarlo incomparable, incluso con Mark Spitz, el ganador de siete medallas de oro en Munich 1972, cada una de ellas con la muesca de un récord mundial.

De Spitz pensamos en aquel momento, lo mismo que nos pasa ahora con este Phelps: ¿cuándo veremos una aproximación? Entre 1976 y el 2000, pese al estrepitoso derribamiento de marcas mundiales, no apareció en escena otro Spitz. Hasta que en Atenas 2004, Phelps golpeó ruidosamente a los incrédulos ganando seis medallas de oro y dos de bronce. Ver a ese joven de 19 años rascarle las espaldas a Spitz, provocó un oleaje de especulaciones. ¿Qué podría ofrecer en Beijing 2008? La misión imposible dejada por Spitz a las futuras generaciones, de ganar siete oros, estaba expuesta ahora al impulso de un Phelps evolucionado y en plenitud, con 23 años.

Su máxima proeza

Las ocho medallas de oro logradas por Phelps de 23 años en Beijing, durante una actuación perfecta, empequeñecieron los viejos estándares de grandeza. La proeza de Spitz había quedado atrás después de 36 años, borrada por un inconmensurable Phelps que planteaba un nuevo reto después de conseguir 16 medallas en dos Juegos, 14 de oro y dos de bronce. El “Monstruo” se presentó en Londres 2012 con 27 años, con la misma ansiedad y volvió a impactar con cuatro medallas de oro y dos de plata para totalizar 18 de oro y 22 en total. Pobre Usain Bolt, que pretende en estos Juegos volver a ganar tres preseas para acumular nueve en tres Olímpicos. La diferencia está, por supuesto, en las características de los dos deportes, el atletismo y la natación. Bolt no puede correr los 110 y los 400 con vallas, ni intentó entrar al salto largo como lo hicieron Jesse Owens y Carl Lewis. Y según sus recientes expresiones, no estará en otros Olímpicos.

La graficación de Phelps que hizo S. L. Price en Sports Illustrated, es la siguiente: 1.92 metros de elevación con pies grandes, piernas cortas, pulmones agrandados, corazón ardiente y una poderosa musculatura, es decir la estructura física perfecta para ser un nadador de época. Después de Londres, Phelps no solo se distanció de la esclavitud de los entrenamientos, sino que se vio envuelto en serios conflictos consecuencia de su adicción al alcohol y las drogas y, en cierto momento, mostró una peligrosa tendencia al suicidio. Fama y fortuna sin responsabilidades es un coctel explosivo. Una pareja y un hijo, lo que implica tener la necesaria conciencia, enderezaron el Titanic que estaba hundiéndose dramáticamente.

Del hoyo a la restauración

Salió de su retiro y decidió intentar hacer el equipo estadounidense acorralado por múltiples dudas. Igual que LeClos, en Estados Unidos no se creía que Phelps con 31 años, restaurándose, fuera capaz de conseguir el nivel de rendimiento requerido, pero en un alarde de superación contra reloj, lo consiguió y viajó a Río. No necesitaba una medalla más para ser el más grande nadador olímpico de todos los tiempos, pero estaba aquí en Río para intentarlo. No se encontraba en los planes para integrar el 4 por 100 libre, pero lo incluyeron a última hora como segundo hombre en la rotación. Desde el 2012 Phelps no había ejercitado los 100 libres, sin embargo, esa decisión fue algo más que una corazonada. Phelps registró un 47.12 segundos y colocó adelante a Estados Unidos en ruta hacia el oro. Eso fue estimulante y lo agigantó: oro en 200 mariposa, en 200 combinado y en el relevo de los 200 metros cuatro estilos. Cuatro oros, como en Londres. ¿Quién iba a imaginarlo? Una fantasía que debería haber rebotado contra el muro de la realidad.

La derrota ante el joven nadador de Singapur Joseph Schooling, compartiendo la plata con LeClos y el húngaro Laszlo Cseh, le facilitaron su medalla número 27 en la historia de los Juegos, pendiente al momento de redactar esta nota en la Sala de Prensa del parque Olímpico, su última participación en un relevo. Una historia increíble, seguramente irrepetible y naturalmente insuperable. Phelps salió prácticamente de la nada para pelear su inclusión en el equipo estadounidense con leves pretensiones, y fue más allá, como solo pueden hacerlo los superdotados.

Llamó la atención verlo con pronunciadas marcas en sus hombros, consecuencia de la aplicación de ventosas durante la realización de masajes con copas de cristal calientes. Eso mejora los músculos averiados y, por lo visto, los resultados fueron excelentes. Después de 16 años de aquel debut en Sidney con solo 15 años, Phelps se ha convertido en el más grandioso nadador desde la caída del imperio romano. Un auténtico gladiador en la pileta.

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