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Fue la primera imagen de la gimnasia en Rio. Antes de las exhibiciones de Biles y la cátedra de Uchimura, los focos temblaron con la escalofriante fractura abierta del francés Ait Said, la cara oscura de un deporte cada vez más espectacular que vive haciendo equilibrios sobre la frágil frontera del peligro.

Apenas se habían cumplido las primeras horas de competición cuando ocurrió lo peor. Después de haber firmado un gran ejercicio de anillas, que le dio el pase a la final, el gimnasta de 26 años aterrizó mal de un salto que había repetido miles de veces.

En un segundo, se le quebraron dos huesos, cuatro años de trabajo y el sueño toda una vida dedicada a un deporte que hace parecer fácil lo imposible.

Pero esa sensación de volar y burlarse de la gravedad con piruetas es una droga mucho más fuerte que el dolor de una pierna partida.

"No grité, enseguida supe que todo había terminado", contó tras ser operado.

"Había que aceptarlo, así que pensé inmediatamente en los Juegos de Tokio. No para mantener la esperanza, sino porque soy determinado. Quiero esta medalla olímpica y la conseguiré", prometió.

Destino truncado

Algo parecido le ocurre al exgimnasta colombiano Jesús Romero. Pese a que hace 14 años una caída traidora le cambió la vida, a 'Chuchú' todavía le atrapa el aroma del tapiz.

El 12 de marzo de 2002, una semana después de proclamarse campeón nacional y con el camino a Atenas ya trazado, Jesús cayó inmovilizado en la moqueta del Centro de Alto Rendimiento de Bogotá. Estaba entrenando una pirueta de su ejercicio de suelo y aterrizó sobre el cuello. Acababa de quedar cuadrapléjico.

Después vinieron 25 días en cuidados intensivos y tres meses en el hospital para tratar de estabilizar la vida de este joven de 18 años al que se le había roto el destino. Pero no el cariño a su deporte.

"Nunca le he tenido ningún rencor a la gimnasia, siempre le he tenido el mayor respeto y amor porque la llevo en las venas, es mi pasión", cuenta desde Cúcuta (noreste de Colombia) quien ahora trabaja para ir a los Paralímpicos de Tokio con la selección colombiana de bocha, tras quedarse a las puertas de Rio.

El accidente de Jesús fue un revés para el deporte de élite colombiano y el mundo de la gimnasia en general. Pero, sobre todo, para un menudo niño de la misma ciudad que comenzaba a brincar entre la pobreza para dar un día su salto olímpico.

Se llamaba Jossimar Calvo, tenía siete años, y en aquel momento quiso dejar la gimnasia. Si lo hubiera hecho, se hubiera perdido las cinco medallas que se llevó de los Panamericanos de Toronto -tres de oro- y el décimo puesto individual que logró en la final olímpica de Rio, sus primeros Juegos.

A Jesús, sin embargo, ver triunfar por televisión a quién el mismo bautizó como 'lentejita', y llegó a alojar en su casa, no le remueve el dolor de una carrera que no pudo ser.

Ahora abogado y consejero de discapacidad en su región, tardó menos de un año en volver al gimnasio donde se dejó la movilidad, a seguir desde su silla de ruedas la evolución de un deporte que en su acelerado viaje hacia la explosividad y el espectáculo le ha subido la apuesta al peligro.

"El riesgo siempre ha estado ahí, latente, pero como gimnasta lo asumes si quieres llegar a un altísimo nivel. Para estar en el top tienes que empezar a arriesgar más, pero también a ser muy consciente del peligro que estás corriendo", afirma sin resentimientos.

La evolución del peligro

Tras la gimnasia del más difícil todavía, de la explosividad de otro mundo de Simone Biles y la precisión milimétrica de Uchimura muchos ven el cambio de reglas de hace diez años, en el que la dificultad le ganó la batalla al virtuosismo.

"Recuerdo cuando Olga Korbut hizo un mortal hacia atrás en la barra de equilibrio por primera vez en 1972. Todo el mundo decía que era peligroso, que no había que hacerlo. Pero el desarrollo nos ha llevado a un doble mortal con doble pirueta y los hombres intentan el triple mortal antes de saltar: no podemos parar el desarrollo", afirmó la exgimnasta bielorrusa, y ahora miembro de la Feración Internacional, Nellie Kim en una entrevista con la AFP en Rio.

"Pero debemos estar atentos y prevenir cualquier cosa que no conduciría a un buen resultado", alertó la ganadora de cinco oros olímpicos y una nota 10, aunque un día después de que Nadia Comaneci pasara a la historia en Montreal-1976.

Seguir volando

Desde que comenzaron los Juegos también se lesionaron la brasileña Jade Barbosa, el alemán Andreas Toba o el cubano Manrique Larduet, que no pudo defender en la final su plata mundial en el concurso general al verse forzado a abandonar tras las segunda rotación.

Todos, sin embargo, reaccionaron igual: pese al dolor, querían seguir volando y sintiendo la misma adrenalina que aún no ha podido olvidar Jesús.

"Es mi deporte, cada semana me sueño haciendo gimnasia todavía, compitiendo, compartiendo escenarios con todos los deportistas que están hoy en día, con el mismo entrenador... Sigue siendo mi pasión y lo sigo llevando en las venas", asegura.

A pesar de todo, Jesús sigue volando.

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