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¿Por qué irte del escenario cuando tienes 30 años, todos los reflectores te están enfocando mientras destrozas retadores, eres lo suficientemente fuerte, te sientes motivado y puedes seguir golpeando las puertas de la historia agrandando tu inmortalidad? Eso es una tentación mayúscula en los deportes. Ahí tenemos el ejemplo de Michael Phelps, quien salió de un retiro y entró a un enderezamiento exigente, para volver a estremecer al mundo a los 31 años, una edad inapropiada en natación.

No puedo creerle a Usain Bolt el anuncio de no regresar a unos Juegos Olímpicos dentro de cuatro años. Su principal amenaza la noche del domingo fue Justin Gatlin, un corredor de 34 años, que de no ser por “el inconveniente Bolt” hubiera conseguido la medalla de oro, obviando el tiempo de suspensión por el uso de anabolizantes. Bolt precisamente tendrá esa misma edad en los Juegos de Japón. Físicamente es impresionante. Miguel Ángel estaría elaborando una escultura del “David” que reina en los eventos de velocidad pura o pintando sus finales ganadas en el techo del olimpismo.

Si Bolt gana los 200 metros, superando entre los retadores al panameño Alonso Edwards, un ganador de la especialidad en Liga de Diamante del 2015, aunque bronce Panamericano el año pasado en Toronto, no resistirá contemplar la posibilidad de seguir en el ombligo del show, y como Phelps, lo hará. No se espera de Bolt que derribe su marca increíble de 19.19 segundos, algo que pese al terrible grado de dificultad, es más viable que los 9.58 en cien metros, pero sí, que vuelva a imponerse, no solo por su confianza exuberante, sino por su extraordinaria fortaleza física y espectacular facilidad de desplazamiento en una distancia para él más favorable.

FALLÓ LA GENIAL SIMONE

La nota dramática en la jornada del lunes, en la cual la polaca Anita Wlodarczyk superó su propia marca mundial en lanzamiento de martillo, lanzando el artefacto a 82 metros con 29 centímetros, y la joven corredora de Bahréin, de 19 años, Ruth Jebet, ganó los 3,000 obstáculos con 8 minutos, 59.75 segundos, amenazando la marca de la rusa Gulnara Gakina, la excepcional gimnasta de Estados Unidos, Simone Biles, realizó un trazo equivocado en la conclusión de un “mortal”, y casi cae al piso sosteniéndose milagrosamente. De esa forma vio malograrse la posibilidad de conseguir una cuarta medalla de oro. Biles se conformó con el bronce en la barra de equilibrios, cediendo el oro a la especialista holandesa Sanne Wevers, en tanto Lauren Hernández, compañera de equipo de Simone, aseguraba la plata.

Mientras nos preparamos para la final de salto alto hoy, viendo cómo atacan los 2.45 metros del cubano Javier Sotomayor, y se espera un gran duelo entre Brasil y Suecia en el futbol femenino, preocupan las últimas tres presentaciones del equipo de la NBA, que pese a no ser el número uno en material humano disponible, debería estar ganando con comodidad, no estrangulado por la angustia. Después de vencer 98-88 a Australia atravesando problemas en su primer juego de exigencia, el equipo de baloncesto estadounidense derrotó 94-91 a Serbia y 100-97 a Francia, dejando dudas sobre su capacidad de destrucción y quedando expuesto a la inseguridad.

 

 

 

 

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