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No hay forma de ganarle. No en este mundo, ni en esta vida. Quizás en otra, si la hay.

Con un tranquilo 19.79, inferior por un suspiro al 19.78 de semifinales, Usain Bolt se metió al bolsillo la medalla de oro en los 200 metros. Lo vi desde el aeropuerto de Panamá en medio de un alboroto provocado por la presencia de Alonso Edwards en esta final. André de Grasse fue plata y Christopher Lemaitre bronce.

Aunque ya nada de lo que pueda hacer por debajo de los 9.58 y 19.19 segundos en 100 y 200 metros, sigue siendo impresionante y lejos del aburrimiento ver en acción a Usain Bolt, el proyectil de Jamaica. ¡Qué importa que su aplastante superioridad haya sepultado lo intrigante en las pruebas más rápidas de los Juegos Olímpicos, esas en las que se prohíbe parpadear! Todos sabíamos que Bolt ganaría los 200 metros, pero una vez más, él cierra sus carreras cuando el mundo se detuvo para observarlo.  ¿Se lanzaría al ataque de su marca olímpica de 19.30 segundos? No fue necesario. Al salir de la curva, era dueño de la carrera y solo se dedicó a graduar su esfuerzo. Un sprinter que con paso de semifondista es increíble. Bolt puede seguir corriendo hasta que se aburra.

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