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Tantas ilusiones imposibles de coronar, largos sueños permanentemente irrealizables, esfuerzos multiplicados y destrozados, llegaron a su fin ayer en Río de Janeiro. ¡No más! gritó Neymar, y por la vía de los penales (5-4), después de 120 intensos e inciertos minutos 1-1, con los nervios de la multitud adheridos a las butacas, por fin se hizo la luz para Brasil en el fútbol olímpico. Con un latigazo de derecha desde los doce pasos, el joven astro que milita en el Barcelona, quebró el 4-4 en la tanda de penales aprovechando la falla de Petersen, terminando con la maldición que ha perseguido a Brasil por 64 años. 

FUE UN GRAN PARTIDO

Por vez primera desde su debut en 1952 en Helsinki, el fútbol brasileño logra la medalla de oro, único título nunca conseguido. Neymar abrió el marcador con un hermoso gol de tiro libre en el minuto 27 llevando a las tribunas a un punto de ebullición, pero Alemania empató cuando Meyer en el minuto 58, culminó con un estupendo remate rasante ejecutado con pierna derecha, una maniobra de tres pases largos que desarticuló a la defensa brasileña abriendo espacios en el área, sacudiendo las redes de Wéverton. Después de dos pelotas que Alemania hizo rebotar en el travesaño y un mejor juego desarrollado por Brasil fabricando oportunidades malogradas de diferentes maneras, incluyendo una de Felipe Anderson en el minuto 106, entrando a fondo y rematando sobre la salida apropiada del arquero Horn, quien frustró la estocada.

El gol de Meyer reactivó los viejos fantasmas en el nuevo Maracaná, siempre coloso, pero nada que ver con el Monstruo capaz de recibir a 200 mil, para dimensionar más una tragedia, como la que ocurrió en 1950 frente a Uruguay. Involucrándose con buen manejo y excelente cobertura de sus espaldas, en el ritmo vertiginoso de juego que Brasil proponía y realizaba, el equipo alemán ofreció una gran demostración de cómo resistir, atento siempre a las posibilidades de rápidas proyecciones. Entre esa dinámica, se generó un fútbol muy superior al visto en la final de la Eurocopa, de todo tipo de trazados y búsqueda de espacios vacíos con claridad en las maniobras.

EL 1-1 INALTERABLE

La juventud de las dos escuadras cerró puertas al desgaste, y en la recta final de los 120 minutos, la intensidad se mantenía con Brasil mejor parado y ofensivamente más orientado, sin olvidar los sustos atravesados, consecuencia del atrevimiento alemán y su tránsito hacia el área rival con pocos pases. Brant y Bender, estrellaron pelotas en el horizontal estando atrás 0-1, en tanto Neymar, Gabriel de Jesús dos veces, Renato Augusto y Anderson, provocaron desajustes y consiguieron filtraciones necesitadas de mayor rapidez para poder escapar a los retornos oportunos y enérgicos de los alemanes que ahogaron esas opciones. De esa forma, el 1-1, permaneció firme hasta llegar a los temidos penales.

De regreso al viejo oeste, cada bombazo, un retorcimiento de los arqueros y sacudida de las redes. Desde el 1-1 abriendo Alemania hasta el 4-4. En ese momento, Weberton ataja el disparo de Nils Petersen y Neymar comenzó a desenfundar, besó el balón, lo colocó, elevó una plegaria, retrocedió, vino hacia delante, frenó, reanudó su avance y remató de derecha hacia la izquierda del arquero Horn. La pelota entró arriba, y el aullido estremeció a todo Brasil. ¡No más fracasos en el fútbol olímpico! gritó silenciosamente el crack que juega en el Barsa celebrando su estocada y rompiendo a llorar de cara al piso. El triunfo brasileño, fue merecido frente a un rival tan exigente.

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