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El pueblo de Nicaragua vivió por más de cincuenta años (1927-1979), una etapa triste de su historia política, con la noche negra del Somocismo, la cual fue profunda en persecución y represión política, desapariciones, exilio, tortura, sangre, asesinatos políticos, del genocidio fueron víctimas miles y miles de familias nicaragüenses, todo como causa y efecto de la incoación, nacimiento, crecimiento, desarrollo y consolidación de una de las brutales dictaduras militares jamás vista en nuestra América.

En ese aciago periodo al pueblo nicaragüense le fueron cercenados y conculcados sus mínimos derechos de reunión, concentración, manifestación y movilización política; de hacer peticiones, denunciar anomalías, de formular críticas constructivas a los Poderes del Estado; se atropelló el derecho de elegir y ser elegido; el derecho de organizar y afiliarse a partidos políticos con el fin de participar, ejercer y optar al poder; el derecho de libertad de conciencia, de pensamiento; el pluralismo político era inexistente; por todas esas violaciones flagrantes a los derechos humanos, es que todo un pueblo se levantó en armas, derrotando no sólo al bastión de la dictadura, la guardia nacional somocista, sino que también todo el andamiaje, cimientos y la superestructura política económica, e ideológica en que descansaba la dictadura se vino al suelo como un castillo de arena.

Como el ave Fénix, de las cenizas del sistema somocista surge una nueva Nicaragua, nace un nuevo Estado, un nuevo Ejército Nacional, una nueva Policía Nacional, aparecen otras organizaciones políticas, el pueblo se desborda en pluralismo político ideológico, los trabajadores se organizan en sindicatos; se organizan los barrios y se crean las organizaciones sociales, el pueblo se moviliza y participa activamente en los asuntos del Estado, se introducen cambios en la economía con la Reforma Agraria y Urbana, entregándose tierra a miles de campesinos pobres, se rescata la soberanía de la patria, en fin, los cambios revolucionarios son profundos, algo que nunca antes se había vivido en la historia de este país. No obstante, las transformaciones no fueron del agrado de una clase social minoritaria que cohabitó con la ideología somocista, una parte de esa clase social huyó del país, otra se quedó agazapada esperando que las condiciones políticas cambiaran, para relanzar sus ideas y los arcaicas, caducos y retrógrados valores, es decir el germen del sistema somocista en gran parte sobrevivió al naufragio.

El primer Gobierno del Presidente Daniel Ortega Saavedra (1979-1990) tuvo la posibilidad de transformar radicalmente la sociedad, construyendo una base y estructura política nueva, edificando instituciones fuertes al servicio de la nación, la fuente de derecho del nuevo ordenamiento jurídico sería una nueva Constitución Política, en la cual se delimitaría un equilibrio de Poderes de Estado, con reglas claras en cuanto a la independencia y atribuciones, estableciendo mecanismos de control constitucional para prevenir y combatir la corrupción presente y futura en que incurran los nuevos funcionarios públicos, así como el procedimiento y la instancia pertinente para destituir y procesar a todo aquel que sea encontrado en actos ilícitos e irregulares en el manejo de la cosa pública.

Desafortunadamente el gobierno revolucionario en aquel momento no trabajó la Carta Magna, de cara al futuro, por el contrario, todo fue hecho bajo la perspectiva de que los gobernantes de turno estarían eternamente en el poder, nunca se pensó que tarde o temprano serían desalojados del poder político por la vía de los votos, por tal razón la Constitución fue confeccionada no con visión de Estadista, es decir con el pensamiento que mañana los gobernantes de turno podrían estar en la llanura, ejerciendo un papel de oposición política con nuevos gobernantes políticos. La perspectiva en la formulación de la carta magna fue coyunturalista y cortoplacista, este error de cálculo político devino de que el marco jurídico constitucional tenga graves vacíos y lagunas que a la postre nos condujeran a situaciones de crisis políticas institucionales entre los poderes del Estado, que se repiten como las estaciones del tiempo con sus nefastas consecuencias para la sociedad en general.

Así de crisis en crisis llega nuevamente al Poder como Presidente de la República el comandante Daniel Ortega Saavedra, para un periodo de 2007 a 2011. Dicen que en la vida sólo hay una oportunidad, pero a Daniel Ortega, con las elecciones generales de 2006, el pueblo de Nicaragua le está brindando una segunda oportunidad de reivindicarse y concluir el trabajo de cambio y de institucionalidad que dejó inconcluso en la década de los ochenta, para resolver los graves problemas políticos heredados del periodo anterior. Es cierto que los procesos sociales no dependen exclusivamente de un determinado líder, que las transformaciones auténticas las empujan los pueblos, sin embargo, nadie puede negar el papel que los líderes políticos juegan para bien o para mal en los procesos sociales, máxime cuando un líder alcanza una importante cuota de Poder en la conducción del Estado.

La disyuntiva histórica que tiene Daniel Ortega Saavedra, como Presidente de la República en estos cinco años que le toca gobernar, es alcanzar la estatura de un Estadista, es decir, tiene el reto de convertirse en un líder excepcional, dirigir la nación con ponderación y sabiduría, diseñando una estrategia nacional, regional e internacional. Como Estadista debe tener una visión a largo plazo, imprimiendo su propia marca. Este tipo de dirigente muchas veces será rechazado por los mediocres y por los timoratos, sin embargo, si alcanza esa estatura puede pasar a la historia. Cuando los pueblos son bendecidos por el destino de tener entre sus hijos a un Estadista, los pueblos se ensanchan por las vías del desarrollo social y económico. La historia nos muestras dos ejemplos clásicos de la madera y de la condición Estadistas en nuestra América, el primero fue George Washington, fundador de una emergente nación llamada Estados Unidos, país considerado hoy día como la mayor potencia económica y militar del mundo. En Centroamérica, Costa Rica, José Figueres, líder de la Revolución de 1948, alcanzó la estatura de un estadista, ya que con su aporte logró que la nación vecina del sur, sea uno de los países del área centroamericana con mayor estabilidad política y desarrollo económico social, pese a sus limitados recursos naturales.

El actual Presidente de la República de nuestro país, refleja deseos y aspiraciones personales de querer alcanzar el estatus de Estadista, condición que aún no obtiene por las razones siguientes: a) Sigue empecinado y aferrado al poder político, ya que no permite el relevo generacional dentro del FSLN; b) Como gobernante no es tolerante ni ponderado en su relación con la oposición política, en la mayoría de los casos es un mal ejemplo para la juventud en la retórica que utiliza cuando ataca a sus adversarios políticos; c) Continúa en su afán por conseguir una reelección, ya sea cambiando el sistema presidencial o reformando la Constitución; d) Estando claro de los vicios de corrupción en los diferentes Poderes de Estado, no promueve iniciativas para combatir esos actos de corrupción; e) Pese a la crisis institucional entre los diferentes poderes de Estado, que tiene su origen en la pésima Constitución Política que tenemos, no promueve entre las fuerzas políticas el cambio total de la Carta Magna; f) Como el actual modelo electoral fortalece los liderazgos de partidos alrededor de un líder, por ello quiere perpetuar ese sistema a sabiendas que el pueblo ya no cree en él.

Si Daniel Ortega Saavedra quiere pasar a la historia como un auténtico Estadista, debe estudiar y analizar los buenos ejemplos que nos han legado personajes como Nelson Mandela, Washington, José Figueres y muchos otros que por el bien de sus pueblos hicieron a un lado sus ambiciones personales y en determinado momento se apartaron del poder para dar pase a otras generaciones que de igual manera siguieron el buen ejemplo de sus predecesores.


*Abogado y Notario Público.

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