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Desde hace diez meses existen en Nicaragua los primeros grupos de apoyo mutuo entre mujeres que han experimentado abuso sexual en su niñez.

Quiero compartir lo que hacemos en los grupos, cómo trabajamos para identificar las secuelas.

Los grupos son cerrados, es decir, una vez formados no entran otras personas. Durante los primeros encuentros nos conocemos. Todavía no habla nadie de su experiencia de abuso, ya que al comienzo es importante construir una base de confianza y crearnos algunas reglas que necesitamos.

Lo que nos da el primer alivio es que la mayoría nos damos cuenta de que no estamos solas, de que somos muchas las que hemos sufrido abuso sexual en la niñez. Nos libera de una soledad muy dolorosa.

Una de las primeras reglas que nos damos es la confidencialidad: lo que hablamos en el grupo queda siempre entre nosotras hasta la muerte. Aun cuando termina el grupo no vamos a hablar sobre lo que hemos hablado en el grupo. Es muy importante sentir este espacio como un espacio seguro. Otra regla muy importante es la puntualidad y avisar si alguien no puede llegar al encuentro.

Poco a poco logramos construir la confianza necesaria entre nosotras para poder hablar.

Muchas sobrevivientes tenemos problemas en la vida cotidiana. Nos sentimos sobrecargadas, no sabemos poner límites, nos sentimos inútiles, tenemos problemas con el marido, con los hijos, con los padres, con la autoestima, en el trabajo, y a través del intercambio en el grupo nos damos cuenta de que las raíces por todos estos problemas están en el abuso, y no es que nosotras “somos así”.

Necesitamos este espacio cerrado para reconstruirnos y liberarnos de los comportamientos de sobrevivencia que nos ha dejado el abuso. Muchas por primera vez en su vida hablan sobre lo que experimentaron en su niñez, sobre sus miedos, sobre sus sentimientos de “culpa”, de la vergüenza, de la inseguridad. Y en este espacio cerrado experimentamos nuevos comportamientos. Si antes no hemos tenido el valor de enfrentar determinada situación, nos apoyamos y nos empoderamos mutuamente para resolver esta situación. Es difícil y no siempre lo logramos en el primer intento, por eso el grupo dura desde seis meses hasta tres años. Depende de lo que queremos lograr, de la meta que nos hemos puesto al comienzo, los cambios que queremos en nuestras vidas.

Muchas veces los recuerdos sobre el abuso sexual son muy ocultos, ya que en el momento en que abusaron de nosotras quizás usamos el mecanismo “olvidar” como herramienta de sobrevivencia. Pero llega el momento en que estos recuerdos quieren salir. A veces, como en mi caso, sentimos que nos estamos poniendo “locas”, ya que por tantos años no hemos recordado nada y de repente “sabemos” con una certeza irrefutable que hemos experimentado abuso sexual en nuestra niñez. Tenemos muchos huecos de memoria. Lo que aprendemos entre todas es que siempre podemos confiar en nuestras intuiciones.

En el grupo nos acercamos a nuestra verdad a través de escucha activa a las otras. Hablando una la otra encuentra una pieza de su propio rompecabezas. Escuchar a la otra nos da pistas para entender nuestra propia historia. A veces es como la erupción de un volcán: de repente logramos sacar de la profundidad oscura de nuestro adentro unos recuerdos y habiéndolos sacado, ya nos dejan en paz.

Compartimos los miedos que hasta la edad adulta a veces sentimos y las pesadillas que algunas tienen, y compartiéndolos entre nosotras se hacen más chiquitos.

Compartimos las fuertes tristezas, compartimos las rabias, compartimos la soledad que sentimos afuera del grupo, y compartiéndola, sentimos que no estamos solas. Nos acompañamos en este camino doloroso de sanar de las secuelas. Nos quitamos “la culpa”, logramos entender que es siempre el abusador quien tiene la culpa. Entre las mujeres del grupo muchas veces se construye una amistad y así tenemos apoyo también afuera del grupo. Nos podemos llamar. Aprendemos que somos personas muy preciosas y que tenemos numerosas cualidades que nos ayudaron a sobrevivir.

Tenemos dentro de nosotras los sentimientos de la niña que no ha recibido la debida protección en el momento del abuso. Y nos acercamos a esos sentimientos de aquella niña abusada y aprendemos juntas a expresar AHORA los sentimientos que en aquel tiempo no hemos podido expresar.

Compartimos el dolor de aquella niña y construimos la fuerza para saber defendernos ahora, aprendemos la valentía de expresar lo que queremos y lo que no queremos. Nos liberamos poco a poco de muchos dolores y detectamos debajo de estos dolores la capacidad de disfrutar la vida, las ganas de reír, de disfrutar los momentos bonitos de la vida.

Muchas logran en algún momento enfrentar al abusador y a veces el abusador reconoce y pide perdón. Pero aún, si el abusador no reconoce el abuso y no pide perdón, el hecho de haberlo enfrentado, nos libera y nos da profunda satisfacción.

Cada encuentro es como un tesoro, yo en mi proceso de sanar he sentido cierta “adicción” a mi grupo y pensaba por buen rato que no iba a poder vivir sin mi grupo. Pero es parte del proceso. El intercambio es muy intenso y realmente nos necesitamos fuertemente. Pero con el avance del proceso sentimos nuestras propias fuerzas, nuestras propias capacidades y la “adicción” se pierde. Al final del proceso con la frente en alto y la espalda erguida aprendemos a decir con valentía: soy sobreviviente y no siento vergüenza, ya que la vergüenza es del abusador o de la abusadora. Y haber pasado por este proceso de crecimiento personal no nos vamos a quedar calladas ante cualquier abuso hacia cualquier niño.


*Soy sobreviviente
Más información en Aguas Bravas: Telf.: 251-0110
Aguasbravas_nicaragua@yahoo.com
yotecreo@gmail.com
Hablemosde.abusosexual@gmail.com

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