30 de junio de 2011 | 00:00:00


Rompiendo Paradigmas

Accidentes de trabajo fatales en Nicaragua

Carlos Romano Flores Molina* | Opinión



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Es notorio que la ocurrencia de otro terrible accidente laboral en Nicaragua es una noticia que dura un día o dos en los medios de comunicación. No obstante, hay que pensar verdaderamente en el impacto de por vida que tiene para la familia del trabajador o trabajadora que sufrirá las consecuencias de la pérdida, no solamente de un ingreso familiar, sino también, del componente afectivo del ausente, lo cual es absolutamente irrecuperable.

En Nicaragua, esta situación ha alcanzado niveles epidémicos, claramente con vistas a no tener fin. No se ha terminado de entender el gravísimo impacto del costo social de un accidente fatal o invalidante, que no solamente deja secuelas a nivel personal y familiar, sino también, el impacto económico para nuestra pobre economía, la cual ha invertido recursos de todo tipo en la preparación de un trabajador o trabajadora. Es un hecho que los costos de un accidente laboral nunca son compensados para las víctimas. Por más malabarismos verbales que hablen sobre compensaciones, la absoluta mayoría de los costos son “tercerizados” a la sociedad como un todo, que asume el costo de ciertas compensaciones, pero el peso fundamental va para las víctimas pasivas del accidente, los dependientes de la persona accidentada o muerta.

Veamos esto ahora desde el lado de la empresa. El costo de un accidente invalidante o fatal tiene una distribución de costos que es similar a la de un iceberg o témpano de hielo, en la que lo que sobresale de la superficie es solamente 1/9 de su masa, el resto, 8/9, está bajo la superficie, no se ve. De la misma manera, los costos directos, aquellos que se “ven” en forma aparente, que salen de la bolsa en forma inmediata como pago por reparaciones, reemplazo de equipos, costos médicos y otros directos, son apenas el 1/9 de los costos del accidente. Hay una gran cantidad de costos indirectos “que no se ven” pero que se pagarán en forma ineludible. Se calcula que por $1 dólar que se gasta en forma directa por un accidente de trabajo, existen $25 dólares que no son vistos, que son indirectos, pero que existen y se pagarán tarde o temprano. Y algo más, ese dinero la empresa ya lo había ganado, por lo tanto, tiene que sacárselo también de la bolsa, sin ningún escudo fiscal. Es el dinero que más les duele a las empresas. Pero aún hay más.

Estamos aún sin valorar el otro concepto de costo que es el impacto de un accidente en la reputación de la compañía. La Gerencia de la Reputación, es hoy una materia de estudio formal y profundo, que antes ni se pensaba que fuera parte de un pensum académico formal, que tiene que ver de cómo el impacto de una situación de este tipo afecta directamente el valor de las acciones o patrimonio de la empresa, y también, la capacidad para generar ganancias presentes y futuras, así como la viabilidad de hacer negocios, mantenerse en el mercado, o hacer socios estratégicos.  Una empresa con accidentes de trabajo es una empresa con una pésima reputación.

Obviamente, si hay una empresa que tiene una gestión de riesgo pobre o mediocre, con accidentes laborales frecuentes, simplemente es un lugar en donde nadie va a trabajar con convicción que se puede lograr la realización personal a través de ese trabajo.  

La ocurrencia de un accidente tiene como única ventaja brindar una oportunidad de ver una radiografía de los sistemas organizativos de una empresa, de lo que se denomina ahora los sistemas de gestión. El sistema que aparece mejor radiografiado, o como en CT Scan es el sistema de Liderazgo de la organización. Estos son los referentes éticos y morales de la gerencia, la calidad de su liderazgo, así como la forma que ve el mundo la dirección de ese negocio.  Se observa realmente cuál es la actitud que tiene la empresa para con su personal.

Una organización que no se preocupa verdaderamente por sus propios empleados, con mucha dificultad podrá preocuparse por sus clientes, a lo sumo, se concentra temporalmente en la producción como prioridad máxima con el fin de generar utilidades transitorias y acaso inciertas, pero no en el activo más valioso del negocio, sus propios trabajadores.  Es un enfoque fallido, equivocado y de corto plazo, que posicionará la empresa de crisis en crisis y que tarde o temprano irá hacia su propio empeoramiento.

Algunas empresas argumentan pomposamente que la inversión en Equipo de Protección Personal (EPP) es un indicativo del cuidado que tiene la organización en cuidar de su personal para evitar accidentes, cuando no es más que un deber y responsabilidad de la empresa en dotarlo y reemplazarlo en tiempo a todo su personal.  Parece que existe una visión de ética selectiva en pensar que el dotar de EPP a los empleados es un acto magnánimo o digno de encomio, es simplemente la Ley, es lo que se debe cumplir, no es una acción heroica por parte de la empresa. Pero eso es apenas lo mínimo esperado.

La empresa que verdaderamente quiera progresar en cumplir con el objetivo de prevenir accidentes de trabajo, tiene que hacer mucho pero mucho más.  En Nicaragua se piensa que los temas de Seguridad son secundarios, subalternos y que corresponden al personal de menor nivel organizacional, esto es causado por un increíble desconocimiento notorio de las gerencias sobre las brutales implicaciones de toda índole que tiene un accidente laboral, y hoy cada vez más, debido a que para competir y mantenerse vigente en un mercado internacional, la forma en que se produce es tan importante como el producto o servicio mismo que venda la empresa. Una empresa que genera viudas y huérfanos difícilmente podrá mantenerse con una certificación internacional, o en alianza estratégica, con empresas que tienen indicadores de gestión en los cuales se mide lo que la empresa aporta a la sociedad en su conjunto, así como el daño que pueda causar a sus trabajadores, al medio ambiente, a sus vecinos y a su comunidad.

Pobre enfoque tiene una empresa que piense que tras un accidente de trabajo pueda  mantenerse con los mismos paradigmas, de pensar que la producción es lo número uno y que pronto todo queda atrás y que se puede seguir adelante sin cambios profundos en el comportamiento, principalmente, en el de la gerencia general, porque simplemente estarán así esperando –aunque no quieran- que el accidente ocurra otra vez.  Albert Einstein decía que un problema no puede resolverse en el mismo nivel de pensamiento donde fue generado, por lo cual, es importante reflexionar que los accidentes ocurridos no son tan “accidentes”, sino que son eventos causados por la negligencia, el exceso de confianza, la inobservancia de los métodos probados de análisis de riesgos, la ineficacia de acciones correctivas, recortes continuos en el mantenimiento que dejan sin presupuestación para hacer mejoras, pero sobre todo, por la visión empresarial miope y complaciente de que se puede seguir haciendo lo mismo, sin consecuencias, porque al fin y al cabo, las leyes en Nicaragua son percibidas como algo virtual y etéreo, acaso inexistente, y si existen, son para torcerlas dependiendo de quién sea usted o a quien usted represente.  

La supervisión prudencial que ejercen las autoridades en Nicaragua es débil y se enfoca equivocadamente en los indicadores reactivos de desempeño, y no en los factores que son la causa raíz de los accidentes de trabajo, que es el enfoque de trabajo en la cultura organizacional. Su enfoque requiere ser re-orientado más hacia las mentes de las gerencias que hacia el personal de campo, entrar en la mentalidad y en la forma que las gerencias influyen en el ambiente de trabajo.  La legislación actual se enfoca en síntomas aparentes y equivocados, no en ejercer un verdadero diagnóstico con especialistas, y se sabe que prescribir medicación con un diagnóstico equivocado se conoce como mal praxis. Hay que romper esos paradigmas equivocados.

Las empresas deben invertir más que en entrenamiento simplista de su personal básico, sino en dotar a sus ejecutivos de las herramientas de análisis de riesgos de clase mundial, de desarrollar habilidades gerenciales para manejar efectivamente la seguridad operacional, que sus ejecutivos puedan verdaderamente modelar en el personal de supervisión y en los empleados en general, los comportamientos seguros para evitar accidentes.  Es necesario deshacerse de la mentalidad que las personas son piezas de reemplazo y que “se presupuesta para los accidentes que van a ocurrir en el año”. Hay reconocer que se tiene un problema que es a la vez una oportunidad para hacerse hacia dentro de la empresa las preguntas cruciales, incómodas, pero necesarias: ¿qué tanto estamos haciendo en forma efectiva para evitar accidentes? ¿estamos confortables o inconformes con los resultados? ¿decimos más de lo que hacemos en seguridad operacional? ¿cuáles son los valores fundamentales que distinguen a nuestra empresa? ¿son los mismos valores que son percibidos por nuestro personal? ¿se involucran los ejecutivos en las acciones de prevención de accidentes? ¿nuestras herramientas administrativas para prevención de accidentes están siendo usadas con efectividad, o solamente las hacemos para generar un “juego de números”? ¿seguimos haciendo lo mismo, pero confiando en que tendremos resultados diferentes?

Las empresas que no aprenden del pasado, al igual que las sociedades como decía George Santayana, están condenadas a repetirlo.

*Especialista en Seguridad Operacional y Competitividad
noalosaccidentes@gmail.com


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