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El 5 de agosto de 2011 el poeta jesuita Ángel Martínez “nacido en Lodosa, España, el 2 de octubre de 1899” cumplirá treinta años de finado. En su homenaje, como discípulo suyo en más de un aula universitaria y visitante asiduo de su cuarto “donde recibía a todos sus amigos poetas”, quisiera hoy reproducir dos textos. Un poema en prosa y una semblanza. El primero se titula “Vuelo de Ángel” y refleja mi visión y devoción hacia su personalidad; la segunda se publicó a raíz de su desaparición (en La Prensa Literaria del 15 de agosto de 1971: ¡hace también treinta años!) e intenta aproximarse a su poética y, brevemente, a su obra en verso.

I. Vuelo de Ángel
De Ángel Martínez Baigorri, el navarro, guardo aquella cuarteta exasílaba que le escuchaba en uno de sus momentos de purificar malicia: Flor de Nicaragua / alzate la nagua / y con disimulo / me enseñas el pie.

Guardo sus dedicatorias angélicas, como él: un blanquísimo ángel luminoso que volaba al reino sideral, latente de la poesía que está aquí, enraizado en tu corazón, en tu gozo de solitaria alma sosegada. Guardo el recuerdo de mi madre, chavala del Colegio Francés, antes que el terremoto la sepultase con cuatro de sus hijas: Matilde y Lucía, Yolandita y Verónica, todas diarios encantos vivos, como ella. Guardo su Navarra férrea que llevaba en la sangre y el pueblito de su padre, cuna de mis ancestros.

Guardo la presencia de sus homólogos en letra y espíritu que me acompañaban durante mis visitas sin tiempo: Gerard Manley Hopkins y su consuelo de la carroña, Maragall y Milosz; José Calasanz Luna y Bertrán, mi querido padre Bertrán de Barcelona. Guardo su corona de benignidad y O bon Jesus do Monte, al cantar de la ceiba sola y la flor del café, Santa María de Ostuma o

Nuestra Señora de los Horizontes, la manchita de luceros y la noche en la que apuntaba el alba, la cumbre de su memoria desde el tiempo del hombre. Guardo el Halcón del Viento y el río San Juan trinitario y sin fin, con sus peces vivos y el gran Pez: Ixzis, Cristo, Hijo, Salvador.

Guardo de Ángel “del pequeño ángel que iluminó a quienes recibieron la gracia de conocerle o de oírle” el canto de toda la Nicaragua que amaba. Porque, en verdad, sólo el amor da voz al mundo.

II. Hacia la raíz teológica de su estética
Tres dimensiones, unidas consustancialmente en su ser, proyectaba Ángel Martínez Baigorri: la espiritual, la humana y la literaria; el mayor fruto de ésta, la poesía “a la que se entregó inspiradamente durante más de cincuenta años” no puede aislarse de las anteriores si se desea comprender con cierta claridad el significado pleno de su residencia en la tierra.

Ángel fue poeta en virtud del Amor; por él llegó al éxtasis del alma, a la bondad inconmensurable; al gozo de la luz poética; y por él, centro de su cosmovisión, reflexionó sobre la salvación por la palabra, concibiendo lo que llamaba la raíz teológica de la estética.

Decía Ángel: el hombre es una palabra que se hace. La palabra trasmite vida; lo que no trasmite vida es una farsa, una mentira. El hombre, para ser completamente hombre, tiene que expresarse; al hacerlo, al dar con la palabra fiel, encuentra una salida. No se trata de buscar una salida, sino de saber que el hombre tiene salida, salvación en la palabra: una puerta al infinito.

Ahora bien, esta salvación por la palabra se da en dos planos sucesivos: el natural y el sobrenatural; en el primero hay un descanso, un gozo inquieto, una seguridad de permanencia; y en el segundo la convicción de que esa palabra no puede detenerse en lo natural, sino que proviene de la Palabra de Dios: la palabra que es el hombre, y que encarnó esa Palabra, tenía que tener por nombre el de la Palabra de Salvación. Y se llamó Jesús esa palabra

Explicada sucintamente la raíz teológica de su estética, resulta fácil entender que para él la poesía era la comunicación de una vida que se hace luz o, como llegó a escribir, la presencia encendida —iluminadora y alentadora, esclarecedora— de esa realidad que se nos comunica por la palabra o en la que la palabra nos instala.

No es difícil penetrar, asimismo, en dos de sus conclusiones: que tanto mayor será la salvación, cuanto mayor fidelidad se den, él y el que lo expresa, en las palabras; y que la Palabra Encarnada, nuestra salvación tiende y de la que depende, es el diálogo hombre con Dios: el diálogo del Hijo de Dios por él, por ser Él el hijo del Hombre, el diálogo de todos y cada uno de los hombres con las cosas que lo hacen y que él acaba de hacer expresándolas y con Dios que está en ellos y en las cosas creándolas por su Palabra.
Es importante señalar esta convicción de Ángel porque explica esencialmente su poesía, o por lo menos los más íntimos de sus poemas, aparentemente ininteligibles y complicados por el empleo de pronombres personales en mayúsculas y minúsculas. Pero tales composiciones, de una profunda compenetración mística, culminan su obra y la completan definitivamente. Entre ellos y lo primeros que escribió después de su llegada a Nicaragua, en septiembre de 1936, hay muchas etapas y sorpresas, muchos libros y logros.

Y es que Ángel, deslumbrado por este encuentro, dejó de ser el convencional poeta jesuita de los años veinte y volvió a nacer para la poesía. De su obra que precedió a la vasta creación iniciada en su Nicaragua renatal, conservaba títulos significativos: En el ocaso de la aurora (Oña, Burgos, 1923), Desaliento (Las Palmas, 1927), y Sequedad de purificación; no es ese el Ángel bueno, aunque sí el navarro que llevaba dentro: Toda Navarra en mi sangre, / Montaña y Ribera, enciendo: / De Arellano arriba, enciendo: / De Lodosa abajo, sueños.

En sus primeros diez años nicaragüenses, Ángel fue fecundo: “Veo que se anuncia en usted una primavera extraordinaria”, le había anunciado José Coronel Urtecho. Formaba dos futuros grandes poetas en las aulas y en su cuarto del Colegio Centroamérica de Granada: Carlos Martínez Rivas y Ernesto Cardenal; escribía su Río hasta el fin, La Ceiba y todos los poemas “muchos de ellos aprendidos de memoria en varios lugares del país” que llegaron a formar Nicaragua canta en mí: “Pasa el negrito”, “Flor de café”, “Romance del mantel de bodas”, “Granada-Romance de mañana en la noche”, etcétera; publicaba una poesía en cada número de la modesta revista de acción católica: Azul y Blanca y las recogía en un libro: Este libro se empieza a imprimir en la cuasi-imprenta del ÁNGEL, Víspera de la Natividad del Señor, año del mismo Señor, 1940.

Entre el 1947 y el 1948 vivió en California y de esa experiencia nació:  Ángel en el país del águila; trasladado a El Salvador, donde permaneció cuatro años, su poemario Cumbre de la memoria obtuvo en 1952 el premio de Cultura Hispánica del Congreso Internacional Eucarístico de Barcelona y fue prologado por su compañero jesuita y alto poeta español: Juan Bautista Bertrán.

En México pasó la mayor parte de la década del cincuenta: en el Distrito Federal, Puebla y Monterrey, donde publicó una Antología de Salomón de la Selva, continuó su infatigable vocación de poeta, su enseñanza humanística y filosófica, su sacerdocio; la misma labor realizó en Managua desde el año de fundación de la Universidad Centroamericana hasta su muerte el 5 de agosto de 1971.

Ahí creaba y ordenaba pulcramente, en numerosos tomos, la obra que llenó su vida y que, por algunos de sus poemas más vitales y permanentes, lo salvó como hombre y como poeta; y ahí, también, dio a luz sus Sonetos irreparables, Ángel el mejor torero, Dios en blancura, Vida en naturalidad, Desde el tiempo del hombre y otros cuadernillos de versos que titulaba, en un afán de sencillez y purez, con su nombre: Ángel.

Aplicables a todas sus poesías son aquellos versos de Horacio que ejercitaba con frecuencia: “Dixeris egregie notum si callida verbum / Reddident iunctura novum” “Egregiamente expresaste cuando la palabra conocida / Nueva se te hace en un enlace sabiamente hallado”. Mas en Autopsia, examen de sí mismo, confesaba: “Que prisa por llegar a donde sé que no he de llegar nunca.

Pero esa es hoy mi vida: ¡Querer llegar! Querer llegar y también saber que no he de llegar nunca: Todo es poco lo posible.” Y en el capítulo “Desengaño” apuntaba claramente: “() todas mis poesías son intentos malogrados “mal logrados” y yo un millonario de poemas en bancarrota.

Este autoanálisis personal de la obra de Ángel no es tan absoluto como él mismo creía, porque al menos una docena de poesías de las muchas que leímos, tomando en cuenta su inmensa producción, quedan como ejemplos del más escapado vuelo lírico; una de ellas, “En silencio”, que le pedíamos para elevarnos, sólo tiene parangón en “Ventana” de Alfonso Cortés: Estás pero no te siento. / Desde el fondo de mis ojos / Me miras y no te veo. / Me abrazas y no te toco, / Me hablas y es como una luz / Que en vez de voz se hizo gozo. / Triste de no hallarte en Ti, / Feliz de saberte en todo.

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